Las sombras de la noche empezaban a devorar el patio de armas de Zerakth.
Los guerreros se retiraban con el cuerpo cubierto de sudor y polvo, pero con el pecho hinchado por una gloria que solo ellos comprendían.
Tharon se dejó caer sobre el suelo cerca de Rhaegor, quien, ajeno al cansancio, afilaba la punta de su lanza con una piedra de amolar; el sonido rítmico del metal contra la piedra era lo único que cortaba el silencio.
Tharon observó a Rhaegor durante una eternidad, buscando en su líder una señal de aprobación que no llegaba.
Finalmente, la amargura pudo más que su respeto.
—Ese nuevo guerrero no debería estar aquí —soltó Tharon, clavando una mirada cargada de odio en Halvar, que descansaba a unos metros.
Rhaegor detuvo el movimiento de su mano. Levantó la vista y sus ojos, fríos como el acero que sostenía, se clavaron en el joven.
—Ese muchacho casi te degolla —sentenció Rhaegor con una crudeza que hizo que Tharon se encogiera.
Un silencio pesado y asfixiante se instaló entre ambos.
—Y tu excusa es que no pertenece aquí —prosiguió Rhaegor, escupiendo las palabras—. A mí no me interesa su linaje ni de dónde viene. Si nos va a ayudar a ganar la guerra, es bienvenido. Necesitamos leones hambrientos, Tharon, no débiles que lloran por su orgullo herido.
Rhaegor se puso en pie con la agilidad de un depredador. Alzó la lanza hacia la luz de la luna, analizando el filo que acababa de crear, antes de volver a mirar a su subordinado.
—Si tuvieras un poco de dignidad, te sacudirías la humillación de la túnica, tomarías tu acero y entrenarías el doble para derrotarlo la próxima vez. Y considérate afortunado, porque en la guerra real no existen las segundas oportunidades.
Tharon bajó la cabeza, mirando el suelo con una mezcla de vergüenza y un dolor inquebrantable en su orgullo. Las palabras de Rhaegor habían sido un golpe de realidad más doloroso que cualquier espadazo.
Rhaegor caminó hacia el centro del patio y clavó su lanza en la tierra con un golpe seco que llamó la atención de todos los presentes.
—¡Escuchen! —rugió, y su voz resonó contra los muros de piedra—. Dentro de unos días, regresaremos a Valdoria. Esta vez, terminaremos lo que empezamos. ¡Tomaremos esas tierras y nuestra gloria será eterna!
Un grito de guerra unísono y feroz estalló entre los cientos de soldados, un rugido que prometía sangre y fuego.
Halvar, apartado del grupo, observaba la escena en silencio. Sabía que en pocos días tendría que cargar contra su propia tierra, contra los hombres que alguna vez llamó hermanos, en una guerra que su propio error había desatado.
Sin embargo, al sentir el peso de la armadura negra sobre su pecho, supo que estaba dispuesto a hacerlo. Por su honor, por su gloria y por el lugar que Zerakth le había dado cuando Valdoria le dio la espalda.
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Halvar recorría los pasillos de Zerakth, donde el aire siempre olía a metal frío y a la cera de las antorchas que se consumían.
Observaba a los guardias en sus puestos, figuras rígidas e impasibles, y a otros que se retiraban con el cansancio marcado en los hombros. En un cruce, se topó de frente con la imponente figura de Rhaegor.
—Rhaegor, ¿cuál será mi tarea esta noche? ¿Debo vigilar? —preguntó Halvar, buscando un lugar en aquel engranaje de guerra.
Rhaegor ni siquiera detuvo su marcha ni le concedió el honor de mirarlo a los ojos. Soltó una carcajada seca, cargada de una arrogancia que pesaba más que su propia armadura.
—Ja... mejor ve a descansar, muchacho. No querrás agotarte antes de la verdadera carnicería —dijo antes de desaparecer en la penumbra.
Halvar se quedó inmóvil, sintiéndose como un extraño en una tierra que aún no terminaba de aceptarlo.
A lo lejos, divisó la túnica blanca de Vespera, quien organizaba unos pergaminos con movimientos pausados. Caminó hacia ella, buscando el único rastro de amabilidad que conocía en aquel lugar.
—Hola, Vespera —saludó.
Ella se dio la vuelta, y sus ojos brillaron bajo la luz de las antorchas.
—Joven Halvar. Te ves agotado.
—Vespera... ¿sabes dónde puedo descansar? —preguntó, dándose cuenta de que no tenía un lugar propio en la fortaleza.
Ella lo miró fijamente y una pequeña sonrisa, casi maternal pero con un matiz indescifrable, apareció en sus labios.
—Claro. Puedes descansar en mis aposentos. Hay espacio suficiente.
Le hizo un gesto para que la siguiera.
Caminaron en silencio hasta llegar a una habitación pequeña, donde el baile de las velas creaba un ambiente íntimo y resguardado del frío exterior.
—Puedes dormir de ese lado —indicó ella.
—Muchas gracias —agradeció Halvar, sentándose con pesadez en el borde de la cama.
Empezó a despojarse de la armadura negra. Cada pieza que caía al suelo liberaba un peso que no solo era físico; sintió un alivio profundo en sus hombros, como si por fin pudiera dejar de ser un soldado por un momento.
—¿Atacarán Valdoria nuevamente? —soltó Vespera de pronto, rompiendo el silencio.
Halvar levantó la vista, encontrando la mirada de la consejera.
—Sí... así lo ha decidido Rhaegor. Debemos seguir su plan; él es el único capaz de guiarnos a la victoria supongo.
Vespera asintió lentamente. Se acercó y se sentó a su lado en la cama. Al sentir su cercanía y el aroma suave que desprendía, el corazón de Halvar se aceleró, golpeando con fuerza contra sus costillas.
—Muy pocos tienen la madera necesaria para seguir a Rhaegor —murmuró ella—. Su agilidad y su habilidad en combate son prodigiosas, pero su mente... su mente es donde reside su verdadero poder.
—Es muy estricto —admitió Halvar, bajando la voz—. Sabes, ahora que lo pienso, eres la única persona con la que hablo aquí. Intento integrarme, pero es complicado. Muchos me miran como si fuera un traidor o un espía.
Vespera soltó una risa ligera, casi melancólica.