Cenizas, odio y deseo

Capítulo 2. Oro y cenizas

Soñaba.

El sol entraba a saco por la ventana de mi cuarto. Yo estaba boca abajo, la sábana torcida en la cintura, la piel todavía pegada al sueño. Una mano me rozó la nuca con la yema de un dedo y bajó por la espalda en un trazo lento. Se me erizó todo. No era solo agradable: era eléctrico. El dedo siguió su camino, hundiéndose un poco al pasar por las vértebras, y se detuvo justo donde empieza a curvarse el cuerpo.

Sentí un calor súbito en el vientre, y el cuerpo se me aflojó de golpe. No tenía nada que ver con despertarse.

—Buenos días, dormilón —susurró Adrián.

Me giré despacio. Ahí estaba, despeinado, con esa media sonrisa que me desarmaba. Lo besé, primero un roce, luego más. Me subí a horcajadas sobre sus caderas, sintiendo el calor firme de su vientre bajo el mío. Mis manos se movieron solas, seguras, como si el mundo fuera solo eso.

—Esto sí que son buenos días —le dije.

Sus manos recorrieron mi espalda, me agarraron fuerte por la cintura. Yo marqué el ritmo, lento, profundo, mientras lo mordía en el labio y él gemía bajo, entre dientes. No había promesas, ni palabras dulces. Solo piel contra piel, respiraciones desacompasadas, el olor a sudor limpio, su risa entrecortada.

Nos movimos como si el mundo no existiera.

—Marcos… —susurró.

Abrí los ojos de golpe, con el corazón acelerado y el cuerpo todavía tenso, buscando con la mano a Adrián a mi lado. Solo encontré frío.

Techo blanco. Luz artificial. El murmullo constante del aire filtrado. El búnker.

Me quedé quieto unos segundos, respirando hondo, intentando que el cuerpo entendiera lo que la cabeza ya sabía. Todo irá bien mientras nadie haga preguntas.

Me levanté. El baño era de mármol, impoluto. El agua salió caliente desde el primer segundo. El albornoz colgado llevaba las iniciales A. P. bordadas en hilo dorado. Me lo puse y noté el peso de esas letras en el pecho, como si no fueran solo tela. Abrí el armario: camisas alineadas, trajes perfectos, zapatos brillando. Todo de Adrián. Me puse lo que mejor me encajaba y me miré en el espejo. Yo, disfrazado de él. La cara pálida. Los ojos hundidos. Me apoyé un segundo en el lavabo hasta que se me pasó el mareo.

El comedor era un insulto. Lámparas de cristal, mesas con manteles impecables, empleados de gris moviéndose con precisión mecánica.

Un viejo giraba la muñeca para que su Rolex brillara bajo la luz. Con lo que cuesta ese reloj pago veinte meses de alquiler. Aquí abajo, ¿para qué sirve un Rolex?

Otro grupo brindaba con Dom Pérignon. Las burbujas subiendo lentas, como si no hubiera pasado nada.

En bandejas de plata, carne roja, veteada. Wagyu. Arriba, ceniza.

Me senté en una esquina, intentando ser invisible.

—Buenos días, señor Pérez —dijo un camarero con la sonrisa estudiada.

Asentí, tragando saliva.

Conversaciones alrededor:

—El spa está saturado, increíble.

—Lo peor de esta guerra no son las bombas, son los políticos de izquierdas.

—Con un gobierno serio, esto no pasaba.

Bebí agua. No sabía a nada. Desayuné rápido y salí de allí.

En el baño pasó algo que no esperaba.

Entré buscando un respiro. Mármol, espejos, olor a desinfectante caro. En el suelo, un camarero arrodillado luchaba con una mancha oscura. El paño mojado solo la extendía más.

Me acerqué un paso.

—Con agua no va a salir —dije, agachándome casi sin pensarlo.

Le expliqué lo del vinagre. Me miró sorprendido.

—Gracias… señor Pérez.

Me levanté de golpe, incómodo. Demasiado normal. Demasiado humano. Me noté la cara caliente.

Pasé el resto del día vagando: piscina, spa, gimnasio vacío, biblioteca intocable. Todo funcionaba. Demasiado bien.

Por la noche, el hambre me empujó otra vez al restaurante.

Y entonces lo vi.

En una mesa central, rodeado de risas demasiado altas, estaba él.

Montalbán.

Alto. Ancho de hombros. Traje oscuro impecable incluso allí abajo. Mandíbula dura. Ojos negros que lo medían todo. Mi jefe.

El estómago se me cerró de golpe. Quise apartar la mirada, pero no pude. El cuerpo reaccionó antes que yo: la respiración se me hizo más corta, como si me faltara aire, y noté una presión incómoda en el bajo vientre que me cabreó al instante.

No. No ahora. No tú.

Él levantó la cabeza. Nuestros ojos se encontraron.

Sonrió, despacio.

Sentí el pulso golpearme en las sienes. Aparté la mirada, tenso, pero ya era tarde. Sabía que me había visto. Sabía que había notado ese segundo de más, esa rigidez involuntaria, ese maldito latido traidor.

Intenté moverme, pero choqué con alguien en el pasillo lateral. Perdí el equilibrio y caí al suelo.

Al levantar la vista, lo tenía delante.

Montalbán.

Me tendió la mano. Dudé un segundo. La cogí.

Su piel estaba caliente. Demasiado. Al contacto, una descarga me subió por el brazo hasta el pecho. Tiró de mí con fuerza y me levantó sin esfuerzo. No me soltó. Me atrajo un poco más de la cuenta. Mi pecho contra el suyo. Noté su respiración, lenta, controlada, chocando con la mía, rápida y torpe.

Me tensé. Él lo notó. Su pulgar presionó un instante sobre el interior de mi muñeca, justo donde el pulso se desboca. No fue un gesto casual. Fue una confirmación.

Se inclinó hacia mí. Por un segundo pensé que iba a rozarme la boca. Sentí el calor de su aliento, la cercanía insoportable, y odié que una parte de mí se quedara suspendida ahí, esperando algo que no debía querer.

Entonces acercó los labios a mi oreja.

—Qué sorpresa verte por aquí… Adrián.

✨ Nota del autor ✨

¡Y hasta aquí el capítulo 2! 🔥

Marcos ya empieza a sentir el peso de la mentira... y ahora Montalbán lo tiene en la palma de su mano.

Quiero saber qué pensáis:
• ¿Creéis que el camarero sabe algo más de lo que aparenta?
• ¿Qué pretende Montalbán al acercarse tanto a Marcos?
• ¿Marcos siente solo miedo... o hay otra cosa que empieza a removerse dentro de él? 👀




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