El amanecer en Zerakth se filtraba a través de las nubes con un tono grisáceo y opaco, como si el cielo mismo compartiera el desánimo de la fortaleza.
Los pasillos, habitualmente ruidosos por el choque del metal, estaban desiertos; la derrota silenciosa del desierto había dejado una marca de pesadez en cada rincón.
Halvar permanecía frente a una ventana de piedra calada, con Vespera a su lado. El viento soplaba con una fuerza constante, agitando el cabello de la mujer en ondas suaves que rozaban el hombro de su compañero.
—No se ve ni un alma —murmuró Halvar, observando el patio de armas vacío.
—Así es —respondió Vespera con voz apagada—. Nuestro orgullo y nuestro honor fueron heridos ayer. El silencio es la forma en que Zerakth lame sus heridas. Es normal.
Halvar asintió, mirando hacia los sectores donde solían entrenar los oficiales.
—Es raro no ver a Rhaegor por aquí, haciendo lo suyo. Ese hombre parece no descansar nunca.
Vespera perdió la mirada en el horizonte plomizo.
—Tienes razón. Ya es bastante tarde para que siga en sus aposentos, pero supongo que después del esfuerzo inhumano que hizo en el duelo, incluso una leyenda necesita un respiro de más.
—Se lo merece —admitió Halvar—. Lo que hizo ayer fue... de otro mundo. Ningún hombre ordinario habría resistido ese embate.
Dejaron que el silencio se apoderara del momento, una mudez cargada de una tensión que aún no se disipaba.
—He hablado con Dáreion hoy —comenzó ella de pronto. Halvar se tensó sutilmente, prestando toda su atención—. Le dije que debemos prepararnos mejor para el próximo ataque. No podemos permitirnos otro error; el siguiente golpe debe ser el definitivo.
—¿Y te escuchó? —preguntó Halvar, buscando una señal de esperanza en su rostro.
Vespera lo miró, y por un instante, Halvar notó que su voz temblaba apenas, una grieta en su habitual fachada de serenidad.
—Eso espero —respondió ella.
En medio de esa atmósfera de desesperación contenida, Vespera ladeó la cabeza y la apoyó suavemente sobre el hombro de Halvar.
El joven guerrero sintió que el tiempo se detenía; tragó saliva, consciente del peso de esa confianza.
Mientras el viento frío soplaba contra ellos, Halvar comprendió que permanecer en Zerakth sería mucho más difícil de lo que imaginó, especialmente bajo el mando errático de un rey como Dáreion.
Sin embargo, ya no importaba si el reino lo aceptaba o no. Se dio cuenta de que no estaba allí por el imperio, ni por el honor, ni por la guerra.
Estaba allí porque Vespera lo había aceptado en sus tierras, y ese hombro que ella ahora usaba de apoyo era su verdadera patria.
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La tarde caía sobre Zerakth bajo un sol que todavía quemaba con soberbia. Tras horas de un silencio sepulcral, Rhaegor finalmente emergió de sus aposentos.
Halvar y Vespera compartían una comida frugal en el patio cuando el general, con el rostro impasible y los movimientos felinos de siempre, se sentó cerca de ellos con su propio plato.
Halvar no podía evitar observarlo. Rhaegor comía con una calma que resultaba casi inquietante después de la carnicería del día anterior.
El viento jugaba con los mechones de su cabello, pero su mirada parecía estar a leguas de distancia, perdida en algún campo de batalla mental. La curiosidad, sin embargo, pudo más que la prudencia de Halvar.
—¿Qué... qué piensas de lo que pasó ayer? —preguntó Halvar, con un ligero temblor en la voz que no logró ocultar.
Rhaegor masticó lentamente. Se tomó su tiempo para tragar antes de responder, sin concederle a Halvar ni una mirada.
—Nada —sentenció secamente, antes de llevarse otro bocado a la boca.
Halvar buscó apoyo en Vespera. Ella le devolvió un gesto sutil, animándolo con la mirada a que no se detuviera. El joven tragó saliva y se arriesgó un poco más.
—Sabes... creo que habrías ganado si Tharon no hubiera interrumpido —soltó Halvar—. Lo tenías bajo control. Altheris estaba cediendo.
Por primera vez, Rhaegor giró la cabeza y clavó sus ojos en Halvar. El peso de esa mirada fue como el acero frío contra la garganta. El silencio se volvió denso, casi asfixiante.
—Por supuesto —admitió Rhaegor al fin—. Habríamos conquistado Valdoria antes del atardecer. Tharon se dejó llevar por sus impulsos, y los impulsos son el cáncer de un guerrero.
—¿No estás molesto por su muerte? —intervino Vespera, bajando la voz.
—Tharon murió como un cobarde, sin una pizca de honor —escupió Rhaegor con una firmeza brutal—. Lo que hizo fue una estupidez suicida. Jamás le pedí que interviniera en mi duelo. En Zerakth, el que rompe el pacto de sangre merece el final que encuentra.
Vespera suspiró, removiendo su comida.
—El Rey Dáreion está fuera de sí, lo sabes. Quiere regresar al campo de batalla de inmediato, está desesperado.
—No me interesa su desesperación —soltó Rhaegor, poniéndose en pie—. No obedeceré órdenes que solo busquen alimentar el ego de un hombre a costa de llevar a Zerakth a las ruinas. Un general protege a su ejército, incluso de su propio rey.
Rhaegor dejó el plato vacío a un lado. Antes de marcharse, sacó una manzana de su túnica y se la lanzó a Halvar con un movimiento fluido.
—Cómela. Necesitas fuerza si pretendes sobrevivir a lo que viene —dijo, y se alejó hacia las sombras de la fortaleza.
Halvar sostuvo la fruta entre sus manos, mirándola como si fuera un objeto sagrado.
Para los demás era solo una manzana; para él, era el primer reconocimiento real de que el león de Zerakth lo consideraba algo más que un simple prisionero.
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La noche se había instalado sobre Valdoria con un silencio denso y expectante. En una sala apartada de los muros principales, el Rey Altheris y el General Kaelen compartían una jarra de vino, aunque el sabor del alcohol no lograba borrar la amargura de la situación.
Las velas se consumían lentamente, proyectando sombras que parecían conspirar en las esquinas.