Los siete reinos de Castoryn fueron arrodillados hace siglos bajo el dominio de la Casa
Barvastro, tras una era de guerras, traiciones y conquista que consumió el continente.
Las olas del Mar Gris golpeaban con violencia el casco del barco diplomático Barvastro
mientras la tormenta consumía el horizonte.
La embarcación regresaba de tierras lejanas... más allá de los mares conocidos.
—¡Algo se acerca!
Entre la bruma y el caos del mar, un barco emergía lentamente sobre las aguas del Mar
Gris.
Las campanas del puerto comenzaron a sonar, anunciando la llegada de una embarcación
bajo la lluvia.
—¿Quién demonios navegaría con este clima...?
Un relámpago iluminó el horizonte.
Entonces, entre los destellos de la tormenta, uno de los hombres lo distinguió primero.
—...esperen.
—Ese estandarte...
El capitán apretó la mandíbula mientras observaba la insignia destrozada ondeando entre
las velas rotas.
—...Es el sello imperial Barvastro.
El sonido de armaduras comenzó a escucharse entre la lluvia.
Los guardias del puerto se apartaron lentamente mientras un grupo de jinetes atravesaba la
tormenta.
Al frente de ellos avanzaba Sir Bronson Breaker, Lord comandante de la Guardia Imperial.
Bronson observó el casco destruido bajo la lluvia.
—Esto no fue el mar.
Uno a uno, los guardias Barvastro abordaron la embarcación bajo la lluvia.
El crujido de la madera y el sonido del mar eran lo único que rompía el silencio.
—¡Señor...! Encontramos tres heridos.
No queda nadie más con vida.
Bronson guardó silencio unos segundos mientras observaba los cadáveres.
—¿Encontraron la recámara sellada?
—¡Está vacía...!
Bronson permaneció inmóvil bajo la lluvia.
El sonido del mar golpeando el casco llenó el silencio.
—...Cierren el puerto.
Uno de los sobrevivientes tosió sangre mientras los guardias intentaban levantarlo.
Bronson se acercó lentamente.
—¿Qué ocurrió en el Mar Gris?
El hombre levantó la mirada, y atrapó la armadura de Bronson con manos temblorosas.
—...No fue una tormenta.
Los pasos de los guardias resonaban por todo el pasillo.
Las puertas del consejo se abrieron de golpe.
—Lord mano... solo está usted en la sala?
—¡No están todos!... y en una reunión de urgencia esto no es normal.
Bronson lo miró en silencio. Los puños se tensaron bajo la armadura, pero no se movió.
El sobreviviente tosió sangre mientras era arrastrado, como si el propio cuerpo se negara a
seguir.
—No fue... el mar no lo hizo...
La sala quedó en silencio.
Solo el goteo de la sangre rompía la quietud del mármol.
—Había barcos... pero no como los que atacan por oro.
Todos los ojos se fijaron en el sobreviviente.
—Ellos... sabían a dónde ir.
—Fueron directo a la recámara... como si ya hubieran estado allí antes.
Un leve movimiento en la parte alta de la sala quebró la atención de todos.
—No fue el mar... —repitió el sobreviviente, casi sin aire.
Desde la sombra del balcón superior, una voz descendió con calma.
—Entonces alguien nos mintió antes de que el barco zarpara.
Bronson alzó la mirada. La armadura crujió levemente al tensarse.
—Selene Maltheon... ni siquiera aquí puedes dejar de ocultarte.
Desde la sombra del balcón superior, Selene Maltheon dejó que el silencio durara un
instante más del necesario.
—Si voy a ser señalada por escuchar...—su voz cayó suave, medida.
— Entonces este consejo ya ha dejado de ser un lugar para decisiones y se ha convertido
en un lugar para secretos mal guardados.
Un leve movimiento en su posición, apenas visible.
—Y créeme, Sir Bronson... los secretos nunca mueren porque yo los escuche. Mueren
porque alguien decide ocultarlos.
Sus ojos se desviaron apenas hacia el balcón.
—Siempre eliges el momento perfecto para aparecer...—dijo al fin, seco.
El sobreviviente volvió a respirar… pero ya no era una respiración estable
Era como si cada palabra le costara más que la herida misma.
Bronson no apartaba su mirada
Selene seguía en la sombra del balcón inmóvil
—No… solo fueron barcos…
El hombre trago saliva con dificultad.
—Había uno … entre ellos
Silencio.
El sobreviviente apretó los dientes.
—Uno llevaba insignia imperial…
La mano se incorporó levemente.
—Eso es imposible…
Bronson no parpadeo.
—Explíquese.
El hombre tembló más fuerte.
—No atacaron como piratas… atacaron como soldados