Cenizas, odio y deseo

Capítulo 13: El anillo C

Durante unos segundos, después del BOOM, solo hubo ruido dentro de mi cabeza.

Luego se oyó una sirena de emergencia, una señal de alarma que sonaba por todo el búnker. Poco después empezaron los gritos en el pasillo, los golpes, alaridos de huéspedes a los que me imaginé que les estaban haciendo barbaridades, e incluso disparos. Las luces de emergencia parpadeaban en rojo sin parar.

Nora fue la primera en moverse.

—Ayudadme con la puerta —ordenó.

Entre los cuatro empujamos la cama, un mueble bajo, una silla. Rezaron para que sirviera de algo. Irene trabó el pomo con una manta enrollada y un cinturón, por si acaso.

—¿Servirá de algo? —pregunté.

—No sé —respondió Irene—.

El portátil seguía sobre la cama. En la pantalla, el agujero del búnker 1 escupía gente hacia el túnel, como si alguien hubiera abierto una presa.

Cerré la ventana de vídeo. No podía seguir mirando.

—Quiero saber dónde están —dije, más para mí que para ellos.

Abrí el esquema del búnker 2. Puntitos de colores se movían por los anillos. El sistema marcaba accesos forzados, alarmas, puertas abiertas que deberían estar cerradas. Conforme los asaltantes forzaban puertas, zonas enteras del anillo A se iban tiñendo de rojo.

—Han llegado a las suites —murmuré—. Están en el A.

—Normal —escupió Irene—. Si estás muerto de hambre y te sueltan en un hotel de cinco estrellas, ¿a dónde vas? A la puta suite, no a la lavandería.

Nora estaba blanca. Se mordía el carrillo por dentro.

—¿Hay cámaras? —preguntó.

Asentí, aunque no sabía si quería ver aquello. Seleccioné una al azar: un pasillo alfombrado, cuadros torcidos, maletas abiertas por el suelo. Otra: una puerta reventada, muebles volcados. Un cuerpo en el suelo con una bata de seda, un charco oscuro bajo su cabeza. Otra: un grupo de gente del búnker 1 entrando en un comedor privado, rompiendo botellas, vaciando bandejas, engullendo lo que encontraban.

Quité las imágenes. Sentía náuseas.

—Van a arrasar con todo —dije.

—No es que me dé pena esta panda de ricos de mierda —Nora apretó los dientes—, pero como empiecen a tocar cosas del anillo C, nos jodemos todos.

Yo no me había parado a pensarlo, pero ¡claro!, el anillo C, las tripas. El aire, el agua, la energía. Las vidas de todos, también la nuestra, dependían de la maquinaria del anillo C.

—Las puertas del C se habrán cerrado solas con la alarma, ¿no? —pregunté.

—Sí —contestó Irene—. Son blindadas. A prueba de todo. O eso dijeron en las charlas motivacionales de “bienvenidos al fin del mundo”.

—Pues mira, algo bueno —intenté bromear, sin éxito—. Al menos vamos a seguir respirando.

Pasaron horas. No sabría decir cuántas. El ciclo artificial de “día” y “noche” del búnker se había ido a la mierda; las luces seguían en modo emergencia. De vez en cuando, un golpe lejano. Otras veces, uno mucho más cerca. Una carcajada. Un grito ahogado. Pasos corriendo.

En un momento dado nos quedamos en silencio porque los pasos venían justo por nuestro pasillo. Se detuvieron al otro lado de nuestra puerta. Se oyó una risa ronca, dedos tanteando un pomo. Tiraron de la puerta.

La cama y los muebles vibraron.

Alguien dio una patada. Luego otra. Montalbán contuvo la respiración. Nora apretó la mano de Irene con tanta fuerza que le dejó los nudillos blancos.

—Está atrancada —se oyó una voz masculina, al otro lado—. No pierdas tiempo, hay otras abiertas, ya habrá tiempo de abrir esta.

Los pasos se alejaron. Yo solté el aire que no sabía que estaba aguantando.

—No podemos seguir así —dije al cabo de un rato, sin pensar demasiado.

—¿Y qué hacemos? ¿Salir a saludar? —preguntó Irene, con sarcasmo.

Me giré hacia la pantalla del ordenador. El mapa del búnker seguía lleno de manchas rojas.

—Aquí no nos podemos quedar, vendrán tarde o temprano. ¿Quién puede abrir la puerta blindada del anillo C cuando se ha cerrado por una emergencia?

—No sé, supongo que el jefe de seguridad o el jefe de mantenimiento —dijo Nora.

Me puse a trabajar. Abrí otra vez el menú de personal. Ahí seguían nuestras fichas: “Apoyo informático” y “Ayudante de apoyo informático”.

Pensé en las puertas del anillo C, en las autorizaciones y en quién narices podría abrirlas.

Busqué en el sistema. “Jefe de mantenimiento C”, “Responsable de infraestructuras”, “Seguridad estructural”. Había un par de nombres asociados.

Miré a los demás.

—Creo que puedo cambiar mi rango —dije—. Que el sistema me vea como responsable de mantenimiento o algo así.

—¿Y con eso qué hacemos exactamente? —preguntó Irene.

—Podría abrir la puerta blindada del anillo C. Podríamos llegar hasta allí, entrar, y volver a cerrarlas detrás de nosotros. Dejar a los asaltantes fuera, escondernos allí.

Nora se pasó la mano por la cara, agotada.

—Y quedarnos encerrados para siempre en un pasillo lleno de máquinas, con cuatro camas improvisadas —rezongó—. No sé yo.

—Ahora mismo estamos encerrados en una habitación que ni siquiera tiene cocina —repliqué—. Sin comida, sin nada. Es cuestión de tiempo que entren… O morimos aquí o nos arriesgamos. Allí al menos hay agua, aire, y puede que comida, no lo sé.

Se hizo el silencio.

Montalbán habló entonces, con voz áspera pero clara.

—Si el aire, el agua y la luz se van a la mierda —dijo—, moriremos aquí igual que los demás huéspedes. Y yo no pienso morirme aquí encerrado.

Me miró fijamente con esos ojos verdes intensos que tenía.

—Haz lo que tengas que hacer para abrir esas puertas, Villena.

En ese momento no supe si que Montalbán se pusiera de mi lado me jodía o me tranquilizaba. Nora e Irene no dijeron nada, así que empecé a meter mano al sistema. No voy a contar detalles técnicos aburridos, solo diré que para mí fue pan comido. Al poco rato había cambiado mi categoría de “Apoyo informático” a “Responsable de mantenimiento estructural – anillo C”, y, ya que estaba, la de Montalbán a algo tipo “Asistente técnico”.




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