Las primeras luces del alba apenas lograban filtrarse en los niveles más profundos de Zerakth, convirtiendo la humedad de las paredes en un brillo gélido.
Halvar yacía en el suelo de su celda, con la cabeza gacha y el espíritu quebrado por la espera. El silencio de la prisión fue interrumpido por un eco de pasos ligeros y constantes.
Halvar se puso en pie de inmediato, tensando cada músculo de su cuerpo.
Al acercarse a los barrotes, vio la figura de Vespera. Su túnica blanca parecía emitir una luz propia en aquella oscuridad, y su cabello relucía con una perfección que resultaba insultante en aquel antro de miseria.
—Supongo que ya sé lo que sigue —dijo Halvar, tragando saliva y preparándose para que lo arrastraran al patíbulo.
—No, pequeño guerrero —respondió Vespera, y su voz sonó como una caricia de seda—. Aún no lo sabes.
Halvar frunció el ceño, confundido por la falta de guardias y la calma de la mujer.
—No vamos a ejecutarte —soltó ella sin titubeos—. Al contrario, queremos que te unas a Zerakth.
—¿Qué? —alcanzó a decir Halvar, retrocediendo un paso como si las palabras fueran un golpe físico.
—Así es. En Zerakth no desperdiciamos el talento, y menos el de guerreros que han sido olvidados por su propio reino.
—Yo no fui olvidado —replicó Halvar, recuperando algo de su antiguo orgullo—. Cometí un error, y la culpa es mía, no de Valdoria.
Vespera se acercó a los barrotes, fijando sus ojos brillantes sobre él. Sus facciones proyectaban una inocencia angelical, pero tras sus pupilas se escondía un veneno silencioso y letal.
—Si no fuiste olvidado, dime... ¿por qué nadie ha venido a rescatarte? Tu rey, Altheris, se presentó ante nuestro señor Dáreion. Tuvo la oportunidad de llevarte a casa, pero cuando se le ofreció un trato sencillo, prefirió que te ejecutáramos antes que ceder un solo palmo de tierra.
Halvar quedó inmóvil. El aire pareció escaparse de sus pulmones mientras las palabras de Vespera se clavaban en su mente como dagas.
Miró al suelo, perdiéndose en las grietas de la piedra fría.
—Tu rey te cambió por un puñado de tierra —prosiguió ella, acomodándose la túnica con elegancia—. Nosotros te ofrecemos una espada y un propósito. Pelea por Zerakth, una tierra que no abandona a los suyos. Si uno de nuestros hombres fuera capturado, moveríamos ejércitos y desataríamos incendios solo por recuperarlo.
El silencio que siguió fue denso y doloroso. Halvar sintió un vacío abismal en el pecho; la fe en su hogar y en el dios Valtherion se desmoronaba, dejándolo a la deriva.
Vespera se dio media vuelta, convencida de que la semilla de la duda ya había germinado.
—Si demuestras que eres digno y estás dispuesto a servir a este reino, tendrás la oportunidad de marchar junto a Rhaegor. Ese es un honor que tus hijos y nietos envidiarán por generaciones. Piénsalo.
La consejera se retiró, dejando que el eco de sus palabras hiciera el trabajo sucio.
Halvar se dejó caer al suelo, solo con sus pensamientos. Negó con la cabeza, intentando luchar contra la lógica de la traición, pero la soledad de la celda le daba la razón a Vespera.
—No van a venir... ya no me rescatarán —murmuró para sí mismo, con la voz rota.
De pronto, un brillo nuevo apareció en sus ojos, uno más oscuro y afilado. La tristeza se transformó en una determinación gélida.
—Yo soy un guerrero que busca honor y gloria —sentenció Halvar en la penumbra—. Si tu tierra no te ofrece lo mismo, no es traición buscarlo en otra parte. Al final, cada hombre pelea sus propias batallas.
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El aire en Valdoria pesaba como el plomo, cargado con el olor a tierra removida y el eco persistente del incendio.
En la ladera que dominaba el valle, los hombres terminaban de cavar las últimas fosas. Altheris observaba la escena en un silencio sepulcral, con el rostro endurecido por una madurez forjada a golpes de acero.
A su lado, Naerys permanecía sentada en una silla de madera tallada; su pierna vendada descansaba frente a ella, recordándole a cada segundo que la paz era un cristal frágil que se había roto en mil pedazos.
Valdoria despidió a los suyos con flores y plegarias. Por orden de Altheris, también enterraron a los caídos de Zerakth, pero lo hicieron lejos, fuera de los límites de sus tierras, separando el honor del invasor del sacrificio del defensor.
Cuando la última palada de tierra fue depositada, Altheris avanzó hacia el borde del risco.
Tomó un arco de madera oscura y encajó una flecha cuya punta envolvió en las llamas de un brasero cercano. El fuego danzó en sus ojos mientras tensaba la cuerda con una fuerza que hizo crujir la madera. Apuntó al cielo infinito y soltó.
La flecha recorrió el firmamento, dejando tras de sí un lazo de humo negro que parecía coser las heridas del cielo.
Durante unos segundos, el mundo se detuvo. Altheris cerró los ojos, dejando que el viento soplara las cenizas contra su piel, sintiendo el peso de cada vida perdida como una marca en su propia alma.
—Que mi padre, y nuestro Dios Valtherion, los guíe en el descanso de gloria y honor que estos soldados merecen —sentenció Altheris con una voz que ya no temblaba.
Dejó el arco a un lado y regresó al lugar de Naerys, tomándola de la mano con una firmeza protectora.
Abajo, entre las filas de supervivientes, un soldado joven se acercó a Kaelen, buscando respuestas entre tanto dolor.
—¿Cómo vamos a afrontar esto, general? —preguntó el muchacho, con la mirada perdida en las tumbas.
Kaelen lo miró fijamente, con la sabiduría de quien ha visto caer reinos enteros.
—Ya veremos —respondió—. Pero ahora que tenemos a nuestro Rey hablando nuestro mismo idioma, tenemos esperanza.
—Pero Altheris seguirá dando órdenes desde la torre... seguimos en las mismas —replicó el soldado con escepticismo.
Kaelen soltó una risa seca y negó con la cabeza.