La risa de Zach fue áspera y burlona. Nadie se atrevía a hablarle así.
—¿Ah sí? ¿Y qué vas a hacer? —amartilló el arma con un chasquido
metálico—. Seré generoso. Arrodíllate y…
No terminó la frase. Lía se movió con una velocidad inesperada para
alguien de su complexión. Con un golpe preciso desvió el cañón del rifle
hacia el suelo y, antes de que Zach pudiera reaccionar, lanzó una
patada contundente directa a su estómago. El aire se le escapó en un
gruñido de dolor y soltó el arma, que cayó lejos de su alcance.
—¡Maldita seas! —rugió, cegado por la furia. Se lanzó contra ella con
toda su fuerza bruta. No conocía la técnica, solo la supervivencia:
empujones, golpes salvajes, intentos de agarrarla por el cuello.
Pero Lía conocía las artes marciales desde antes del colapso.
Esquivaba sus ataques con agilidad, respondiendo con golpes secos y
certeros que aprovechaban la fuerza y el peso del contrario en su
contra. La pelea fue brutal, entre cascajos y cristales rotos. Zach,
acostumbrado a vencer por intimidación y tamaño, se encontró por
primera vez luchando contra alguien que no se rendía.
Finalmente, un golpe bien dirigido en la sien lo hizo tambalear, y un
derribo lo envió al suelo. Quedó tendido, jadeando, sangrando por la
nariz y con varios cortes. Lía se quedó de pie frente a él, respirando
agitada, con algunos rasguños y un moretón en el brazo, pero intacta.
—Esto no ha terminado —escupió Zach, lleno de humillación—. Te
encontraré. Y la próxima vez no tendrás tanta suerte.
Lía lo miró un instante, sin odio, pero sin compasión.
—La próxima vez, piénsalo dos veces antes de atacar a alguien —dijo
simplemente. Recogió sus cosas y se alejó, dejándolo atrás.