El sábado por la tarde, Valeria llegó a la feria gastronómica unos minutos antes de la hora acordada.
Llevaba unos jeans, una blusa blanca y una chamarra de mezclilla. Era la primera vez que Adrián la vería con un estilo tan casual.
Mientras observaba los distintos puestos de comida, escuchó una voz familiar.
—Llegaste temprano.
Valeria se giró y sonrió.
—No quería hacerte esperar.
Adrián vestía de manera mucho más relajada que de costumbre: un pantalón oscuro, tenis blancos y una camisa de manga larga doblada hasta los antebrazos.
—Te ves muy diferente sin traje —comentó ella.
—¿Es un cumplido?
—Sí.
Adrián sonrió.
—Tú también te ves muy bien.
Valeria sintió que sus mejillas se sonrojaban.
Comenzaron a recorrer la feria.
Probaron tacos, hamburguesas artesanales, helados y postres.
Entre un puesto y otro, hablaban de sus familias, de sus sueños y de las cosas que querían hacer en el futuro.
—¿Qué harías si no trabajaras en una empresa? —preguntó Adrián.
Valeria pensó unos segundos.
—Creo que pondría una cafetería con una librería. Siempre me ha gustado la idea de un lugar tranquilo donde la gente pueda leer y conversar.
—Suena perfecto.
—¿Y tú?
Adrián sonrió.
—Abriría un restaurante pequeño.
—¿En serio?
—Sí. Me gusta cocinar, aunque casi nadie lo sabe.
Valeria abrió los ojos con sorpresa.
—Ahora entiendo por qué conoces tantos restaurantes.
Los dos comenzaron a reír.
Después de comer, llegaron a un pequeño escenario donde una banda tocaba música en vivo.
Muchas parejas bailaban frente al escenario.
Adrián extendió la mano.
—¿Me concedes este baile?
Valeria sonrió.
—Con mucho gusto.
Comenzaron a bailar lentamente entre la multitud.
No era un baile perfecto, pero ninguno de los dos parecía preocuparse por eso.
Lo único importante era disfrutar del momento.
A varios metros de distancia, Alejandro Ferrer también había asistido a la feria con unos amigos.
Mientras caminaba, reconoció a Valeria.
—¿Valeria?
Ella levantó la vista.
—¡Alejandro!
Él se acercó con una sonrisa.
—Qué gusto encontrarte.
Entonces vio a Adrián.
—Buenas tardes, señor Velasco.
—Buenas tardes, Alejandro.
El ambiente se volvió un poco incómodo.
Alejandro miró a ambos con curiosidad.
—No sabía que habían venido juntos.
Adrián respondió con tranquilidad.
—Nos encontramos por casualidad al llegar.
Valeria comprendió la intención de Adrián y siguió la conversación con naturalidad.
—Sí, empezamos a recorrer la feria y terminamos probando varios puestos de comida.
Alejandro sonrió.
—Qué coincidencia.
Después de conversar unos minutos, se despidió de ellos.
—Disfruten la tarde.
—Gracias, igualmente —respondieron los dos.
Cuando Alejandro se alejó, Valeria soltó un suspiro.
—Por un momento pensé que sospecharía.
—Lo resolviste muy bien.
Ella sonrió.
—Hicimos un buen equipo.
Al caer la noche, Adrián acompañó a Valeria hasta la entrada de su edificio.
—Hoy fue un día perfecto —dijo ella.
—Para mí también.
Se quedaron en silencio durante unos segundos.
Adrián tomó suavemente la mano de Valeria.
—Gracias por aceptar salir conmigo.
—Gracias a ti por invitarme.
Sin darse cuenta, ambos comenzaron a acercarse lentamente.
Estaban a punto de darse su primer beso...
Pero el teléfono de Adrián comenzó a sonar.
Los dos dieron un pequeño paso atrás y comenzaron a reír.
—Parece que el destino todavía quiere hacernos esperar —dijo Valeria.
Adrián miró la pantalla y rechazó la llamada.
—Creo que sí.
Valeria sonrió.
—Buenas noches.
—Buenas noches, Valeria.
Ella entró al edificio, mientras Adrián permanecía unos segundos observando la puerta con una sonrisa.
Ninguno imaginaba que, desde una ventana del edificio de enfrente, alguien había visto el momento en que estuvieron a punto de besarse.
Editado: 24.07.2026