El amanecer se filtró entre las columnas de Valdoria, tiñendo el mármol de un dorado pálido.
Altheris permanecía inmóvil frente a la estatua de su padre, pero su atención no estaba en el bronce frío, sino en la mujer que estaba a su lado.
Naerys lo observaba con una mirada cargada de una angustia devastadora; para ella, cada rayo de sol que subía por el horizonte era un paso más hacia una posible tragedia.
—No tienes que hacer esto —insistió ella, con la voz quebrada por el miedo—. No tienes que cargar tú solo con el peso de todo un reino.
Altheris buscó su mano y la envolvió entre las suyas con una delicadeza que contrastaba con la fuerza que necesitaría horas después.
—Debo hacerlo, Naerys —sentenció él, mirándola a los ojos—. He pasado mucho tiempo huyendo de lo que soy. No puedo escapar del destino, y mi destino es proteger este lugar, aunque me cueste la vida.
Naerys se recostó en su hombro, buscando refugio en su calor.
—Por favor... no dejes que te venzan. No me dejes aquí sola —susurró contra su cuello.
Altheris la abrazó con fuerza, hundiendo el rostro en su cabello mientras el viento de la mañana soplaba con suavidad, como el único testigo de aquel adiós que pretendía ser un "hasta luego".
—He oído que el hombre al que te enfrentarás es el mejor de su linaje —dijo ella tras un largo silencio.
—Así es, y así debe ser —respondió Altheris con una calma que sorprendió a ambos—. No tendría sentido enfrentar al peor de Zerakth si lo que busco es una paz verdadera. Solo venciendo a su mejor guerrero aceptarán su derrota.
Altheris soltó un suspiro y bajó la vista hacia la pierna de su prometida. La culpa, ese fuego que no se apagaba, volvió a brillar en su mirada.
—¿Cómo sigues de la herida? —preguntó con una preocupación genuina.
—Eso no importa en este momento, Altheris. Hay cosas mucho más graves en juego.
—Sí importa —la interrumpió él, tomando su rostro entre sus manos—. Eres lo más importante para mí. Jamás me perdonaré que te lastimaran. Cada vez que te veo caminar con dificultad, recuerdo que fue mi culpa por no actuar a tiempo.
Naerys quedó cautivada por la nobleza de su corazón. Incluso a las puertas de un duelo a muerte, él seguía priorizando el bienestar de ella por encima de su propia supervivencia.
—Ya estoy bien —dijo ella para tranquilizarlo, esbozando una pequeña sonrisa—. La herida está cicatrizando y el dolor se ha ido. Ya no tienes por qué cargar con esa pena.
Altheris asintió, aunque el peso de su responsabilidad seguía ahí.
—Cualquier cosa que necesites, sabes que siempre estaré para ti.
—Entonces solo necesito una cosa: regresa —suplicó ella, mirándolo fijamente—. Regresa de esa batalla.
Altheris sonrió, y por un momento, la sombra de la guerra desapareció de su rostro.
—Regresaré, Naerys. Te lo prometo. Y cuando todo esto termine, nos casaremos. Formaremos esa familia con la que siempre hemos soñado y Valdoria volverá a ser un lugar de paz.
Él le dio un beso tierno en la cabeza mientras Naerys se aferraba a su pecho, intentando detener el tiempo antes de que el sol alcanzara el mediodía.
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El mediodía cayó sobre el desierto con una fuerza implacable. El sol, en su cenit, parecía un ojo de fuego vigilando la arena, mientras el calor distorsionaba el horizonte en ondas temblorosas.
Los soldados de Valdoria aguardaban en formación perfecta, un bloque de acero y voluntad. Al frente, Altheris respiraba el aire seco y caliente, tratando de calmar el martilleo de su corazón.
Entonces, las siluetas aparecieron.
Como un espejismo que cobra vida, el ejército de Zerakth emergió de la calima. Rhaegor lideraba la marcha a caballo, una figura imponente que cortaba el viento.
A su lado, el Rey Dáreion y Vespera avanzaban con la seguridad de quienes ya se sienten vencedores.
Cuando las dos fuerzas quedaron a una distancia prudencial, el silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el relincho ocasional de un animal y las respiraciones agitadas que se perdían en la inmensidad.
Rhaegor escaneó a Altheris. Notó que el rey no vestía la armadura ceremonial de su padre, sino un equipo ligero, diseñado para la agilidad, para la supervivencia.
Dáreion espoleó su caballo unos pasos al frente, rompiendo el hielo con una sonrisa cargada de veneno.
—Vaya... pensé que esto sería un chiste de mal gusto, pero aquí estás —dijo el soberano de Zerakth.
—Soy un hombre de palabra —respondió Altheris, quitándose el casco para que todos pudieran ver la determinación en su rostro.
Dáreion asintió con desprecio.
—Procederemos con el combate.
Rhaegor desmontó con una gracia letal. Un escudero le entregó su escudo mientras él afianzaba su lanza. Altheris hizo lo mismo.
Antes de avanzar, Kaelen se acercó a su rey y, en un gesto de lealtad suprema, le dio un beso en la frente. Fue una bendición silenciosa.
Altheris asintió y caminó hacia el centro del campo, donde la arena estaba virgen.
Rhaegor y Altheris se encontraron cara a cara. El aire entre ellos vibraba.
—Debo reconocer tu valor —siseó Rhaegor tras su visor—. Al menos, cuando mueras hoy, te llevarás la gloria que tu linaje había perdido.
—Ya veremos eso —replicó Altheris, inamovible.
—No pudiste proteger a tu pueblo cuando entramos en tus muros. ¿Qué te hace pensar que el resultado será distinto ahora?
—Eso quedó en el pasado —afirmó Altheris con una firmeza que sorprendió al general—. Hoy peleo por mi ciudad. Nadie más volverá a sangrar por mis errores.
Rhaegor soltó una carcajada gélida, pero entonces, la mirada de Altheris se desvió.
Detrás de las filas enemigas, vio un rostro conocido. Entre los jinetes de Zerakth, sin casco y vistiendo el hierro negro del imperio enemigo, estaba Halvar. Estaba cerca de Vespera, compartiendo una mirada de complicidad que le revolvió el estómago a Altheris.