Cerezos en septiembre

Escorpión

 

 

“Porque el mirar al cielo no nos acercará más a la paz,
   El sufrir no determina si estamos destruidos.
   Las palabras con el tiempo se olvidan,
   Y el tiempo con las palabras se desvanece.”

 

¿Alguna vez has escuchado el cuento de El Escorpión y la Rana?
El escorpión necesitaba cruzar el río pero al no saber nadar y correr el peligro de morir ahogado le pidió ayuda a la rana haciéndole la oferta de dejarlo subir a su lomo y ambos cruzar el río. La rana desconfiada le pregunto el por qué haría algo como eso sin tener la garantía que durante el camino no la picaría con su aguijón. El escorpión seguro de sus actos le dijo que por qué haría tal acción, ambos morirían. La rana finalmente accedió a la petición de el escorpión; todo marchaba bien pero grata fue la sorpresa cuando a la mitad de el camino el escorpión pico a la rana. Al ver la rana que el escorpión le había picado le pregunto “¿Por qué lo has hecho?, ambos moriremos”. El escorpión reconociéndose a sí mismo en esos momento contesto “Es mi naturaleza”.

¿Cuál es la verdadera naturaleza de el hombre? ¿Alguien podrá descubrirla? Creo que eso es uno de los grandes misterios de la vida aunque la verdad creo conocerla.
El hombre es mentiroso, embustero, farsante, doble cara y creo que no existe una cifra que limite el número de caras que puede mostrar.

Los gritos, el sonido de una ventana rompiéndose, el olor a humo y el calor de el fuego siempre los llevaré gravados en mi memoria. Recuerdo todo con lujo de detalle como un tatuaje en mi mente.
Tenía una familia que muchos llamarían perfecta. Mi padre era el dueño de la empresa Cooper Company. Mi madre era la mano derecha en la empresa y en solo un momento todo se derrumbó.
Mi padre empezó a ausentarse por las noches, se excusaba diciendo que tenía mucho trabajo, mi madre ajena a lo que en realidad estaba sucediendo confió en él. Su ausencia día con día se iba sintiendo más y más. Odie a mi padre, pero no porque no pasará tiempo conmigo; mi madre y yo no éramos las únicas en esta familia. Tenía hermanos y él hijos por los cuales tenía que ver.
Su ausencia ya no solo se notaba en la casa sino también en la empresa. Eran días en los que salía de tarde y decía que tenía asuntos que arreglar. No dejaba ni siquiera que mi madre le preguntara sobre ello, solo se iba sin dar crédito.
Mi madre pronto se convirtió en la fortaleza de la empresa. Pero a veces no era suficiente; varios empresarios insistieron en tratar solo con mi padre y por tal situación se perdieron muchos ingresos y colaboraciones que pudieron incrementar el prestigio y ganancia de la empresa.
Soy la más chica de entre mis hermanos. Pero el ser más chica no quiere decir que soy menos inteligente. Las vacaciones de verano pronto fueron sustituidas por campamentos o cursos intensivos para así entretenernos y no sentir tanto el vacío que dejaba mi padre. Pronto los meses pasaron, pronto estuvieron días en los cuales mi padre empezó a traerle regalos a mamá, todo para que siguiera teniendo la situación en sus manos, pero aún con todo y sus intentos para que mi madre no sospechara fracasaron.
Era un día de verano. Yo había sido la primera de mis hermanos en llegar de el campamento al que nos habían mandado.
Lo primero que escuche al bajar de el carro fue una ventana rompiéndose. Luego no sé qué sucedió en mí que en medio de el pánico entre a la casa. Todo era un desastre. La mesa estaba hecha pedazos. Corrí a las escales, desee nunca haberlo hecho. A la puerta de el cuarto de mis padres estaba mi madre tendida en el piso desangrándose por la cabeza y mi padre con ropas desencajadas y olor a alcohol. En medio de el pánico me acerqué al cuerpo de mi madre. Toque su rostro; ese hermoso rostro que nunca debió de ser lastimado. Al momento en que estaba a punto de entrar en pánico mi madre abrió los ojos. Mi padre salió de el cuarto, en esos momentos me dio igual pero mi odio hacia él solo crecía más y más. Mi madre con las pocas fuerzas que tenía trato de enderezarse y tocar mi rostro. Sus palabras aun las llevo en mi corazón. “Mi niña, mi Khrystal. Quiero que sepas que esto no es por ti, ni por tus hermanos y ni por mí. No quiero que odies a tu padre. Por favor necesito que salgas de aquí y vayas a casa de Katty, quédate con ella y no olvides que te amo. Sé feliz, has amigos, diviértete, goza la vida. Y nunca olvides que eres mi mayor tesoro”.

