Deslumbrada por el miedo, Zoe no pensó en nada más que seguir a su mascota entre los árboles. Terri avanzó con el lomo rígido, las llamas de su cuerpo reducidas a brasas inquietas que iluminaban raíces retorcidas y hojas húmedas.
Detrás, el grupo caminaba lento, arrastrando los pies. El bosque parecía cerrarse sobre ellos con cada paso.
—Tengo hambre —se quejó una voz—. No hemos dormido nada.
Leonardo apretó la mandíbula y siguió caminando. Su mirada, sin embargo, estaba fija en Zoé.
—Y seguimos caminando como idiotas —agregó aquel chico.
—Alonso, para… —pidió una chica, con la voz temblorosa.
— ¿Para qué? ¿Para que nos maten igual?
Leonardo cerró los ojos un segundo. Contó hasta tres, sin dejar de ver adelante.
—¿Puedes parar? —dijo Leo—. Todos estamos igual.
—¡No! —Alonso alzó la voz—. Yo no soy como tú. No quiero morir aquí. Tengo frío, sueño, hambre… ¡y monstruos por todos lados! ¡Esto es una locura!
—¡YA CÁLLATE! —gritó Leonardo, girándose de golpe.
Las palabras murieron en su garganta.
Alonso estaba frente a él… pero algo estaba mal.
Todos se dieron cuenta.
Sus ojos parpadearon. No como un pestañeo. Se fragmentaron. Sus pupilas se revolvieron, como una pantalla dañada.
—¿Alonso…? —susurró Leo cuando se levantó.
Él se llevó ambas manos a la cabeza, clavándose los dedos en el cabello.
—¿QUIEN MIERDA ERES? ¿POR QUÉ ME DICES ESO? —gritó—. ¡YO NO QUIERO MORIR!
— Habla solo … es la primera señal —siseo una chico. Sus manos casi en alto, alejó a quienes estaban a su lado.
Alonso cayó de rodillas. Su voz se quebró, pero su mirada permaneció en alto. Nadie supo dónde quería ver.
—¡CÁLLATE! ¡CÁLLATE! ¡NO QUIERO ESCUCHARLO!
Leonardo dio un paso atrás. El aire se volvió denso.
El chico levantó el rostro lentamente. Los ojos seguían fallando, pero esta vez se fijaron en Leonardo.
—Leo… —murmuró, confundido—. ¿Por qué… por qué escucho una voz?
Un silencio horrible cayó sobre el grupo.
—¿Qué te está diciendo? —preguntó Zoé, apenas respirando. Apretó la mandíbula… y el bate.
Terri gruñó. Bajo. Amenazante.
— ¡¿Qué esperan?! — grito una chica— se va a convertir en un monstruo.
— ¿Qué? — Alonso volteó a la muchacha.
Las lágrimas le nublaron la vista. Sus ojos destellaron otra vez y entonces vio a Zoé. Ella sostuvo el bate sobre el hombro, el cuerpo ligeramente inclinado hacia atrás, tensa como una cuerda.
Alonso, aún de rodillas, dio un paso hacia ella.
— matame — ordenó él.
Se golpeó la cabeza con la palma.
—¡ZOE, MÁTAME! —gritó—. ¡NO QUIERO QUE EL VIRUS ME MATE!
— Alonso — gimoteo ella.
— ¿Qué esperas? — grito otro chico.
—¡MATAME, POR FAVOR!
Alonso se levantó de golpe. Terri estuvo a punto de lanzarse.
Zoé reaccionó sin pensar.
El bate giró en un arco limpio.
El impacto contra la mejilla de Alonso sonó seco. Su cabeza giró violentamente y un crujido apagado se oyó antes de que el cuerpo cayera al suelo.
Alonso no gritó.
Quedó inmóvil, con la mandíbula torcida en un ángulo imposible, la boca abierta sin poder cerrarse.
Todo se detuvo.
Zoé comenzó a temblar.
— Yo no …
— Vámonos — dijo Leonardo.
Algunos dieron la vuelta pero Zoé no pudo. Aun cuando su mano fue jalada por Leonardo, sus ojos siguieron clavados en Alonso aguantando su propia respiración, hasta que vio coágulos oscuros brotar de él. Su piel comenzó a burbujear. A inflarse. A deformarse.
— ah, hii
Alonso se retorció y colapsó sobre sí mismo, convirtiéndose en una masa deforme con un gran hueco, que sería su boca destruida por el golpe, dientes que cayeron al suelo y un cuerpo, sin cabeza, sin cuello solo un gran hueco deforme y miles pequeños.
— ¡Terri! — grito zoe.
En segundos, el grupo volteo frente a un montículo ardiente y el perro en un salto apunto de vomitar fuego de su boca.
Por otro lado, cada hueso de la columna de Connor se rompió y se curó a velocidad, sus manos golpearon el brazo de Morales y sus ojos no dejaron de viajar.
De un lado a otro.
Vio a Morales, volteo al denso bosque, a las grietas que Dylan provocó y una serpiente que salió de una de ellas.
Pronto, un gran trueno aterrizó.
Los tres cubrieron sus orejas en el estallido
Al mismo tiempo, Dylan y Connor reaccionaron rápido, rodaron unos centímetros. Creó su báculo en mano y con fuerza, lo arrastró por el suelo.
Morales cayó en segundos, Dylan dio un gran salto atrás. Preparado para atacar a ambos, cuando miles de balas cayeron sobre su abdomen, empujándolo al suelo.
Connor volteo por un segundo, al cielo despejado únicamente por estrellas y una luna menguante. Entonces cayó una gran mano sobre él, Morales con un pie alzado, y una mano gigante callosa con pedazos de piel y huesos a la vista, encerró al joven.
Pronto, los ojos de Connor brillaron en un dorado potente, cubrió su cuerpo. Una ventisca empujó al monstruo solo unos pasos y el bastón convertido en una lanza de hoja dorada lo apuñaló.
Lo atravesó, desde la espalda huesos cayeron y con la lanza, intestinos se desprendieron de la hoja al suelo. Rápidamente, las manos del monstruo tocaron el cuerpo del arma.
Connor apretó con fuerza su arma, mientras Morales gimoteo entre gruñidos difusos y tétricos que poco a poco hizo erizar a Connor.
— Tú nunca me interesaste —siseó el ladolescente.
— ¿entonces? — gruño Morales. Sus dientes rechinaron en el proceso.
Connor dobló su fuerza, empujó su arma y un grueso sonido acuoso sonó desde el interior de Morales, más músculo vibró desde la espalda y un gruñido escultural resonó en el aire.
— No puedo dejarte vivir
Sus ojos brillaron en un fuerte dorado, su cabello se alzó. El circulo amarillo se dibujo bajo los pies de ambos, connor permancio parado pero las piernas de Morales poco a poco su piel se agrieto, como arcilla agrietada pestilente.