Cenizas, odio y deseo

Capítulo 14 — Presión

No sé cuánto tiempo nos quedamos así, pegados, respirando el mismo aire.

Yo medio colgando de sus brazos, él clavado en el sitio, pecho contra pecho, los dos jadeando como si acabáramos de correr una maratón en cuesta. La puerta cerrada a nuestra espalda, el ruido del otro lado reducido a un murmullo sordo, como golpes venidos desde el fondo de una piscina.

Estábamos pegados de una forma que no dejaba espacio para la mentira: su antebrazo alrededor de mí, mi espalda contra su pecho, las respiraciones mezclándose como si nos pertenecieran a los dos. Noté la vibración de su voz en la caja torácica, el golpe lento de su pulso, el calor atravesando la ropa. Y, lo peor, noté mi reacción: ese tirón bajo, esa tensión ridícula en el vientre que no tenía derecho a aparecer en medio del miedo. Me cabreé conmigo mismo en silencio.

Me separé el primero.

O lo intenté. Montalbán tardó medio segundo en soltarme, como si su cuerpo no hubiera recibido todavía la orden de “deja de tocarle”. Al final me soltó torpemente, dando un paso atrás.

El anillo C olía distinto. Aire frío, seco, con un toque metálico raro, casi como la sala de servidores de mi antiguo curro, pero multiplicado por mil. El suelo era de metal antideslizante, las paredes grises, lisas, salpicadas de paneles y tuberías. Nada de cuadros, nada de moqueta, nada de lujo.

Claire seguía en el suelo, apoyada en una mano, con su bata antes perfecta manchada de polvo y arrugada. Nora y Irene la miraban como quien observa a una cucaracha boca arriba.

Yo miré la puerta y miré el panel de la pared.

—Estamos sellados —murmuré—. Desde fuera no pueden abrir, solo desde aquí. Mientras no se vaya la energía, esta puerta es una pared más. Nadie puede entrar sin reventar medio búnker.

—Genial —dijo Irene—. Bienvenidos oficialmente al intestino grueso del búnker.

Claire se levantó entonces, con dignidad de culebra ofendida. Se sacudió el polvo de la bata, se recolocó el moño y avanzó hacia mí.

—Tú —dijo, señalándome con la tablet como si fuera un arma—. ¿Qué has tocado exactamente?

Noté a Montalbán dar un paso hacia mí, como si quisiera ponerse otra vez en medio.

—He… tenido que forzar el sistema para que nos dejara entrar —respondí—. Si no lo hubiera hecho, ahora mismo estaríamos hechos puré ahí fuera.

—¿Y eso exactamente cómo lo has hecho? —soltó Claire.

—He cambiado mi rango para que el panel me reconociera como responsable del anillo C —dije, intentando sonar más seguro de lo que estaba—. Antes me he tenido que meter en el sistema, claro.

—¿Claro? —repitió.

Noté que me subía el calor a la cara.

—Eso lo hice antes —admití—. Pensaba que…

—Que podías colarte en MI búnker como si esto fuera una LAN party —me interrumpió—. Muy bien. Luego hablaremos de eso.

La forma en la que dijo “luego” me dio más miedo que la explosión.

—Mira, Claire —intervino Irene, cruzándose de brazos—. Con todo el respeto del mundo: sin él ahora mismo estarías muerta. Lo mismo que nosotras. Y lo mismo que tu puta tablet, so desagradecida.

Claire le lanzó una mirada afilada, pero se contuvo. Sabía que era verdad. También sabía otra cosa: que no controlaba del todo lo que pasaba, y eso para ella debía de ser peor que quedarse sin oxígeno.

—Por ahora, respiramos —dijo al final—. Gracias a… éste —me miró como si le diera alergia decirlo—. Pero el anillo C sigue estando bajo mi responsabilidad.

—No —dije antes de poder callarme—. Está bajo la mía. Ahora yo soy el encargado de esta sección.

El silencio cayó de golpe.

Nora me miró como si me hubiera salido una segunda cabeza. Irene sonrió satisfecha. Montalbán bajó apenas la barbilla, un gesto mínimo de aprobación.

Claire entornó los ojos.

—¿Perdona?

Tragué saliva. Ya estaba metido, no iba a recular ahora.

—El sistema me reconoce a mí como responsable —señalé el panel.

Claire me sostuvo la mirada unos segundos largos. Al final giró la cabeza hacia el pasillo.

Poco después avanzamos por el anillo C como un grupo de excursión que va en silencio.

Yo iba delante, con la tablet y el portátil bajo el brazo. Detrás iba Nora, leyendo cada cartel que nos cruzábamos. Irene caminaba detrás, tubo en mano, como una escolta con cara de pocos amigos. Luego iba Claire, pasando pantallas en la tablet sin parar; yo creo que lo hacía más para disimular que otra cosa. Por último cerraba la marcha Montalbán, cojeando ligeramente, pero sin quejarse.

Las puertas de esa zona eran todas iguales: de metal gris y letreros blancos: AGUA, AIRE, ENERGÍA, ALMACÉN 3, ÓSMOSIS, GENERADORES.

—¿Hay algún sitio donde no se nos hiele el culo? —murmuró Irene—. Porque aquí hace un frío que pela.

—Y yo estoy que no puedo más —se quejó Nora—. Necesito descansar. Demasiadas emociones en un día…

Consulté en la tablet el mapa.

—Más adelante hay un sitio que se llama “Sala de descanso” —leí—. Literas, aseo, pequeña cocina. Tiene pinta de minipiso de mierda sin ventanas.

—Me vale, vamos —dijo Nora—. Guíanos, Gandalf.

Y eso hice, los guié, y cuando llegamos casi me dieron ganas de llorar de lo cutre que era.

Una sala rectangular de techo bajo con cuatro literas ancladas a la pared, una mesa plegable, dos sillas mismamente robadas de un cuartel, una minicocina eléctrica, un microondas y un baño minúsculo. En la pared, una pantalla con datos básicos: hora, temperatura, consumo, presión, etc.

Y, gloria bendita, un armario con la etiqueta: DESPENSA.

Irene se fue directamente y lo abrió: mantas térmicas, ropa de recambio, barritas energéticas, café en polvo, botellas de agua, algunas latas, un botiquín.

—¡Qué hambre! —dijo Nora.

—Esto no es para vosotros —saltó Claire—. Son suministros para el personal técnico en caso de jornadas prolongadas. Hay que seguir protocolo.

—Sí, claro —dije—. El protocolo de “están a punto de morirse todos, usadlo”.




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