El sol golpeaba con una violencia ciega, haciendo que el aire vibrara sobre el cadáver de Tharon.
Altheris permanecía de pie, con el pecho agitado y su espada teñida de un rojo viscoso que goteaba sobre la arena. El silencio del duelo se había roto para siempre.
—¡No cabe duda! —rugió Kaelen hacia sus filas—. ¡Esto fue una trampa! Zerakth ha intentado asesinar a traición a nuestro Rey.
—¡Ustedes mataron a uno de mis hombres! —replicó el Rey Dáreion desde su montura, con el rostro desencajado por la furia—. ¡Eso rompe las reglas que tú mismo impusiste, Altheris! ¡No nos quedaremos de brazos cruzados ¡ATAQUEN!
Dáreion bajó la mano con un gesto violento y el ejército de Zerakth se lanzó hacia adelante como una marea de hierro negro.
Kaelen alzó sus espadas, dando la orden de carga, y el desierto estalló en una batalla campal. Los gritos de agonía y el clamor del acero chocando inundaron el vacío del desierto.
Ya no había honor, ni duelo, ni reglas; solo quedaba el instinto más puro de supervivencia.
Rhaegor se movía entre la multitud como una tormenta de muerte, segando vidas con una frialdad mecánica.
Altheris, por su parte, luchaba por su vida, esquivando golpes que llegaban de todas las direcciones y devolviéndolos con una fuerza nacida de la desesperación.
—¡Vespera! —gritó Halvar, abriéndose paso entre el caos.
No buscaba gloria ni enemigos; sus ojos solo rastreaban la túnica blanca entre el torbellino de metal.
Finalmente la divisó, atrapada en la retaguardia de la melé. Halvar corrió hacia ella, la tomó de la mano por puro instinto y la arrastró fuera de la carnicería, llevándola hacia una zona despejada.
Vespera estaba pálida, con el pulso acelerado y la respiración entrecortada.
—Quédate aquí. Esto es demasiado peligroso... vete de una vez —le ordenó Halvar, protegiéndola con su cuerpo.
—No puedo... mi caballo quedó atrapado en la multitud —respondió ella, aferrándose a su brazo.
Halvar la miró fijamente, con una preocupación que trascendía el campo de batalla.
—De acuerdo. Solo mantente atrás, no te involucres en esto.
Dáreion, que observaba desde la seguridad de su caballo, captó la escena. Su rostro se ensombreció de fastidio.
—¡¿Qué haces ahí parado?! —le gritó a Halvar—. ¡Ve y ayuda a tus hombres!
Halvar asintió con amargura y se lanzó de nuevo al combate, esta vez levantando su espada contra los hombres que solían ser sus hermanos.
En el centro de la matanza, Altheris y Kaelen luchaban espalda contra espalda, rodeados de cadáveres.
—¡Kaelen, debemos retirarnos! —gritó Altheris, limpiándose la sangre de los ojos—. Seguir aquí es un suicidio, necesitamos una estrategia mejor.
—¡Tienes razón! —respondió el general, degollando a un atacante.
Rhaegor continuaba su avance implacable, dejando un rastro de soldados de Valdoria sin vida tras de sí. Al ver que sus filas se desmoronaban, Altheris lanzó un grito que desgarró su garganta:
—¡RETIRADA! ¡VÁMONOS! ¡ES UNA ORDEN!
Los hombres de Valdoria, agotados y superados, empezaron a retroceder en desorden hacia sus caballos.
Los jinetes de Zerakth intentaban darles caza, buscando exterminar a cada alma en fuga, pero finalmente los restos del ejército de Altheris lograron ganar distancia y desaparecer en una nube de polvo.
—¡SÍGANLOS! —bramó Dáreion, fuera de sí.
Rhaegor se detuvo. El sudor le empapaba el rostro y su armadura estaba cubierta de arena y sangre. Miró el cuerpo inerte de Tharon, que yacía olvidado entre los muertos, y luego regresó a su caballo.
—No voy a seguirlos —sentenció Rhaegor, encarando a su rey con una calma gélida—. Meternos en sus tierras ahora sería una sentencia de muerte.
Sin esperar respuesta, Rhaegor dio media vuelta a su montura y emprendió el regreso hacia Zerakth.
Halvar se quedó allí, de pie en medio de los caídos, viendo cómo el polvo se asentaba.
A lo lejos, sus ojos se encontraron con los de Vespera. Él asintió levemente, una promesa silenciosa de que ambos habían sobrevivido un día más.
Ella le devolvió el gesto, y juntos, entre los restos de una guerra inacabada, emprendieron el camino de vuelta.
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El sol comenzaba a hundirse tras las murallas de Valdoria, bañando la ciudad con una luz anaranjada que parecía fuego frío.
Las pesadas puertas de madera y hierro se abrieron con un gemido, dejando paso a un ejército que regresaba con el acero manchado y el espíritu agotado.
Los guerreros desmontaron con movimientos pesados; algunos se desplomaron en el suelo de piedra, buscando un respiro que el desierto les había negado.
Altheris sentía cada herida y cada músculo de su cuerpo gritando de cansancio. Se despojó del casco y lo arrojó al suelo; el estrépito del metal contra la piedra resonó en el patio como un eco de la batalla que acababan de abandonar.
—Cielo... regresaste —susurró una voz cargada de alivio.
Altheris se giró. Era Naerys. Sus ojos brillaban con una mezcla de lágrimas y una felicidad pura al verlo con vida. Corrió hacia él y lo rodeó con sus brazos; Altheris la estrechó contra su pecho, cerrando los ojos por un instante.
—Te dije que no me dejaría vencer tan fácilmente —murmuró él sobre su cabello.
Naerys se apartó apenas unos centímetros, buscándole la mirada con una ilusión que le partió el corazón.
—¿Lo venciste? ¿Rhaegor ha caído?
Altheris guardó silencio durante unos segundos que parecieron eternos. Suspiró, bajando la vista.
—No... —susurró apenas.
—¿Entonces qué ocurrió? —preguntó ella, la confusión ganándole terreno a la alegría.
—El plan se desmoronó. Se desató una guerra campal entre ambos reinos que nadie pudo detener. No era lo que estaba escrito, pero nuestro Dios Valtherion nos concedió una segunda oportunidad. Logramos salir de aquel infierno con vida, y eso es lo que importa ahora.
Naerys palideció, apretando la mano de su prometido.