Cero

CAPÍTULO 22: Infectados y transtornados.

Terri, olió el pastizal antes de ver hacia atrás. Zoe apareció, su ropa sucia con lodo y en manos el bate de béisbol que Connor regaló.

— No hay nadie — aviso.

El profesor Enmanuel se acercó, tomó los hombros de la joven antes de llevarla hacia atrás. Con una rama de árbol, grueso y con algunas hojas.

—No bajes la guardia —murmuró Emanuel.

Zoe asintió, apretando el bate. El metal estaba tibio, como si aún recordara las manos de Connor. Terri caminó en círculos cortos, el hocico pegado al suelo, las llamas reducidas a un resplandor bajo.

Leonardo apareció detrás de ellos, con la respiración desacompasada y las manos manchadas de sangre seca que no era toda suya.

— Hay cinco heridos — leo se acercó a ellos — y la verdad, todos estamos empezando a tener hambre.

Emanuel volteó la mirada, sus ojos se posaron sobre el grupo. Alzo la ceja y luego la noche estrellada.

— chicos — susurró y se acercó al grupo— por favor, tengan fuerza. Debemos buscar a los guardabosques.

— si es que queda uno —leo bajó la cabeza.

Lenta, Zoé se acercó al grupo, terri atrás de ella. Con sus manos juntas y masticando algo.

— ¿Qué estás comiendo? — Leonardo se acercó, tomó su muñeca para ver— ¿arándanos? Oye, ¡Escupelos! no sabemos si son o no venenosos.

— No te preocupes — zoe se alejó de ella y volteo a su perro en llamas— ya comí, y no eh muerto. Son arándanos normales.

— ¿Cómo estás segura? — cuestiono una chica en el grupo— ese tipo de veneno, ¿no demora?

— tranquila, tengo mucha suerte — zoe se acercó a ella y volteo a su perro— verdad, ¿terri?

El perro ladro.

Fue entonces que empezaron a comer. Emanuel por su lado, suspiró al ver a su alumnos comer desesperados y ansiosos.

— Connor debe tener hambre — susurro.

Zoe lo escuchó, con una pequeña sonrisa antes de guardar algunas en su pantalón. Volvió a ver al grupo de adolescentes, algunos lejanos en plena conversación.

Muy secreto, cuatro chicos se reunieron en un semi círculo. Pero cuando la chica intercambio miradas con Zoe, detuvo al resto.

— ¿Pasa algo? — Zoe dio un paso adelante.

Fue entonces que uno de los chicos dio un paso adelante. Brusco y prepotente, terminó por señalarla.

— ¡Tú! — grito él— ¡¿porque nos estás mandando?! ¡¿quién te crees para decirnos que hacer?!

— Oye, no grites — pidió Zoe.

Terri también se acercó, delante de la chica impidiendo su paso.

El resto del grupo, también voltearon de un lado a otro. Preocupados, algunos se alejaron del grupo de cuatro.

— ¡Desde la cueva estas: ayudaré a connor, salvaré a connor, connor no es malo! — continuó otro chico del grupo— por tu tonterías, ¡nos vas a matar!

— Enserio chicos, callense — ordenó Emanuel. En un bajo susurro.

— ¡también está siendo injusto! — grito la chica. A punto de llorar, enfurecida y roja— ¡¿Por qué debemos seguir caminando sin saber a dónde ir?! ¡O peor! ¡sin saber si vamos a vivir o no!

— Si siguen gritando, van a llamar la atención — Leonardo también se acercó. En un corto grito silencioso y furioso— varios ya murieron, dejen de joder y escapemos.

— Si, connor nos dio tiempo — zoe agregó— No podemos solo

— ¡Ya callate! — gritó uno de ellos— seguro nos vas a llevar a otra cueva a esperar nuestra muerte. ¡Nosotros nos vamos!

Al mismo tiempo que Terri empujó hacia atrás a Zoe, el grupo de cuatro se alejaron entre insultos y quejas, Emanuel revisó al grupo nuevamente.

Solo 8 adolescentes.

Se adelantó, al frente de todos, evitando que otros los sigan.

— Calmense — ordenó él— iré a hablar con ellos. Zoe, Leonardo. Ustedes dirijan. Terri, por favor avisame.

El grupo de cuatro siguió su camino, sin saber que Emanuel los siguió desde lejos.

— Es una psicótica — anunció uno de los chicos. Enmarcando sus cejas enojado— lo que tenemos que hacer es bajar por el camino hacia el río.

— Si, ni siquiera está lejos — agregó otro.

Emanuel, apretó la rama ocupada en manos como arma. Dio un solo paso, su zapato rompió una rama llamando la atención del grupo.

— oigan, debemos que

Ni siquiera pudo terminar de hablar, con rapidez algo pasó por detrás de los adolescentes.

Morales apareció. Con el aspecto demacrado, su cuerpo a punto de derretirse en pedazos y solo su aroma putrefacto que hizo reaccionar. Cubriendo sus bocas y narices.

Llenos de horror y náuseas.

Emanuel se alejó. Dio unos pasos atrás hasta que su propia expresión se deformó en el miedo.

Latigos salieron del cuerpo del monstruo, impactando en las cabezas de los cuatro.

Congelados, al mismo tiempo que vieron la espalda de Emanuel desaparecer frente a ellos, sus mentes se nublaron en una calma.

A punto de desmayarse.

Mientras sus cuerpos se volvieron simples pieles sin esqueleto.

Mientras tanto, un estallido brutal sacudió el bosque. La onda expansiva recorrió los árboles como un rugido invisible y lanzó a los adolescentes contra el suelo. Desde el epicentro, Dylan mostró los dientes, grandes y afilados, justo después de quebrar el brazo de Connor con un movimiento seco.

Entre gruñidos, se alejó de él. Dio varios pasos atrás mientras sus huesos crujían, acomodándose solos, encajando de nuevo bajo la piel como piezas maltratadas de una máquina.

— ¿puedes curarte? — se cuestionó Dylan. Con cierto asco en sus labios.

Sin perder tiempo, su tórax se abrió con un sonido húmedo.

La grieta en su frente se abrió.

Dylan metió la mano y arrancó dos costillas, aún cubiertas de sangre. Los huesos se alargan en sus manos, afilándose, mientras otros emergen desde su espalda. Pinchos irregulares brotaron de su columna, dándole la silueta de un depredador primitivo, casi reptiliano. Al mover los brazos, gotas de sangre salpicaron la tierra.

Corrió.

Tan rápido que el césped se levantó en el aire, arrancado de raíz. La tierra quedó desnuda tras él. Iba directo a matar… hasta que dos cuchillas alargadas chocaron contra sus huesos, deteniéndose en seco.




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