Cenizas, odio y deseo

Capítulo 7. La huida

Frente a mí se abría un largo túnel en penumbra, iluminado cada muchos metros por bombillas que apenas daban luz. El borde de la compuerta aún vibraba cuando oí los golpes. Eran secos, seguidos, como si los dieran con algo pesado. No tardé en entenderlo: los de arriba habían descubierto por dónde habíamos huido. Quizá vieron el cuadro mal colocado.

—¡Aquí! —gritó una voz ronca—. ¡Hay una puerta aquí!

Otro mazazo. Un chirrido metálico largo. El corazón me dio un vuelco. Iban a entrar.

Eché a correr por el túnel, pero mi maldito Pepito Grillo —ese que tantas veces me había jodido la vida— me frenó. Me di la vuelta. Montalbán seguía tirado en la cama vieja.

Lo vi de verdad en ese segundo: tirado, pesado, todavía con esa cara de mando aunque estuviera hecho polvo. Me entró un impulso feo de dejarlo allí y seguir corriendo.

Y, como si mi cuerpo tuviera la necesidad de joderme, también noté otra cosa: el golpe seco de su presencia, el calor que desprendía incluso sangrando, esa sensación absurda de que estaba demasiado cerca de él. Me cabreó. No era el momento, no era el tío, no era nada. Pero ahí estaba.

—Levántate —le dije.

Abrió un ojo, turbio.

—Déjame.

—Que vengas.

Lo levanté como pude. Me miró con una mezcla de cansancio y desprecio. Tenía la camisa pegada a la piel, ennegrecida por la sangre seca. Me metí bajo su brazo y tiré de él. Pesaba como dos hombres. Detrás, otro golpe hizo crujir la puerta metálica y se oyeron pasos bajando la escalera. Ya estaban entrando.

Cuando lo incorporé, su pecho chocó contra el mío y se me clavó el aire. La tela de su camisa estaba húmeda y caliente; debajo, la piel. Mis dedos encontraron carne dura, tensión bajo los golpes, y se quedaron un segundo más de lo necesario.

Lo odié. Odié que mi respiración se acelerara por algo que no era solo esfuerzo. Odié que mi cuerpo registrara el peso de su brazo sobre mis hombros como si fuera un dato importante. Y odié, sobre todo, que él lo notara: esa mirada rápida, seca, que no decía nada pero lo guardaba.

Avanzamos lo más rápido que pudimos hasta la compuerta abierta gracias a mi Adrián. Nos deslizamos al otro lado. El metal frío me rozó el hombro. Un monitor en la pared detectó mi rostro y la puerta empezó a cerrarse lentamente. Del otro lado venían corriendo, gritando, armados con palos y hierros. A pocos segundos de alcanzarnos, la hoja encajó con un golpe sordo. Silencio. Solo la respiración irregular de Montalbán en mi oído.

Durante un instante no hubo nada más que nuestros cuerpos pegados y el metal cerrándose. Su aliento me raspó el cuello, irregular, caliente, y me entró por la piel como un aviso.

Me obligué a pensar en la puerta, en los de fuera, en Adrián. Pero el cuerpo iba por delante: un nudo bajo el ombligo, una tensión ridícula que me dio vergüenza. Apreté la mandíbula hasta hacerme daño.

El pasillo que teníamos delante era estrecho, de hormigón bruto, sin decoración. Nada que ver con el búnker superior. Tubos pintados, canaletas abiertas, señales industriales con letras negras sobre fondo amarillo: LOG-EJE 2, ACCESO OBRA, NO PERSONAL. El suelo mostraba marcas de ruedas anchas, como si alguna vez hubiera pasado maquinaria pesada. Olía a polvo viejo y a moho.

—¿Dónde estamos? —bufó Montalbán.

—Ni idea, pero lejos de esos salvajes.

Le sujeté mejor. A cada diez metros, una luz amarillenta iluminaba débilmente el túnel. A la derecha, armarios empotrados y etiquetas plastificadas con avisos técnicos.

Le ajusté el agarre para que no se desplomara. Mi mano se deslizó por su costado y, al buscar una zona firme, se coló por el borde de la camisa rota. Piel caliente, sudor, el temblor mínimo de un músculo intentando respirar.

Retiré la mano tarde. Y me cabreé conmigo mismo por eso, como si el segundo de más me delatara ante alguien.

Detrás, un eco: golpes contra metal. Estaban intentando forzar la puerta.

—Van a entrar —susurró Montalbán.

—Vamos. Ahorra el aliento.

Seguimos avanzando, el pasillo descendía.

—Para —gruñó él.

—No.

—Para —repitió, más bajo.

Paré. Lo apoyé contra una hornacina del cuadro eléctrico. Respiraba entrecortado. Le levanté la camisa, pegada y sucia. Las costillas estaban amoratadas, una ceja partida. Corrí hacia un armario empotrado, lo abrí y encontré un botiquín verde.

Le levanté la camisa pegada y sucia, y el gesto fue más íntimo de lo que debería. La tela se resistió un momento y, al despegarla, se llevó con ella el calor de su piel. Las costillas amoratadas parecían un mapa.

Mis dedos siguieron la línea del golpe sin querer, solo para ubicar el daño, me dije. Pero la verdad es que me quedé ahí demasiado. Notando. Registrando. Me dio asco que, en medio del miedo, mi cuerpo respondiera con esa punzada baja, contradictoria.

—Aprieta los dientes —le dije.

—Haré lo que me salga de los cojones.

Le limpié la herida con suero. El líquido arrastró polvo y sangre seca; apretó los dientes y soltó un siseo. Le coloqué una venda con manos torpes. Estaba demasiado cerca. El vello de su sien rozó mi muñeca y un escalofrío me recorrió. Un segundo suspendido: el olor metálico de la sangre, el calor de su piel. Sentí el latido en la garganta. Aparté la mano como si me hubiese quemado.

—¿Por qué me ayudas? —murmuró—. Podías haberme dejado.

—Ya.

—¿Entonces…?

—Porque yo no soy un mierda como tú

Me miró con curiosidad, como si me viera por primera vez. Apreté la mandíbula.

Sentí rabia por no poder dejarle tirado.

A lo lejos, el chirrido inconfundible de una puerta vieja forzada. Ya estaban dentro del túnel.

—Nos tenemos que ir —dije.

Seguimos. El pasillo giró y descendió más. Pasamos un tramo con barandilla; al otro lado, un foso técnico con cables gruesos. En la pared, un plano amarillento con una flecha:

E-0 → LOG-2 → SAT-A.

A un lado, el dibujo de un búnker. Al otro, otro búnker. En el pie, el sello de un consorcio de ingeniería distinto al del nivel superior. Lo entendí: dos obras paralelas, un corredor de servicio para mover materiales sin cortar calles. Dos búnkeres conectados.




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