Cenizas de Valdoria

Capítulo 5

Bajo el velo plateado de una luna que parecía observar con indiferencia, las sombras de Zerakth se deslizaron hacia las puertas de Valdoria.

No había tambores, ni trompetas; solo el susurro del acero contra el cuero y el rítmico galope contenido de los caballos.

Al frente de la marea negra, Rhaegor permanecía inmóvil sobre su montura, una figura espectral cuya armadura absorbía la escasa luz de la noche.

Los soldados desmontaron en un silencio coreografiado. De las carretas extrajeron el ariete: un tronco colosal coronado por una cabeza de metal que brillaba con una malevolencia fría.

Sin una palabra, los hombres tomaron impulso.

El primer impacto contra la madera de Valdoria no fue un golpe, fue una explosión que desgarró el silencio de la noche y sacudió los cimientos de la ciudad.

La estructura crujió, desestabilizada. Al segundo embate, el estruendo del hierro rompiendo los cerrojos resonó como el fin de una era. La puerta cedió con un gemido agónico, y Zerakth entró.

Rhaegor espoleó a su caballo, frenando en el centro de la plaza principal mientras sus hombres se desparramaban como una plaga.

En sus aposentos, el Rey Altheris se puso en pie de un salto. Al asomarse a la ventana, el mundo que conocía se desmoronaba: vio a Rhaegor, imponente y letal, liderando una marea de antorchas y acero. Se le heló la sangre al comprender que su fe había sido su mayor debilidad.

—¡El momento ha llegado! ¡Ataquen! ¡Por Zerakth! —rugió Rhaegor.

El caos fue absoluto. Los gritos de guerra ahogaron los lamentos de los que aún dormían. Altheris se enfundó la armadura con manos temblorosas pero rápidas.

Tomó su espada, sintiendo el peso del fracaso en cada gramo de acero.

—Quédate aquí. No salgas por nada del mundo —le ordenó a Naerys, quien lo miraba desde la cama con el terror reflejado en sus pupilas.

Afuera, la ciudad era un infierno. Kaelen, el único que había mantenido el alma alerta, se batía en un duelo desesperado. Su escudo chocaba contra el acero enemigo con la fuerza de un veterano que se niega a morir.

Cerca de allí, Rhaegor se movía con una agilidad aterradora; su espada no cortaba, segaba vidas con la precisión de un verdugo.

El joven Tharon, embriagado por la batalla, se vio de pronto frente a la experiencia pura de Kaelen. Un espadazo certero del general lo desestabilizó, y un golpe de escudo lo mandó directo al barro.

Justo cuando Kaelen levantaba su arma para terminar con el muchacho, Rhaegor intervino. Con la fuerza de un león, arrojó su lanza desde la distancia.

Kaelen alcanzó a cubrirse, pero el impacto fue tan brutal que lo derribó, dejando la lanza incrustada en la madera de su escudo.

Rhaegor se acercó para rematar al general caído, pero una hoja se interpuso en su camino: Altheris había llegado.

—Vaya... el Rey decidió salir de su aposento de paz —se mofó Rhaegor, deteniéndose apenas.

Altheris no desperdició aliento en palabras; su rostro era una máscara de rabia contenida. Los dos líderes chocaron, acero contra acero, en un baile de chispas y odio.

Mientras tanto, Kaelen logró ponerse en pie, pero su mirada se desvió hacia la torre real. Un guerrero de Zerakth, armado con una daga y una sonrisa retorcida, se escabullía hacia el aposento del rey.

—¡Naerys! —bramó Kaelen, corriendo a pesar del dolor en sus huesos.

Al llegar a la puerta, un grito desgarrador lo paralizó. Naerys estaba en el suelo, la seda de su vestido tiñéndose de rojo por un profundo corte en la pierna. El invasor se cernía sobre ella con una espada desenvainada.

—Nos vamos a divertir... —siseó el hombre.

No tuvo tiempo de decir más. La espada de Kaelen lo atravesó de parte a parte, entrando por la espalda y saliendo por el pecho.

El cuerpo cayó como un trapo inútil sobre las alfombras. Naerys rompió en un llanto amargo, mientras Kaelen, jadeando y cubierto de sangre ajena, observaba por la ventana cómo el fuego empezaba a devorar Valdoria bajo el cielo negro.

En el centro de la plaza principal, un círculo de muerte se había formado alrededor de dos figuras.

Rhaegor, con su armadura negra manchada de sangre ajena, sostenía su espada con una mano, la punta ligeramente baja, observando a Altheris.

El Rey de Valdoria, con su armadura plateada reflejando el fuego, respiraba agitado, pero su postura era perfecta. Había rabia en sus ojos, una rabia que Rhaegor nunca había visto en él.

A pocos metros, oculto tras el cuerpo caído de un caballo, el joven Tharon observaba la escena, con el corazón en la garganta.

Acababa de salvarse de Kaelen gracias a la lanza de Rhaegor, y ahora presenciaba el duelo que definiría la noche.

Sus ojos brillaban no con miedo, sino con una admiración casi religiosa hacia su mentor. Rhaegor no solo luchaba; dominaba el espacio, cada movimiento era una lección de muerte.

—Veo que por fin encontraste tu colmillo, “guardián de la tumba”— gruñó Rhaegor, con una sonrisa gélida bajo el casco.

Altheris no respondió con palabras. Respondió con acero.

Con un grito que salió desde lo más profundo de su pecho, Altheris se lanzó al ataque. No era un ataque desesperado; era una exhibición de la técnica que su padre, el gran Valtherion, le había enseñado. Su espada se movió como un relámpago plateado, buscando el cuello de Rhaegor.

El gran guerrero de Zerakth apenas tuvo que mover su espada para desviarla, el sonido del choque fue un clang seco y potente.

Pero Altheris no se detuvo. Usando el impulso, giró su cuerpo y lanzó un tajo bajo hacia las piernas de Rhaegor.

Rhaegor retrocedió un paso, esquivando por milímetros el filo. Un murmullo de sorpresa recorrió a los soldados de Zerakth que observaban. El "rey débil" sabía luchar.

Tharon apretó los puños, impresionado. Nunca había visto a nadie forzar a Rhaegor a retroceder.

Pero la danza no había terminado. Rhaegor, ahora con los ojos entrecerrados y serios, decidió que el juego había acabado.



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En el texto hay: guerra epica, antiguedad, épica histórica

Editado: 29.04.2026

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