Habían pasado diez días desde que el fuego lamió los muros de Valdoria, diez días en los que el sonido del metal chocando contra el metal no había cesado ni un instante.
El ejército ya no era el mismo; en sus ojos no había rastro de la complacencia de la paz, solo el hambre de venganza.
Frente a la estatua de Valtherion, cuyo bronce aún conservaba las cicatrices del hollín, se encontraban el Rey Altheris y Kaelen.
Un pequeño brasero proyectaba sombras alargadas sobre sus rostros, dándoles una apariencia espectral bajo la luz crepuscular.
Altheris mantenía una mano apoyada sobre el pedestal de piedra, como si buscara absorber la fuerza de los siglos.
—He trazado un plan para terminar con esta guerra de una vez por todas —comenzó Altheris, con una gravedad en la voz que hizo que Kaelen se irguiera de inmediato.
—Dígame, señor —respondió el general.
—He decidido negociar con Zerakth.
Kaelen sintió que la sangre se le congelaba. Sus ojos se abrieron con una mezcla de horror y decepción.
—¡Rey! ¿Qué está diciendo? Esos hombres no entienden el lenguaje de las palabras, ya se lo demostraron con sangre y fuego. ¿Acaso no aprendió nada de la noche del ariete? —escupió Kaelen, con una frustración que no pudo contener.
Altheris retiró la mano de la estatua y se cuadró, irradiando una determinación gélida.
—Eso ya lo sé, Kaelen. Por eso no voy a negociar con pergaminos. Voy a negociar con acero. Porque sin él, la paz es solo una mentira que nos debilita.
Kaelen guardó silencio, confundido por el giro en las palabras de su soberano.
—Un combate singular —prosiguió Altheris—. El mejor guerrero de Zerakth contra mí. El perdedor se retirará para siempre; el ganador se quedará con las tierras enemigas. Si gano, Valdoria será libre y Zerakth caerá. Si muero, al menos habré evitado que mi pueblo se desangre en una guerra de desgaste.
—¿Está diciendo que va a pelear solo? —preguntó Kaelen, incrédulo.
—Así es. Estoy seguro de que aceptarán. Su orgullo no les permitiría rechazar tal desafío.
Kaelen bajó la mirada, sopesando las implicaciones. La preocupación surcaba su frente como una cicatriz nueva.
—Podría funcionar... pero si el Rey Dáreion acepta, no hay duda de a quién mandará. Enviará a Rhaegor. Y Rhaegor no es solo un hombre, es una leyenda; es considerado uno de los guerreros más letales que estas tierras han visto jamás.
Altheris levantó la vista hacia el rostro de piedra de su padre, pero esta vez no buscaba su aprobación, sino su relevo.
—Ya lo sé. Pero antes de un Rhaegor, hubo un Valtherion. Y ahora estoy yo, Altheris, y lucharé por estas tierras hasta que mi último aliento se pierda en el viento.
Un silencio pesado y reverencial se instaló entre ambos. Kaelen observó al hombre frente a él y, por primera vez, no vio al que evitaba el conflicto, sino al monarca que lo dominaba.
—Usted es un gran guerrero, señor —admitió Kaelen en voz baja—. Cuando finalmente se compromete a empuñar la espada sin el temor de arrebatar una vida para salvar miles, el mundo entero sabrá quién es Altheris.
En el silencio de la tarde, solo el silbido del viento entre las columnas de mármol quedó como testigo del pacto que estaba por cambiar el destino de dos imperios.
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El sol de Zerakth caía implacable sobre el patio de armas, bañando en un tono cobrizo a los cientos de guerreros que aguardaban órdenes. Rhaegor se alzaba frente a ellos, escaneando las filas con una mirada que no buscaba soldados, sino verdugos.
—Mañana partiremos hacia Valdoria —anunció, y su voz, cargada de una autoridad absoluta, silenció hasta el viento—. Esta vez no iremos a intentar; iremos a conquistar. Espero que el odio haya madurado en sus pechos y que el hambre de gloria sea más grande que cualquiera de sus miedos.
Hizo una pausa, dejando que la promesa de sangre calara hondo.
—Aprovechen este último día de descanso. Prepárense, porque mañana no habrá esperanza para los débiles; solo habrá lugar para los que saben sobrevivir.
Como un solo hombre, los guerreros de Zerakth alzaron sus aceros hacia el cielo, lanzando un rugido que hizo vibrar los muros de la fortaleza.
Rhaegor asintió con una frialdad gélida y se retiró hacia un rincón del campo, donde tomó un vaso de agua para mitigar la sed.
Halvar, que lo observaba desde la sombra, se acercó con pasos lentos y decididos.
—Señor... ¿puedo pedirle algo? —preguntó Halvar al llegar frente a él.
Rhaegor dejó de beber y lo observó, tratando de descifrar la intención en los ojos del joven.
—Dime.
—Un combate. Entre nosotros —soltó Halvar—. Quisiera saber qué se siente luchar contra alguien como usted antes de ir a la guerra.
Rhaegor dejó el vaso sobre una piedra y se puso en pie, desprendiendo una presencia física que parecía ocupar todo el espacio.
—Adelante.
Ambos estaban sin armaduras, vestidos solo con túnicas ligeras que permitían ver cada movimiento de sus músculos.
Rhaegor tomó su espada, que descansaba apoyada en la roca, y se colocó en una postura relajada, casi despreocupada.
—Empieza cuando quieras —sentenció.
Halvar suspiró para calmar sus nervios y levantó su acero. Rhaegor ni siquiera parpadeó.
El joven se lanzó al ataque con dos tajos rápidos que Rhaegor esquivó con desplazamientos mínimos, apenas el aire necesario para que el acero no lo tocara.
Halvar cambió de nivel y buscó las piernas del general, pero Rhaegor levantó una pierna y luego la otra con una agilidad felina, como si estuviera bailando sobre el filo de una navaja.
Los aceros chocaron finalmente en un estruendo metálico. Rhaegor, que hasta ahora solo se había defendido, lanzó su primer ataque.
Fue un movimiento tan veloz que Halvar apenas lo vio venir; el filo de la espada de Rhaegor rozó la tela de su túnica, rasgándola con una precisión quirúrgica.
Halvar retrocedió de un salto, con el corazón martilleando contra sus costillas. Miró el corte en su ropa, dándose cuenta de que, si Rhaegor lo hubiera deseado, esa herida estaría ahora en su piel.