Cenizas, odio y deseo

Capítulo 3. El silencio del mundo

El zumbido del aire filtrado no me dejó descansar.

La luz entraba por la ventana, cálida, limpia. Adrián estaba boca arriba, con los ojos medio cerrados y la respiración tranquila. Le pasé la mano por el pecho, bajando hasta sentir sus costillas marcadas. Sonrió.

—Te quiero —murmuró.

Yo también quería decirlo, pero en el sueño las palabras se quedaban pegadas a la garganta, como si costaran. Me giré para responderle y, de repente, su cara cambió, ya no era él.

Era Montalbán.

Me miraba de forma maliciosa. Sus ojos eran intensos, capaces de atravesar cualquier defensa. Sentí un tirón bajo, en el vientre, algo físico, automático, que me dio asco al instante. Como si mi cuerpo no supiera obedecer.

—Me quieres a mí —dijo.

Me ardió la cara. Quise apartarme, pero era un sueño: no había salida. Su mano —no sé de dónde salía— me rozó la nuca, el mismo gesto de Adrián, pero sucio, invasivo, como una burla. Me recorrió un escalofrío que no era miedo del todo. Y eso fue lo peor.

El sueño cambió con esa lógica rara de los sueños. Ya no era nuestra cama: era el comedor del búnker. Todos me miraban como jueces, señalándome, y él, de pie, gritando con voz dura:

—¡Este no es Adrián! ¡Es un impostor!

Abrí los ojos jadeando, el corazón desbocado. Me quedé quieto unos segundos, intentando que se me bajara el calor que el sueño me había dejado pegado a la piel. Busqué a Adrián a mi lado, por pura costumbre, por puro dolor, pero solo encontré sábanas frías. Techo blanco. Ventilación. La soledad del búnker.

Llevábamos meses bajo tierra, no sé cuántos, se me estaba haciendo eterno. Los comunicados del gobierno hacía tiempo que no llegaban y desde entonces vivíamos incomunicados y ciegos. No sabíamos qué pasaba en el exterior.

El búnker ya no era el mismo. Al principio todo parecía un hotel caro: comida abundante, copas llenas, bandejas que nunca se vaciaban. Ahora ya parecía una triste pensión: el café sabía a agua sucia, ya no había fruta y las carnes más caras que podían pedir los ricachones eran de lata, disfrazadas con salsas extrañas. El mármol seguía brillando, sí, pero poco a poco todo aquello empezaba a oler raro.

Y por supuesto, los distinguidos huéspedes del refugio no estaban acostumbrados a semejantes vulgaridades de clase baja y no se callaban.

—¿Pretenden que me beba esto? Prefiero vino de cartón.

—He pagado una pasta y me traen rancho de colegio público.

—Espero que esto no dure mucho más, porque si no no sé qué va a ser de nosotros.

Los empleados aguantaban, pero no eran de piedra. Un plato dejado con demasiada fuerza, una mirada que duraba medio segundo más de lo normal, una sonrisa convertida en mueca mal disimulada. La paciencia tenía un límite y el rencor empezaba a asomar por las costuras.

Ese día nos reunieron en la sala de esparcimiento y habló el encargado del búnker, Salcedo. Un hombre serio y gris, como su traje, con gafas finas y pinta de contable.

—Los suministros están controlados —dijo como el que leía un informe—. En previsión de que esto dure más estamos racionando la comida. Pero tranquilos, el sistema resistirá.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó alguien.

Salcedo lo miró fijamente. Se ajustó las gafas.

—El necesario.

La sala se quedó en silencio. Nadie le creyó. Salcedo se dio la vuelta y salió de allí sin contestar a nada más.

Poco después, en un largo pasillo, se cruzó conmigo el camarero de la otra vez. Joven, guapo, con la camisa arremangada y el pelo pegado a la frente. Llevaba una caja de madera en las manos. Al pasar junto a mí se paró un momento y habló en voz baja:

—Buenos días, señor Pérez. ¿Todo en orden?

Me sostuvo la mirada más de lo normal. Había algo en sus ojos verdes que no era solo cortesía. Me incomodó… y al mismo tiempo me atravesó un calor rápido, absurdo, como una chispa. Me subió a la cara. Me noté la garganta seca. No tenía derecho a sentir nada de eso. No en este sitio. No después de Adrián.

Miré al suelo, avergonzado, como pillado haciendo algo feo. Creo que balbuceé un “sí, bien”.

Seguí andando con torpeza, como si fuera un niño y me hubieran pillado mirando las revistas de mi padre. No te fijes así en mí, joder, ¿qué quieres de mí?

Pero el cuerpo iba por libre. Lo odié por eso. Por responder. Por estar vivo.

Más tarde, en el comedor, lo vi a él, a Montalbán.

Estaba sentado en el centro, rodeado de gente que lo escuchaba, los típicos pelotas aduladores. Hablaba con calma y suficiencia, como si todo le perteneciera, como si la situación fuera otra reunión de consejo. Algunos asentían por miedo, otros por puro interés. Era igual que antes, solo que en la superficie esto pasaba en la sala de reuniones de la planta 24; y aquí en un palacio bajo tierra. Y él conseguía ser el centro de atención, que todo girara en torno a él, como siempre.

Nuestros ojos se cruzaron.

Sonrió.

Y el muy cabrón lo hizo como si supiera exactamente lo que me provocaba: una mezcla de rabia y algo más que no quería nombrar. Sentí el estómago encogerse y una presión baja, incómoda, que me dio ganas de darme un puñetazo a mí mismo. No. No. Eso no. Tú no.

Aparté la mirada y apreté los dientes, enfadado conmigo mismo. Ya no es tu jefe, idiota. Y aun así mi cuerpo seguía recordándolo como si fuera un peligro… o como si fuera otra cosa.

Salí de allí, volví a mi suite, cerré la puerta y apoyé la espalda un momento. El silencio me envolvió. Me fui a la cama y me tiré en plancha, intentando dormir para olvidarlo todo.

Por la noche bajé a cenar para no llamar la atención, porque no tenía nada de hambre. El comedor estaba iluminado con luz tenue, dorada, como si quisieran imitar la luz del atardecer. Me senté contra la pared y pedí agua.

Mientras la traían, el recuerdo llegó solo.

Otra mesa, no hace mucho en la superficie. Un restaurante caro, de esos de mantel blanco y copas finas, de los que yo jamás me había podido permitir. Adrián me miraba con esa forma suya que conseguía que todo lo demás no tuviera importancia, que el mundo desapareciera a nuestro alrededor. Me sudaban las manos, no sabía dónde meterlas. Entonces lo dijo, casi en un susurro:




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