Dylan rodó unos metros en el suelo, su mano y su pie raspando la tierra hasta frenar el arrastre. Alzó la vista: Morales estaba de pie, con esa sonrisa burlona, mientras una herida en su piel, era cerrada cerrando como hilos invisibles cosiéndose.
Dylan escupió saliva con sangre y se enderezó. Su rodilla crujió al encajar, los huesos volviendo a encajar y la piel tensándose sobre ellos hasta solo dejar una fina línea, una grieta más en su cuerpo.
— Ja… —gimoteó el menor, apretó los puños. Una sonrisa agria se dibujó en su cara— No me digas, ¿somos iguales? Que asco, se supone que yo soy el número uno.
Morales soltó un “uf”, una mueca de burla. Dylan frunció el ceño, las fosas nasales dilatándose con cada respiro.
— Que narcisista eres — dijo Morales— un niño adoptado promedio después de la primera ola, tu y tu hermano vivieron con padres amables e inteligentes. Querían lo mejor para los dos, pero tú, solo tergiversar todo y haces lo que quieres, eres un narcisista con complejo de inferioridad. Buscas respeto y sientes rencor por ti mismo … por ser débil.
Los ojos de Dylan se estremecieron, sus pupilas vibrando como píxeles antes de volver a la normalidad. El odio quedó fijo en su rostro.
— Que mierda —siseó Dylan.
Su mano derecha tembló, sus uñas se desprendieron lentamente, sin dolor, sin sangre, mientras su piel se pintó en gris hasta volverse en una daga.
— Tu eres un monstruo, ¿cómo sabes eso? — grito enfurecido— ¡ni siquiera el imbécil de Morales …. ¡No hables como si me conocieras!
Los ojos de Morales se entrecerrarón, una sonrisa se agrandó, subió por sus mejillas hasta sus pómulos. Mientras levantaba su mano derecha, en sus nudillos, sangre.
— esta es tu sangre —siseo Morales y lamió la sangre seca— me nutro con humanos, pero tiene un defecto, conocer la vida pasada de esos muertos.
— ¿Qué?
— ¿sabes lo que significa? — sonrió el hombre — sigues siendo un humano narcisista.
— ¡Pudrete!
Dylan corrió, más rápido de lo normal contra Morales. Los dos, con sus brazos convertidos en navajas.
Mientras tanto, a lo lejos, los pasos de Connor eran ligeros sobre la grava y la arena. Su báculo temblaba en su mano, sus huellas se mezclaban con las del combate. Se acercaba, agotado, pero con una decisión que ardía en sus ojos.
“ ¿Crees que ella está ahí?” — aquel niño , un tono delicado pero ronco pasó por la mente de Connor.
— No lo sé, la verdad, es que me perdi …
“ Tu corazón palpita, tienes mucho miedo” una voz pasó por su cabeza.
— Calla…
No pudo terminar de hablar, cuando un gruñido alto lo detuvo. Volteo hacia un claro. Una cabaña de madera, con una antena en el techo y en el suelo sangre.
Connor dio un paso atrás, cubrió su nariz y boca. Rodó sus ojos, tratando de olvidar el hedor intentando entrar por su fosas.
—¿Qué diablos pasó aquí? —susurró.
Se acercó con cautela, pero un grito lo obligó a girar. Renato y Diana corrían desesperados, hasta frenar en seco al verlo. El contraste era brutal: ellos, jadeantes y manchados de barro; él, impecable gracias a su poder, el rostro helado.
Renato se enderezó de golpe, interponiéndose frente a Diana como un escudo. Sus hombros temblaban, pero mantenía la mandíbula apretada, intentando mostrar firmeza.
Connor los miró en silencio.
—¿Qué pasó aquí? —preguntó, con voz serena, casi indiferente.
Aunque la voz de Connor fue ligera, Renato apretó su mandíbula imponiendo su fuerza ante el chico.
— ¿Qué les pasa? — volvió a hablar.
— Tú —soltó Diana, temblando detrás de Renato — tú nos vas a matar.
Connor se detuvo en seco, trago hondo y suspiro.
— ¿Uno de esos extraños monstruos los atacó? — soltó al aire— ¿o alguien se convirtió en monstruo?
Diana continuó, temblando detrás de Renato. Pero, de pronto, un gran gruñido los hizo voltear. Un gran monstruo apareció, con sangre vomitando por las comisuras de su boca continuamente, piel desgarrándose y cabello cayendo.
Connor actuo rapido, junto y separo sus manos en un rapido brillo amarillo. El báculo aprecio y sostuvo con fuerza.
— ¿Quién es?
De nuevo, su pregunta no fue respondida. Pero, aquel monstruo rugió. Un sonido que movió los árboles, algunas ramas se cayeron al suelo y Diana apretó los hombros de Renato.
— ¡RESPONDAN! — Connor, volteo fugaz hacia los dos chicos— ¿quien carajos es?
“¿Es tan importante saber eso? ¿Por qué quieres saberlo? — la voz del niño apareció”
Connor gruñó, sus ojos viajaron entre aquel monstruo y sus dos compañeros.
— Quiero saber —susurro él — por que, ya no quiero matar por venganza. Aún así, creo en la justicia.
Los dos chicos, por su lado, gimoteo en terror. las manos de la chica apretaron los hombros de Renato. Sacudió su cabeza y grito:
— ¡La profesora Jimena!
El monstruo dio un paso adelante, tambaleante, la piel desgarrándose en jirones mientras la sangre le brotaba de la boca. Sus ojos, apenas reconocibles entre la carne rota, brillaban con un dolor humano.
Renato retrocedió con Diana pegada a su espalda, casi tropezando.
“La profesora Jimena —la voz del niño volvió a aparecer— ella no es, quien dejo que Dylan te golpee hoy en la mañana?”
—Sí… lo es —respondió Connor en un murmullo.
El monstruo rugió de nuevo, un alarido tan desgarrador que los árboles temblaron. Diana gritó, tapándose los oídos, mientras Renato sujetaba con fuerza el brazo de su amiga.
Connor respiró hondo y dio un paso al frente.
—Profesora Jimena… —su voz apenas atravesaba el rugido— la perdono.
Entonces, sonrió. No era una sonrisa cálida, sino una mueca torcida, cargada de euforia. De pronto, su báculo se quebró en dos, en espadas gemelas. Una armadura se desplegó sobre su pecho y, en su espalda, relucieron dos pistolas cruzadas.
Los adolescentes quedaron paralizados, incapaces de articular palabra.