El campo de entrenamiento de Valdoria, antes un lugar de ejercicios rutinarios, se había transformado en un hervidero de determinación.
Altheris se despojó de su capa con un movimiento fluido, dejando que el sol golpeara su armadura ligera.
Frente a la multitud de hombres que aguardaban órdenes, el rey desenvainó su acero, cuya hoja brillaba con una claridad renovada.
—¡Escuchen! —exclamó Altheris, su voz proyectándose con una autoridad que cortaba el aire—. No busquen ser los más fuertes si no pueden ser los más precisos. En el campo de batalla, la fuerza bruta se agota, pero la efectividad gana guerras.
Caminó frente a las filas de soldados, recorriendo sus rostros con una mirada que ya no buscaba excusas, sino resultados.
—Entrenen con cada gramo de fuerza que les quede, pero mantengan la mente fría. Busquen el hueco en la guardia del rival, fíjense en su punto débil y encuentren el espacio exacto donde el acero debe morder la carne.
Desde lo alto del balcón, Naerys se levantó de su silla. Ignorando el dolor punzante, caminó rengueando hacia una columna de piedra para sostenerse.
Desde allí, observó a Altheris liderando con una energía que nunca antes le había visto. El hombre de honores y diplomacia seguía ahí, pero ahora estaba subordinado al guerrero que protegería a su pueblo a cualquier precio.
—Practiquemos, viejo amigo —dijo Altheris, volviéndose hacia Kaelen.
El general asintió con una chispa de satisfacción en los ojos.
—Dejen que este entrenamiento llene sus almas hoy —continuó el rey para todos los presentes—. Mañana, pensaremos en cómo derribar los muros de Zerakth.
El patio estalló en actividad.
El sonido de los escudos chocando y el esfuerzo físico de los hombres llenaron el ambiente.
Muchos soldados se detuvieron un instante, hipnotizados por la forma en que Altheris se movía; era rítmico, preciso, casi letal en sus fintas contra Kaelen.
—Te lo dije —susurró un veterano a un recluta que miraba con la boca abierta—. El Rey es un guerrero de leyenda; solo estaba esperando una razón para despertar.
El sonido de las espadas chocando se volvió constante, rítmico y poderoso, como si el corazón de Valdoria, tras haber estado a punto de detenerse, volviera a latir con más fuerza que nunca.
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Tras días de penumbra, la luz del sol golpeó el rostro de Halvar con una intensidad casi dolorosa.
Caminaba junto a Vespera, sintiendo cómo el aire fresco de Zerakth —seco y con sabor a salitre— llenaba sus pulmones. Sin embargo, la libertad tenía un precio. Un guardia se interpuso en su camino, con la mano en el pomo de su espada.
—Tú eres el prisionero de Valdoria —siseó el soldado, entornando los ojos—. ¿Qué haces fuera de las celdas?
Vespera alzó una mano con una elegancia que detuvo al guardia en seco.
—Tranquilo. El Rey Dáreion ha hablado. A partir de hoy, Halvar formará parte de los nuestros.
El soldado asintió con un respeto silencioso y se retiró. Halvar sintió que su corazón martilleaba contra sus costillas; por primera vez en mucho tiempo, no se sentía como una moneda de cambio, sino como un hombre con una oportunidad.
—Adelante —dijo Vespera, señalando el patio de armas—. Allí están tus nuevos hermanos. Ellos te recibirán.
Antes de que ella se alejara, Halvar la detuvo, movido por una curiosidad que le quemaba por dentro.
—Espera... ¿Quién es Rhaegor? ¿Cómo lo reconoceré?
Vespera esbozó una sonrisa enigmática.
—Lo sabrás en cuanto lo veas luchar.
Halvar la vio desaparecer por los pasillos, sintiendo una gratitud extraña. En la frialdad de Zerakth, Vespera se había convertido en su única brújula.
Al volverse hacia el campo, lo vio. En el centro del patio, un hombre entrenaba sin armadura, vistiendo ropas sencillas que dejaban ver una musculatura fibrosa y curtida.
Era Rhaegor. Sostenía una lanza con una naturalidad aterradora mientras Tharon, completamente armado con escudo y acero, intentaba alcanzarlo.
Tharon lanzaba tajos desesperados, pero Rhaegor se movía con la fluidez de un depredador, esquivando cada golpe con desplazamientos mínimos.
De pronto, con un movimiento seco, Rhaegor lanzó la base de su lanza contra el escudo de Tharon. El impacto fue tan brutal que el joven salió despedido hacia atrás, rodando por el polvo.
Halvar observó desde la distancia, petrificado. La presencia de aquel hombre lo decía todo: su mirada fría de león y esa fuerza que no parecía humana.
—¡Levántate, Tharon! —gruñó Rhaegor—. No respeto a los débiles. Solo respeto a los supervivientes.
Halvar comenzó a caminar por el campo. El ruido de los entrenamientos cesó de golpe.
Cientos de ojos se clavaron en él; algunos con curiosidad, otros con un desprecio que se sentía como un escupitajo.
Rhaegor caminó hacia él, deteniéndose a pocos centímetros.
—Dáreion decidió darte una oportunidad —dijo Rhaegor, su voz resonando con una autoridad absoluta—. Si vas a quedarte, demuéstralo ahora.
—Por supuesto, Rhaegor —respondió Halvar. Sus palabras estaban cargadas de una admiración que no podía ocultar.
—Quítate esa armadura —ordenó el general.
Halvar obedeció. Se despojó de las piezas de Valdoria, el metal que una vez juró proteger.
Al dejarla en el suelo, los soldados cercanos la patearon con burla. En su lugar, le entregaron el equipo de Zerakth.
Al ponérsela, Halvar sintió que el acero negro era más pesado, más frío y mucho más rígido. Era la armadura de un verdugo, no la de un guardián.
—Adelante. Entrena. Aquí no necesitas pedir permiso para derramar sudor o sangre —sentenció Rhaegor.
Halvar se integró en la masa de hombres. El entrenamiento en Zerakth no era una práctica limpia; eran golpes reales, choques de escudos que buscaban romper huesos y espadas que resonaban con una agresividad salvaje.
Desde lo alto de la muralla, el Rey Dáreion y Vespera observaban la escena.