Pasó un año desde su primer encuentro. Ya no se buscaban por
casualidad; compartían un refugio seguro que habían acondicionado
juntos. Zach había dejado de ser el bandido despiadado. Su cambio no
fue repentino ni perfecto —seguía siendo protector hasta la exageración
y terco como una mula—, pero aprendió a controlar su ira.
Una tarde, mientras reparaban el techo del refugio, Zach se detuvo y la
observó. El sol iluminaba su rostro, y vio no solo a la mujer que lo había
derrotado, sino a la persona que le había enseñado que aún era capaz
de sentir algo bueno.
—Lía —la llamó con suavidad, algo raro en él.
Ella se giró.
—¿Sí?
—He pasado mucho tiempo odiando el mundo. Y luego te odié a ti por
hacerme sentir débil —confesó él, acercándose despacio, como si
temiera asustarla—. Pero te equivocaste una vez al principio. Yo no
quería hacerte daño solo por diversión… quería poseerte porque eras la
única cosa que parecía tener valor en este basurero. Pero ahora… ya
no quiero poseerte. Quiero estar contigo. Porque me haces querer ser mejor. ¿Me das esa oportunidad? Lía lo miró a los ojos, buscando la mentira que solía encontrar en la
gente. Pero solo vio honestidad y vulnerabilidad. Asintió lentamente, con
una pequeña sonrisa.
—Te advierto —dijo ella, con ese tono juguetón que ya conocía—: si
vuelves a intentar tratarme como una propiedad, te patearé de nuevo.
Zach soltó una risa genuina, una de las pocas que le salían del corazón.
—Lo tendré en cuenta.
Su relación se construyó sobre cimientos sólidos: confianza mutua,
respeto y un deseo profundo de protegerse el uno al otro. No fue un
amor de cuento de hadas, sino uno forjado en el fuego y la
supervivencia. Se prometieron lealtad sin ceremonias, uniéndose en un mundo que aún seguía siendo peligroso.