Lo miré sin respirar. El silencio era total. Solo se oía, muy lejos, el murmullo suave del aire acondicionado.
Le toqué la mejilla otra vez, más fuerte.
Nada.
La garganta me ardía. No sabía si me temblaba la mano por el miedo o por la rabia. Solo por no oír el zumbido en los oídos.
—Montalbán…
Nada.
Entonces, un sonido mínimo. Un gemido.
Volví a pegar la oreja a su pecho. Una vibración leve. Un golpe irregular.
Vivía. Jodido, pero vivo.
Me quedé un segundo con la oreja pegada, sintiendo ese golpe irregular como si me lo dieran a mí por dentro. No debería importarme. Era Montalbán. Pero el alivio me salió del cuerpo antes que de la cabeza, y lo odié por eso. Noté el calor subirme a la cara y el cuerpo se me aflojó, algo absurdo que no venía a cuento. Respiré hondo, como si pudiera desactivar el cuerpo a base de órdenes. No funcionó.
Me quedé un segundo quieto, tragando aire. Luego lo agarré por debajo de los brazos. Pesaba como un caballo, el muy cabrón. Miré al frente. El pasillo, vacío, giraba a la derecha a unos veinte metros. La moqueta amortiguaba los pasos. Las luces eran cálidas, perfectas, como si aquello fuera un hotel y no el fin del mundo. Arrastré a Montalbán como pude hasta allí, intentando que su cabeza no golpeara el suelo. La camisa se le había abierto más, y cada vez que tiraba de él, la tela se pegaba a la piel húmeda.
Piel caliente, viva. Me dio un vuelco el estómago, de asco, de nervios, de algo que no quería nombrar.
Era un cuarto lleno de herramientas, taquillas, una mesa de trabajo y cajas por el suelo.
Le arrastré los pies, cerré la puerta con el pestillo manual y lo tumbé despacio.
Tenía mala cara, la boca abierta, los labios resecos, la mandíbula dura incluso inconsciente. Respiraba raro: un quejido áspero, una sierra pasando por dentro de las costillas.
Me incliné sobre él. La camisa le pegaba a la piel como una segunda capa y, al apartarla un poco, se me quedó el olor a sangre y sudor clavado en la nariz. Tenía la garganta expuesta, la nuez moviéndose con esfuerzo. Le puse dos dedos en el cuello para buscarle el pulso. Estaba ahí, terco, vivo. Mi mano se quedó más de la cuenta, notando la tibieza, el latido. Me aparté de golpe, rabioso conmigo mismo.
—Calla —le dije, con la voz rota—. Respira. Déjame pensar.
Y entonces busqué algo, cualquier cosa que sirviera para que no se me muriera ahí. En una esquina vi una caja blanca con el símbolo de una cruz y una línea de LED que se encendió con un soplido electrónico.
—Botiquín Asistencial Nivel 1 —dijo una voz limpia, sin género—. Describe lesiones. Te guiaré.
Parpadeé. Un botiquín con IA, qué moderno… Miré a Montalbán y tragué saliva. Las manos me temblaban y las sentía llenas de polvo.
—Creo que tiene las costillas rotas y quizá algo de dentro, no sé —dije—. Tiene varios golpes, una ceja abierta, y… no sé si ha perdido el conocimiento. Respira mal. Tiene sangre seca de varias heridas y está consciente a ratos.
—Protocolo 3A. —La voz no subió ni bajó—. Ponte los guantes. Evalúa vía aérea. Controla sangrado. Coloca vendaje compresivo torácico. Busca una venda elástica.
Rebusqué. Gafas antiempañantes, guantes, gasas estériles, suero, tijeras. Me las puse rápido. No dejaba de mirar hacia la puerta. Recé para que no entrase nadie.
Me arrodillé a su lado y empecé por lo más simple: comprobar que respiraba, que no se ahogaba, que no se me iba delante. Al moverlo, su torso rozó mi antebrazo y la piel caliente me dio una sacudida estúpida. No era deseo bonito: era una respuesta bruta, una alarma. Apreté los dientes y seguí, como si el dolor ajeno fuera una forma de castigo.
—¡Ay!, para, déjame… —gruñó él cuando le toqué el costado. Intentó apartarme.
—Te jodes —le dije—. Gilipollas.
Corté la camisa con las tijeras. Le quité la venda que le habían puesto antes y vi el morado extendido por el costado. Las costillas marcadas, el color feo de la piel.
Me dieron ganas de vomitar. No por la sangre, sino por lo frágil que se veía por primera vez. Por lo humano. Por lo cerca que lo tenía.
—Analgesia estándar disponible. —El botiquín mostró una jeringa precargada en su hueco—. Confirmar.
—Confirmo —susurré.
Le pinché en el brazo. Sentí mi propia respiración acelerándose. La voz de la IA seguía igual de plana.
—Ahora venda compresiva. Mantén presión firme.
—No te muevas… —le murmuré a él, ajustando la venda alrededor de su tórax—. Se te puede romper algo por dentro y te quedas aquí, bonito.
—Me jodes… me insultas… —escupió, con una mueca que era casi sonrisa—. Qué detalle.
—Cállate, idiota.
La herida de la ceja se abrió otra vez al limpiarla. Coloqué tiras de aproximación, gasa, cinta. Me concentré en eso como si fuese un código: paso uno, paso dos, sin pensar.
El botiquín empequeñeció la línea de LED, como si se echara a dormir.
—Procedimiento 3A completado. —Pausa minúscula—. Recomendación: acuda a un hospital, monitorización, evitar esfuerzos.
—Sí, claro, a un hospital… no te has enterado de lo que ha pasado —le respondí a la IA, casi riéndome—. Vale, he hecho todo lo que me has dicho, ¿algo más que haya que hacer?
—Sí. No morir.
Solté el aire por la nariz y se me escapó una carcajada. Enseguida me arrepentí y me tapé la boca con las manos, asustado, mirando hacia la puerta.
Me arrodillé a su lado. Tenía los labios resecos. Le acerqué una botella de agua sellada que había encima de la mesa de trabajo de ese sitio. Le pasé la mano por el cuello e incorporé su cabeza. El calor de su cuerpo calentaba mi mano. Me puse nervioso.
—Bebe despacio —le dije.
—¿Me vas a poner pajita, también? —murmuró.
—Traga y calla.
Se quedó un rato con los ojos cerrados, respirando más despacio. Yo me senté en el suelo, apoyado en la taquilla, con la espalda empapada y las manos todavía temblando. La adrenalina se me cayó encima como una manta mojada.