¿Alguna vez te has considerado cobarde? Yo lo hice. Cuando salí de mi casa lo más rápido posible y entre en la casa de la mejor amiga de mi madre me sentí una cobarde. No sé cómo logre salir y dejar a mi madre a su suerte, pero lo hice. Pero aun así no podía quedarme de brazos cruzados. Le dije a Katty lo que estaba sucediendo y le pedí su ayuda. Ella tomo su chaleco y arma y nos dirigimos a la casa. Katty era parte del departamento de policía de el estado y por eso necesitaba ahora más su ayuda.

Entramos a la casa y escuchamos un ruido en la cocina. Katty se acercó sigilosamente. Mi padre tenía en su mano un cuchillo. No entendía por qué su mirada estaba perdida. Se movía pero parecía como si algo en realidad lo estuviera manejando como si fuera una marioneta. Se sentó en uno de los sillones y repetía una y otra vez la misma frase. “Yo no la maté”. Esas palabras bastaron para derrumbarme. Subí nuevamente las escaleras lo más rápido que pude. La sangre dejaba un camino por el cual se anunciaba un trágico final. Fue la peor escena que pude ver un mi vida. La mujer que me trajo a este mundo estaba tendida en la cama con dos impactos de bala en su torso.
Grité, lloré, golpeé lo que tenía cerca y tire todo a mi alcance. Si antes odiaba a mi padre ahora lo aborrecía sobre la faz de la tierra. Mi cabeza era un remolino de emociones pero este remolino se vio interrumpido cuando escuche un impacto de bala de la parte de abajo. Me dirigí a donde había escuchado el sonido y vi el cuerpo de mi padre desangrándose y con un agujero en su cabeza. La culpa lo había matado. Entre la situación el fuego apareció en la casa. No quería salir, quería encontrarme con mi madre estuviera donde estuviera. Mi cuerpo dejó de responderme. Katty me cargó y salimos.
Los bomberos y la policía llegaron después que nosotras, Katty sujetaba mi mano agachada a mi altura; su boca se movía pero de ella no lograba percibir ningún sonido. Poco a poco la realidad me golpeo hundiéndome en una tristeza sin igual. Lloré amargamente tratando de sacar todo lo que tenía dentro.
Cuando por fin estuve más tranquila escuche las palabras que Katty me decía: “No puedes contar de esto a nadie ¿me entiendes?”. Y mi poca cordura se quebró; ¿cómo que no podía decir lo que había pasado? Mi padre había matado a la única persona que siempre estuvo para mí, la que me daba las buenas noches acompañadas de un beso que me recordaba que por la mañana recibiría el olor delicioso del desayuno puesto a la mesa con mis hermanos.
Mis hermanos; ¿qué sería de ellos? Por su parte nunca sospecharon nada y tenían a mi padre en alta estima, y nuevamente no supe que hacer. La voz de Katty nuevamente hizo acto de presencia derribando las barreras que había empezado a hacer: “Hazlo por tus hermanos”, y por ellos solo por ellos no dije nada y creo que será un secreto que me llevaré hasta la tumba.




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