Cenizas, odio y deseo

Capítulo 16. Mascarillas

El pitido de la cuenta atrás ya no era ruido. Era un clavo que se metía en el cerebro cada vez que cambiaba el número. 02:47. 02:46. Cada segundo que se borraba me apretaba las sienes como si me estuvieran inflando la cabeza con una bomba de aire. El aire ya no bajaba. Se quedaba atascado en la garganta, espeso, caliente, inútil. Nora estaba sentada en el suelo con las rodillas pegadas al pecho, respirando por la boca abierta como un pez moribundo. Irene caminaba en círculos pequeños, contando pasos sin darse cuenta, los puños apretados. Claire seguía de pie junto a la pantalla, inmóvil, los ojos clavados en los dígitos como si pudiera obligarlos a retroceder con pura rabia. Montalbán se había dejado caer en la litera baja, los codos en las rodillas, la cabeza gacha. Cada vez que inspiraba hacía un ruido siseante, como si el pecho le doliera al expandirse.

Yo estaba de pie porque si me sentaba sabía que no volvería a levantarme.

Irene se detuvo de golpe. Se llevó una mano a la frente, como si acabara de recordar algo que había dejado en otra vida.

—Joder… —murmuró, y su voz salió ronca, casi atónita—. Los quirófanos. ¿Cómo coño no se me había ocurrido antes?

Nora levantó la cabeza despacio.

—¿Qué?

—Sala de procedimientos quirúrgicos. Nivel médico del anillo C. Siempre tienen bombonas de oxígeno médico de reserva. Las grandes, las de emergencia para anestesia. No son muchas, pero son más que las dos mierdas que tenemos aquí. —Se giró hacia nosotros, los ojos brillantes por primera vez en horas—. No sé cómo no lo pensé antes. La cabeza me va fatal, no pienso claro… el CO₂ me está friendo el cerebro.

Claire dio un paso adelante, frunciendo el ceño.

—¿Y ahora sí se te ocurre?

Irene la miró con cansancio.

—Ahora sí. Porque antes no estábamos a dos horas y pico de morirnos asfixiados. Y porque la cabeza no me daba para más que para respirar. Pero ahora mismo es lo único que nos queda.

Montalbán alzó la vista. No dijo nada. Solo se levantó despacio, apretando los dientes por el dolor de las costillas.

Irene señaló la pared trasera de la sala de descanso.

—Hay un acceso técnico, una compuerta de servicio para mantenimiento. Si el sistema no la ha sellado del todo, podemos salir por ahí y rodear hasta la zona médica. Luego volvemos con las bombonas y respiramos hasta que pensemos algo mejor.

—¿Y los de fuera? —pregunté. Mi voz salió como papel de lija—. Los que estaban aporreando la puerta principal del anillo.

Irene se encogió de hombros.

—O se han cansado, o están tan jodidos como nosotros. El CO₂ no discrimina. Si han estado respirando el mismo aire viciado, ya estarán tirados como sacos. Pero no vamos a salir por la puerta principal. Vamos por atrás.

Nora se levantó despacio, apoyándose en la pared.

—Pues vamos antes de que nos dé perdamos el conocimiento.

Nos acercamos a la compuerta trasera. Era pequeña, gris militar, con una rueda manual y un panel digital al lado que parpadeaba en rojo: ACCESO RESTRINGIDO – SELLADO AUTOMÁTICO.

Claire lo miró con desconfianza.

—Está sellada.

Irene se giró hacia mí.

—Marcos. Tú eres el informático. ¿Puedes abrirla?

Me apoyé en la pared porque el suelo se movía un poco. La cabeza me latía tan fuerte que veía puntos negros en los bordes de la visión.

—Puedo intentarlo —murmuré—. Pero no sé si me da para pensar. El cerebro ya no me riega bien.

Montalbán me miró un segundo, como si quisiera decir algo, pero se calló. Di un paso tambaleante hacia el panel.

Saqué el portátil del brazo como si pesara una tonelada y lo abrí. El ventilador del portátil sonó como un avión viejo. Lo conecté el cable de mantenimiento del panel de la puerta y forcé el acceso. La pantalla se llenó de líneas verdes y rojas.

—Vamos, cabrón… —susurré.

El sistema tardó una eternidad en responder. Cada segundo que pasaba sentía los pulmones más pequeños. Al final apareció el prompt de acceso. Usé las credenciales que había forzado antes para convertirme en responsable del anillo C. El panel dudó, parpadeó, y luego cambió a ámbar.

—Está pensando —dijo Claire, impaciente.

—Está jodido —corregí—. Pero no sellado del todo.

Pulsé enter. Un pitido bajo. La rueda manual hizo un clac y se soltó con un suspiro hidráulico. La compuerta se abrió apenas diez centímetros. El aire que salió era el mismo aire viciado, pero al menos se movía.

Irene empujó primero.

—Adentro. Rápido.

Entramos en fila india al pasillo de servicio: estrecho, cables colgando, luces de emergencia que parpadeaban cada pocos metros como si el búnker estuviera agonizando. El suelo era de rejilla metálica; cada paso resonaba como un tambor lejano. Irene iba delante. Yo detrás, con el portátil apretado contra el pecho como un escudo. Nora respiraba fuerte detrás de mí. Claire y Montalbán cerraban, él cojeando pero sin quejarse.

Cada paso era un esfuerzo. El pecho me ardía. La vista se me nublaba por momentos. En un tramo oscuro Irene se detuvo y se apoyó en la pared.

—Joder… me mareo.

Nora se acercó y la sujetó por el codo.

—Respira despacio. Por la nariz si puedes.

—No puedo —dijo Irene entre dientes—. Nadie puede.

Seguimos hasta salir del estrecho pasillo y entramos en el anillo C. Continuamos en dirección a los quirófanos hasta que apareció una señal: ZONA MÉDICA – 40 m. Nadie habló. Solo se oían nuestras respiraciones, cada vez más cortas, más desesperadas.

De repente, un ruido adelante. Un golpe sordo, como algo pesado cayendo. Irene levantó la mano para que parásemos. Nos pegamos a la pared. El pasillo se bifurcaba: a la izquierda, la zona médica; a la derecha, un tramo más oscuro que no estaba en el plano.

Otro golpe. Luego un gemido bajo, casi animal.

Montalbán apretó los dientes. No dijo nada, pero su mano se cerró sobre el borde de la pared como si quisiera arrancarlo.




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