El oxígeno frío entró como un puñetazo.
Tosí hasta que se me saltaron las lágrimas. Nico me sujetó por los hombros mientras yo volvía en mí, respiración a respiración, sin saber muy bien si lo que veía era real o si el CO₂ todavía me estaba friendo el cerebro.
—Despacio —dijo, con la boca pegada a mi pelo—. Despacio.
Lo hice. Y con cada bocanada el mundo dejaba de moverse. También me volvió la cabeza, claro. Y con la cabeza, todo lo demás.
Me separé un poco. Nico no me soltó del todo: una mano en mi brazo, por si acaso. Tenía la herida de la ceja bastante peor de cerca que de lejos, y el ojo derecho casi cerrado por el golpe. Me miraba de todas formas.
—Estás hecho una mierda —dije.
—Tú tampoco —respondió. Y se le escapó algo que no llegó a ser sonrisa, pero casi.
Detrás, Irene ya había abierto las bombonas del armario y distribuía mascarillas sin preguntar a nadie. Nora cogió la suya y se la apretó contra la cara con los ojos cerrados. Claire cogió la suya en silencio, sin decir nada por primera vez desde que la conocía.
Montalbán seguía en el umbral.
Lo miré. Él me miraba a mí. Tenía una cara que no le había visto nunca.
Aparté la vista. Ahora no.
—¿Cómo has llegado hasta aquí? —le pregunté a Nico.
—Los del búnker uno me arrastraron cuando entraron. No sabían qué hacer conmigo. Cuando empezaron a caer por el aire me solté. Busqué una zona médica. Encontré esto.
—¿Sabes si hay alguna salida? —dije—. Encontramos el cadáver de Salcedo. Llevaba un plano con una ruta marcada a mano y una palabra: salida. Y una llave con la etiqueta Almacén 3.
Nico me miró un segundo.
—En el búnker uno, antes de que todo se fuera a la mierda, el encargado lo mencionó. Que había una salida de verdad, de las antiguas, con un mecanismo hidráulico manual escondido detrás de una placa en el marco izquierdo de una puerta del anillo C. Que si no sabías que estaba ahí, parecía una pared.
—¿Qué puerta?
—E-7. —Hizo una pausa—. Si el plano de Salcedo lleva hasta ella, quizá podamos abrirla.
Saqué el plano arrugado que llevaba en el bolsillo desde que lo habíamos encontrado en la mano del cadáver. Lo extendí sobre una camilla. Nico lo miró, siguió la ruta con un dedo y asintió.
—Es aquí abajo. No queda lejos.
Irene pasó entre nosotros con la mochila al hombro.
—¿Cuánto nos queda en el contador?
Miré el panel del pasillo.
02:09.
—Vamos —dije.
Los pasillos del anillo C tenían mala pinta. Paredes con manchas que antes no había mirado, paneles con cables sueltos, fisuras en el suelo. Cosas que llevaban tiempo ahí y que nadie había reparado porque aquí arriba nadie bajaba y aquí abajo nadie tenía autoridad para quejarse. Lo normal.
Nico iba delante con Irene. Yo en medio. Nora a mi lado. Claire entre Nora y Montalbán. Montalbán cerrando, con una mano apoyada de vez en cuando en la pared.
En un tramo había una barra metálica larga caída en el suelo, arrancada del soporte de una señal. Montalbán la recogió al pasar, sin decir nada, y se quedó con ella en la mano.
En otro tramo el techo tenía una viga que había cedido unos centímetros. Pasamos agachados y rápido.
La puerta que señalaba el plano era negra, gruesa, con letras blancas: E-7 / EMERGENCIA. Tenía una rueda en el centro y un panel digital apagado al lado.
Nico se fue directo al marco izquierdo. Pasó los dedos por el metal con calma, como quien busca algo que sabe que está ahí. A los pocos segundos encontró la junta: una placa pequeña, atornillada, del mismo color que el resto. Sin etiqueta ni nada que la distinguiera.
—Aquí.
Miró la placa. Cuatro tornillos oxidados. Se volvió hacia Montalbán.
—Pásame eso.
Montalbán le tendió la barra. Nico la usó como palanca metiendo el extremo en la junta de la placa. El primer tornillo cedió con un crujido. El segundo también. El tercero se resistió. Montalbán se arrodilló a su lado, costillas y todo, y añadió las manos. El tornillo cedió con un chirrido que resonó por todo el pasillo.
Dentro había una palanca hidráulica pintada de rojo con un cartelito plastificado muy viejo: EMERGENCIA / APERTURA MANUAL.
Nico la miró. La agarró con las dos manos y tiró.
—Joder —murmuró, soltando el aire—. Está atascada.
Me puse a su espalda y añadí las mías. Nora también. Irene sujetó a Nora por la cintura para que no se cayera hacia atrás.
Cuatro personas tirando de una palanca que llevaba años sin moverse.
Un segundo. Dos. Tres.
La palanca cedió.
El sonido fue sordo y profundo, de cosas liberándose una detrás de otra. La rueda giró sola. La puerta E-7 se abrió.
Entró aire. Frío, sucio, con olor a tierra mojada. El exterior.
Nora hizo un sonido pequeño. Irene la sujetó.
—Vamos —dijo Irene, con la voz rota—. Ya.
La rampa era de hormigón desnudo, inclinada hacia arriba, con luces de emergencia cada pocos metros. Subimos.
Nico delante. Irene detrás. Luego Nora. Luego Claire. Luego yo. Montalbán cerrando la marcha.
A mitad de rampa el suelo vibró.
Me paré en seco. Todos nos paramos. El temblor duró dos segundos, tres, y luego paró. Del techo cayó una lluvia fina de polvo y arena. A nuestra derecha, en la pared de hormigón, apareció una grieta horizontal que fue creciendo despacio mientras la mirábamos, abriendo el muro como si alguien lo cosiera al revés. Por la grieta empezó a filtrarse agua sucia. Irene miró hacia arriba. Todos miramos hacia arriba. El techo tenía el mismo patrón de grietas que la pared, y en el centro, justo sobre nuestras cabezas, una viga metálica había cedido y colgaba torcida, sostenida por nada en concreto.
—Corred —dijo Montalbán, detrás.
No lo necesitamos dos veces.
Al tomar la curva vi la salida: una trampilla metálica en el techo a unos diez metros, con una escalera pegada a la pared. Luz gris filtrándose por las juntas.