Cenizas y redención

Del odio a la curiosidad

Pasaron seis meses. Zach sanó de sus heridas, pero la herida en su
orgullo permanecía fresca. Recorría las calles con más ferocidad que
antes, pero en el fondo, no podía dejar de pensar en aquella mujer. No
era solo rabia; había algo en ella que le resultaba desconcertante. No
era como las demás: no rogaba, no lloraba, no cedía. Había luchado por
su dignidad.
Un día, la encontró de nuevo. Estaba recogiendo agua cerca de un
manantial protegido. Al verlo, ella se puso en guardia, lista para pelear otra vez. Pero Zach no sacó el arma. Se detuvo a unos metros,
observándola.
—No he venido a pelear —dijo él, sorprendiéndose a sí mismo por su
propio tono—. Solo… quería ver si seguías viva.
Lía arqueó una ceja, desconfiada.
—¿Y por qué te importa?
—Nadie me había puesto en mi lugar antes —admitió Zach con una
sonrisa torcida—. Me has despertado la curiosidad.
Con el paso de las semanas, sus encuentros se hicieron más
frecuentes. Al principio eran tensos, llenos de desconfianza mutua.
Zach seguía viéndola como algo que deseaba poseer, pero esa
posesividad comenzó a mezclarse con admiración. Veía cómo
sobrevivía con inteligencia, cómo compartía lo poco que tenía con otros
necesitados sin pedir nada a cambio. Vio que, a diferencia de él, ella no
había permitido que el mundo se volviera completamente oscuro en su
interior.
Lía, por su parte, comenzó a notar cambios en él. Aunque seguía
siendo brusco y desconfiado, dejaba de lado su violencia cuando
estaban solos. En una ocasión, la defendió de un grupo de saqueadores
sin esperar recompensa. En otra, le trajo medicinas cuando ella
enfermó.
—¿Por qué lo haces? —le preguntó ella una noche, mientras
compartían el calor de una pequeña fogata.
Zach miró las llamas, evitando sus ojos.
—No lo sé —murmuró—. Siempre creí que la única forma de sobrevivir
era aplastar a los demás. Pero tú… tú sobrevives sin convertirte en una
bestia. Me hace preguntarme si no estaba equivocado todo este tiempo.

Fue el primer paso. El odio se transformó en respeto, y el respeto dio
paso a algo más complejo. Zach comenzó a buscarla no como a una
presa, sino como a alguien con quien podía hablar, alguien que no le
temía ni lo adulaba. Lía descubrió que detrás de su rudeza había un
hombre que había sufrido mucho antes del apocalipsis, que había
aprendido a ser duro para no volver a ser herido.




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