Cenizas y redención

Encuentro en las ruinas

El polvo danzaba pesadamente bajo el sol implacable de la tarde,
cubriendo cada superficie de aquella ciudad que alguna vez fue viva.
Zach avanzaba despacio sobre su motocicleta polvorienta, el rugido del
motor resonando entre los esqueletos de edificios derrumbados. Su
mirada, fría y calculadora, recorría las calles como la de un depredador
que conoce cada rincón de su territorio. Colgado al hombro llevaba un
rifle bien cuidado, reflejo de la violencia que ahora gobernaba el mundo.
Había sobrevivido durante años por la fuerza, la astucia y la falta de
escrúpulos. Para él, la debilidad era un lujo que nadie podía permitirse,
y los demás eran o competencia o presas.
Al doblar a una calle, divisó una figura delgada rebuscando entre los
restos de una tienda de conveniencia volcada. Era Lía. Desde lejos
parecía frágil, concentrada en reunir lo poco que pudiera ser útil. Una
sonrisa torcida y llena de malicia se dibujó en los labios de Zach.
Aceleró el motor y se dirigió directamente hacia ella.
El estruendo rompió el silencio sepulcral. Lía dio un salto hacia atrás,
alerta, cuando la moto derrapó y se detuvo bloqueando su salida. Zach
bajó con movimientos lentos y dominantes, apoyando el rifle contra su
pierna.
—Bueno, bueno… ¿qué tenemos aquí? —preguntó con voz ronca y
cargada de desprecio, recorriéndola de arriba abajo—. Pareces sola,
desorientada. En este infierno, la soledad es una sentencia de muerte.

Lía lo miró fijamente, sin mostrar el miedo que él esperaba ver. Apretó
contra su pecho una lata de comida que había encontrado.
—Estoy bien como estoy —respondió con firmeza, retrocediendo
levemente.
—¿Segura? —Zach dio un paso hacia ella, imponente por su estatura y
sus músculos marcados por cicatrices—. Podría ofrecerte protección.
Comida, refugio, seguridad… cosas que no encontrarás por ahí afuera.
Siempre y cuando demuestres que me sirves de algo.
Sus ojos brillaron con una mezcla de codicia y deseo crudo. Tomó la
barbilla de ella con rudeza, obligándola a levantar la vista.
—Eres bonita, delicada… el tipo de cosa que despierta apetito en
hombres que llevan mucho tiempo sin nada. Serás mía. Me calentarás
la cama y harás lo que yo diga. No tienes elección.
Lía desvió su rostro con un movimiento rápido y ágil.
—Sí tengo elección —replicó con calma helada—. Y no pienso ser
propiedad de nadie.




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