Me despertó Nora, no una alarma.
—Marcos… —susurró, y me dio un toque en el hombro—. ¿Estás bien, te notas raro?
Abrí los ojos con la cabeza como un melón. Tenía la boca seca, la garganta raspada y un dolor de cabeza parecido al de una mala resaca. Tardé un segundo en ubicarme: luz roja del anillo C, olor metálico y frío, mucho frío.
Nora estaba sentada en la litera de abajo, despeinada, con la manta por encima como una abuela cabreada. Irene, a su lado, ya despierta, se apretaba las sienes con dos dedos. Montalbán estaba en la litera de enfrente, despierto también, mirando hacia la pared y respirando con aspiraciones cortas. Claire, más allá, estaba quieta, con los ojos abiertos, sin moverse y escuchando.
—¿Raro cómo? —dije. Me costó hasta hablar.
Nora se tocó la frente y soltó aire por la nariz, una risa sin gracia.
—Me duele la cabeza. Y el aire… no sé. Como pesado.
Irene olió el aire, literal, como si pudiera oler el problema.
—A mí me pasa igual —dijo.
Montalbán nos miró en silencio.
Fue entonces cuando caí en la cuenta de lo que faltaba: el búnker siempre tenía un sonido de fondo, un soplido constante, un “respirar” de máquina al que tu cerebro se acostumbraba y dejabas de oír. Ahora ese ruido no estaba.
Me bajé de la litera y fui hacia la pantalla de estado de la pared.
La pantalla mostraba un aviso en rojo que no había estado antes:
CALIDAD DE AIRE: DEGRADADA
Debajo, otro en naranja:
CO₂ ELEVADO
—¿CO₂? —murmuré, más para mí que para los demás.
Montalbán se incorporó despacio. Se llevó una mano al costado vendado y apretó los dientes. No dijo nada, pero lo vi respirar más rápido.
Lo vi respirar más rápido y, sin pensar, me acerqué. Le miré el pecho, el modo en que el vendaje subía y bajaba. Me dije que era por control, por lógica: si el CO₂ nos iba a joder, quería saber quién caía primero. Pero mi mano acabó en su muñeca, buscando el pulso, y se quedó ahí, caliente, demasiado tiempo. Noté la piel, el latido, y ese maldito chispazo en el vientre, como si el cuerpo confundiera urgencia con otra cosa. Solté su muñeca brusco, enfadado, como si él tuviera la culpa.
Toqué el menú de AIRE.
El sistema tardó un segundo en responder. Apareció un gráfico ascendente, una línea que subía con calma, y al lado había una cuenta atrás:
Tiempo estimado hasta nivel crítico: 05:26:21
Me quedé quieto mirando cómo los segundos iban bajando, inexorables.
—¿Qué significa eso de “crítico”? —preguntó Nora, muy seria.
Claire se levantó entonces con esa calma de mando que le salía innata, aunque ya no mandara. Se plantó junto a mí, leyó y por un momento la vi parpadear de forma demasiado lenta, asumiendo lo que veía. Luego se recompuso, como siempre.
—Dióxido de carbono —dijo—. El aire, si no se depura, se vuelve veneno.
Irene señaló hacia el pasillo.
—¿Y por qué ahora? Hay una puerta reventada en el túnel que conecta los dos búnkeres. El anillo A está abierto. En teoría “corre” el aire.
Claire le devolvió la mirada sin moverse un milímetro.
—Una puerta rota no es ventilación —respondió—. Esto está compartimentado. Está hecho para cerrarse. Si el sistema entra en recirculación y las compuertas se sellan… aquí respiras lo mismo una y otra vez. Y aunque no hayan sellado y los dos búnkeres estén conectados por un hueco, el aire sigue siendo el que es. Y si no se limpia, mal vamos.
Montalbán dio un paso, miró la pantalla y luego me miró a mí, como si buscara en mi cara una solución.
—¿Se te ocurre algo? —preguntó.
Me tragué un “no”.
—Déjame pensar… —dije, más por no derrumbarme que por otra cosa—. Podríamos ir a la maquinaria del AIRE. A ver si podemos hacer algo.
Irene cogió la mochila y se la colgó. A Nora le echó la manta por encima como si saliéramos al exterior.
—Vamos, camina despacio —le advirtió—. Y no quiero a nadie corriendo como una cabra. Cuanto más te aceleras, peor.
Nora resopló.
—Encima de que nos vamos a asfixiar me regañas, perfecto.
Salimos al pasillo del anillo C. No olía a humo ni a nada raro, pero aun así me daba la sensación de estar respirando dentro de una bolsa cerrada. Y a medida que andábamos, la cabeza me martilleaba un poco más, como un tambor que cada vez suena más rápido.
El pasillo parecía normal, pero el aire no lo era. Daba la sensación de respirar dentro de una bolsa, y cada inspiración costaba un poco más. En un giro me mareé y choqué con Montalbán. Me sostuvo por el codo, por la cintura, lo justo para que no me fuera al suelo. Ese contacto breve me dejó clavado un segundo: su mano firme, su calor atravesando mi ropa, la cercanía de su aliento. Me aparté demasiado rápido y seguí andando como si nada, con la cara ardiéndome por dentro.
Nora miró alrededor, pensativa.
—Ahora que caigo… ¿dónde está la gente de mantenimiento? Los que trabajan en este anillo. Deberíamos haber encontrado a alguien, ¿no?
Irene señaló un panel con un adhesivo amarillento, casi cutre:
PROTOCOLO DE EMERGENCIA: EVACUACIÓN AUTOMÁTICA / SELLADO DE ANILLOS TÉCNICOS
—Cuando sonó la alarma, salieron pitando antes de quedarse aquí encerrados —dijo Irene—. Esto está pensado para cerrarse solo.
Nora tragó saliva y bajó el tono.
—Claro. Genial.
Seguimos las indicaciones del anillo hasta la sección de AIRE. El trayecto se nos hizo largo, más de lo que debería, y cuando miré de reojo el reloj del panel del pasillo me di cuenta de que había pasado más de una hora desde que salimos de las literas.
Y lo vimos.
Un cuerpo en el suelo, junto a una esquina, medio en sombra. Al principio mi cerebro intentó convertirlo en “un bulto”, porque no me apetecía nada pensar que era un cadáver.
Me acerqué, me agaché y lo reconocí.
Salcedo, el encargado del búnker 1.
Tenía la cara pálida y la chaqueta manchada. Tenía una mano aferrada al pecho, como si en el último segundo hubiera intentado agarrarse el corazón o los pulmones. La boca entreabierta. Y algo en el color de sus labios —un tono feo, apagado— me dio un escalofrío.