Dormí a ratos. Más bien me deslicé por una fiebre sin sueño. A veces me parecía oír la voz de Adrián en el baño, otras la carcajada de Montalbán pegada a la pared. Luego venía el silencio, ese silencio compacto del búnker que huele a metal y filtro de aire.
Dos días encerrado en la suite. No sabía si era prudencia o cobardía. Fuera se escuchaban pasos corriendo, puertas que se abrían de un empujón, discusiones en voz rota. Bebí agua del grifo. Sabía a tubería.
La contraseña… la cambió él. No podía haber sido otro, ¿quién si no? Nico, se llamaba; se lo había visto en la plaquita de su uniforme. Aferrarme a esa idea me dio un poco de aire… y otro miedo: si él pudo cambiar la contraseña, otros quizá también podrían.
El panel de la entrada parpadeó una vez. Un pitido bajo. Me quedé quieto.
—No —susurré, llevándome las manos a la boca sin darme cuenta.
Cogí una lámpara de la mesita. La agarré mal, como si sostuviera un pez resbaladizo.
El seguro de la puerta hizo clac y se abrió con un suspiro.
Entró él.
Nico. Ojos verdes, pelo oscuro, el uniforme con manchas que antes no tenía. Cerró detrás de sí con rapidez y apoyó la espalda un segundo en la puerta, como si hubiera corrido hasta aquí. Su pecho subía y bajaba rápido.
Bajé la lámpara. Noté los dedos temblorosos.
—¿Qué haces aquí?
—Respirar —dijo, y se le dibujó una mueca que no era sonrisa, pero casi—. Y que tú sigas haciéndolo.
Dejó una bolsa de tela sobre la mesa. Pan, dos botellines de agua, un cuenco que olía a caldo de verdad. Caldo. No la sopa aguada de los últimos días. El vapor me humedeció la cara. A lo lejos, el zumbido de la ventilación vibró un segundo y volvió a estabilizarse.
—¿Has sido tú el que…? —señalé la puerta.
—Sí.
Nos miramos un segundo incómodo. Me indicó el sofá.
—Siéntate. Come antes de que se enfríe.
—No tenías que traerme nada.
—Tienes que comer, tienes que estar fuerte —dijo como quien comenta un bug evidente, y lo recalcó—. Te conviene estar fuerte.
Me senté. Él me acercó el cuenco y me pasó la cucharilla. Al rozarme los dedos sentí un latigazo estúpido, rápido, como si el cuerpo estuviera esperando permiso para reaccionar. Me cabreó. Me obligué a mirar el caldo, a laurel y grasa, a algo normal.
—¿Cómo cambiaste la contraseña? —pregunté, intentando sonar igual de normal.
—Trabajo aquí —respondió—. Pero bueno, antes de esto… arreglaba cosas.
—¿“Arreglabas cosas”?
—Informática. Helpdesk. “¿Ha probado a apagar y encender?”. Dos años de turnos de mierda y sueldos peores. Luego me pasé a hoteles. Con propinas comía mejor que reiniciando routers.
Tragué. El caldo me calentó el estómago.
Nico se sentó al borde de la cama, sin acercarse demasiado.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
Me quedé un segundo en silencio. Como si decir mi nombre aquí abajo fuera peligroso.
—Marcos.
Asintió, como si ya lo supiera.
—Marcos —repitió—. Lo sé desde el primer día. Recuerda que soy informático. Miré tu ficha en el sistema y tú no eres ese tal Adrián.
Me quedé helado. La cucharilla tintineó.
—¿Quién más lo sabe?
—Alguno lo sospecha.
—La anciana —dije—. Una señora mayor me habló en la oscuridad. Dijo que conocía a Adrián, que me había visto en fotos. Me dijo que tuviera cuidado con… —tragué—. Con el moreno alto.
Nico frunció el ceño.
—Montalbán.
Asentí.
—La anciana se llama Leonor —añadió—. Vino con escoltas los primeros días. Ya no la acompañan. No sé qué ha pasado con ellos.
Me pasé la mano por la boca. Noté la piel seca.
—¿Y por qué me ayudas? —pregunté, por fin.
Nico miró al suelo, como si se avergonzara.
—Porque quiero. —Se encogió de hombros—. Estaba harto de mirar para otro lado. Aquí todos van a su bola, yo no quería ser como ellos.
Se hizo un silencio denso. Afuera, algo golpeó una puerta. Nico levantó la mirada hacia el panel, alerta.
—Y porque… cuando te vi, supe que no encajabas. Igual que yo.
—Afuera se han hecho grupos entre los empleados —continuó—. No hay un jefe claro. Están los que quieren repartir lo poco que queda y aguantar. Y están los que quieren vengarse y tienen cuentas pendientes… Que si uno les insultó, que si ahora es nuestra hora… Salen por la noche y revientan puertas. Cogen cosas. Se llevan gente.
Me quedé con el cuenco a medio camino. Las manos me sudaban.
—Nico…
—Dime.
—No puedo con esto solo.
El silencio no pesó. Trajo aire. Me descubrí frotándome el pulgar contra la yema del índice, tic de nervios.
—No estás solo ahora —dijo—. Pero hazme caso. Sal lo justo, o mejor, no salgas. Yo vendré siempre que pueda. Si tocan y no soy yo, no abras. Si escuchas mi nombre, tampoco. Yo entraré sin hacer ruido.
—¿Por qué arriesgarte?
Se encogió de hombros, aún sin soltar el botellín.
—Porque quiero.
Se acercó y se sentó a mi lado en el sofá. Pasó sin planearlo. No fue bonito, ni largo, de esas cosas que pasan sin pensar.
Fui a coger la botella de agua y él también. Los dedos chocaron. No retiré la mano. Él tampoco. Su pulgar se quedó un instante sobre mis nudillos, como si no supiera dónde acabar el gesto. Ese segundo de más me lo dejó todo claro: lo había notado. Yo también.
Levanté la vista. Lo tenía tan cerca que podría haberle contado las pestañas. Olía a jabón barato y a cansancio, a estar vivo. Para. Me lo ordené como si la cabeza mandara algo aquí dentro. Pero el cuerpo iba por su cuenta, traidor: la boca se me quedó seca, el estómago se me apretó y sentí cómo el cuerpo se me aflojaba, incómodo, y me dio vergüenza al instante.
Pensé en Adrián, en la suavidad de su mano en mi cara, en lo fácil que era con él. Y luego miré a Nico y lo que sentí no se parecía a eso. Con Adrián era casa. Con Nico era hambre. Me dio asco por dentro por notarlo.
Para.
Pero él se adelantó. Yo no me aparté. Nuestros labios se rozaron y nos dimos un torpe beso, de los que empiezan mal y, sin embargo, encuentran su sitio demasiado rápido. Su boca era más cálida de lo que esperaba. Noté su respiración temblándome en la comisura y, sin querer, me incliné hacia él.