Los años pasaron rápido. Esperanza creció rodeada de amor, aunque
siempre bajo la mirada atenta de su padre. Era una niña vivaz, con los
ojos grises penetrantes de Zach y la sonrisa dulce y decidida de Lía.
Cuando tenía 4 años:
Le encantaba seguir a Zach a todas partes. A veces, él intentaba
enseñarle cosas simples de supervivencia, pero ella terminaba más
interesada en las historias que él inventaba para ella que en los
cuchillos o las cuerdas.
—Abuelo contaba que los árboles son guardianes —le decía Zach
mientras la llevaba sobre sus hombros por los senderos seguros—.
Nunca te escondas detrás de uno sin mirar antes.
—¿Y si hay animales amigables? —preguntaba ella, con sus grandes
ojos brillantes.
—Los animales solo son amigables si sabes tratarles bien —sonreía él,
apretándole la pierna con suavidad—. Igual que las personas.
En las noches, cuando tenía pesadillas por los restos de un mundo roto,
corría a la cama de sus padres. Zach la recibía en silencio, la cubría con la manta y le acariciaba el cabello hasta que se calmaba.
—Nadie te hará daño mientras yo esté aquí —le susurraba, y para
Esperanza, esa voz era la garantía más grande del mundo.
A los 7 años:
Zach comenzó a enseñarle defensa personal, pero bajo las estrictas
reglas de Lía: solo para protegerse, nunca para atacar.
—Un golpe bien dado sirve más para alejar a alguien que para herirlo
gravemente —le explicaba Zach mientras practicaban—. Pero recuerda:
lo más fuerte que tienes es tu cabeza, no tus puños.
Esperanza aprendía rápido, heredando la agilidad de su madre. Sin
embargo, lo que más le gustaba era ayudar a su padre en la pequeña
oficina de seguridad que ya empezaba a crecer. Llevaba papeles,
organizaba herramientas y escuchaba atentamente las conversaciones,
absorbiendo conocimientos de negocios sin darse cuenta.
A los 10 años:
Ya era una niña inteligente y valiente. Un día, mientras jugaba cerca de
casa, un desconocido intentó asustarla para robarle algo. Antes de que
pudiera hacer nada, Esperanza usó lo que había aprendido y lo hizo
tropezar. Zach apareció segundos después, furioso, pero orgulloso al
ver que su hija sabía valerse por sí misma.
—Bien hecho —le dijo después, abrazándola—. Pero prométeme que
siempre pedirás ayuda si puedes.
—Prometo —respondió ella—. Pero también prometo no dejarme
vencer.