Cenizas de Valdoria

Capítulo 6

El humo en Valdoria era una entidad densa y gris que se filtraba en los pulmones, quemando con cada bocanada.

Altheris permanecía de pie en el centro de la plaza, rodeado por un silencio roto únicamente por el crujido de las maderas carbonizadas.

Desvió la mirada hacia la estatua de su padre; el bronce de Valtherion, antes brillante y majestuoso, estaba ahora cubierto de hollín y polvo.

Esta vez, Altheris no sintió esa superioridad moral de quien cree haber superado el legado sangriento de sus ancestros.

Mirando sus manos y su armadura, se sintió igual de manchado, igual de responsable. A su alrededor, la estampa era desoladora: soldados arrastrándose por el barro, otros ayudándose a mantenerse en pie, y un Kaelen incansable que levantaba a los hombres de entre los escombros.

Por un instante, el ruido del mundo se apagó para Altheris, dejando solo un pitido sordo en sus oídos... hasta que el recuerdo de Naerys lo golpeó como un mazazo.

Corrió hacia la fortaleza, ignorando el dolor de sus propias heridas. Al llegar al umbral de su habitación, la imagen lo partió en dos: Naerys estaba en el suelo, rodeada de sombras, presionando con manos temblorosas su pierna herida mientras las lágrimas surcaban su rostro sucio de ceniza.

—Discúlpame... Por favor, discúlpame —susurró Altheris, con la voz quebrada por un sentimiento de culpa que lo asfixiaba.

Se arrodilló a su lado. Dejó su espada, aún manchada con la sangre de Zerakth, recostada contra la pared y revolvió desesperadamente entre los cofres hasta encontrar vendas limpias.

Con una delicadeza que contrastaba con la violencia de hace unos minutos, comenzó a curarla.

—Vas a estar bien, te lo prometo... —repetía, más para convencerse a sí mismo que a ella.

Naerys no respondió. El nudo en su garganta era una barrera infranqueable, y sus ojos solo reflejaban el trauma de haber visto la muerte de cerca en su propio santuario.

Una vez terminado el vendaje, Altheris supo que no podían quedarse allí; el aire era irrespirable. La tomó en brazos, sintiendo su peso ligero y vulnerable, y la cargó fuera de la torre.

La llevó a un refugio seguro donde otras mujeres se afanaban en cuidar a los heridos.

—Cúidenla —ordenó con una autoridad teñida de ruego.

Las mujeres asintieron en silencio, tomándola bajo su protección.

Altheris no se permitió descansar. Regresó con sus hombres, porque para Valdoria, la guerra no terminaba cuando el enemigo huía; terminaba cuando el último fuego se apagaba.

Se unió a la cadena humana liderada por Kaelen, lanzando cubetas de agua contra las llamas infernales que amenazaban con devorar lo que quedaba del mercado.

En medio del bullicio, entre el vapor y el olor a quemado, algunos soldados se arrodillaban ante la efigie del antiguo rey.

—Por favor, Valtherion, ayuda a Valdoria... no la dejes caer —suplicaba un guerrero con el rostro cubierto de polvo.

Poco a poco, el rugido del fuego empezó a ceder ante el esfuerzo desesperado de los supervivientes.

Las llamas bajaron, dejando al descubierto las cicatrices de una noche que Valdoria recordaría por generaciones.

El Rey de la Paz había salvado los muros, pero el precio había sido el alma de su ciudad.

---

El ejército de Zerakth entró en su ciudad bajo el manto grisáceo de la madrugada. El silencio de la tropa era el reflejo de una victoria incompleta; regresaban con las manos vacías de tierras, pero manchadas de ceniza.

Rhaegor desmontó y se despojó del casco, revelando un rostro marcado por un fastidio profundo. A su alrededor, los hombres se desplomaban sobre las piedras, demasiado exhaustos para celebrar la carnicería.

Tharon se quitó la armadura, sintiendo el peso del metal abandonar sus hombros, y observó a Rhaegor desde la distancia. En el líder no había rastro de gloria, solo una fatiga gélida. Sin decir una palabra, Rhaegor se puso en marcha hacia los aposentos reales.

Al entrar en la sala, Dáreion y Vespera lo aguardaban bajo la luz de unas antorchas que ya se consumían. Rhaegor entró con el paso firme, sin inclinar la cabeza; su autoridad no emanaba de una corona, sino del respeto que el hierro le tenía.

—¿Cómo les fue? —preguntó Dáreion, analizando cada abolladura en la armadura de su general.

—No pudimos conquistar Valdoria —respondió Rhaegor, y su voz cortó el aire como un filo—. Pero la hemos reducido a cenizas.

—¿No pudieron? —replicó el Rey, dejando que la decepción asomara en sus rasgos—. Esta era la oportunidad de oro, Rhaegor. El factor sorpresa estaba de nuestro lado.

Rhaegor sostuvo la mirada del Rey sin parpadear.

—Entonces dígale eso a los soldados inútiles que tiene bajo su mando. Se dejan vencer con demasiada facilidad. Tuvimos un número de bajas inaceptable. Había hombres ya armados esperándonos... sospecho que su "paz" no era más que una fachada. No estaban dormidos.

Dáreion guardó silencio, procesando la noticia del fracaso táctico. Vespera, sin embargo, intervino con su habitual tono sedoso.

—No es tan grave, señor. El daño que ha recibido Valdoria es una herida abierta. Con un ataque más, le aseguro que la ciudad será nuestra. Solo es cuestión de tiempo.

El Rey se levantó de su asiento, suspirando.

—Si todos nuestros guerreros fueran como Rhaegor, no estaríamos discutiendo esto. Pero las bajas duelen. Debemos evaluar nuestras fuerzas antes de lanzarnos de nuevo al muro.

Rhaegor comenzó a despojarse de las piezas de su armadura, dejando su pecho al descubierto, cruzado por viejas cicatrices.

Remojó un trapo en un cuenco de agua y se lo pasó por la cara con brusquedad, eliminando el hollín de Valdoria.

Vespera lo observaba en silencio, con una curiosidad casi científica.

—Díganme —rompió el silencio Dáreion de repente—, ¿qué opinan del joven que tenemos preso? El muchacho de Valdoria.

—No creo que sea la gran cosa —soltó Rhaegor con desprecio, sin dejar de limpiarse.



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En el texto hay: guerra epica, antiguedad, épica histórica

Editado: 29.04.2026

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