Cero

CAPÍTULO 24: hacer o deber.

Por otro lado, el profesor Emanuel corrió alrededor de los árboles. Desesperado, con sudor en su frente hasta que vio pisadas quemadas de un animal.

Entonces, se apuro. Unos segundos bastaron para encontrarse con un monstruo sumido en llamas, delante el perro terri y Zoe sujetando el bate ensangrentado.

El grupo de adolescentes llorando en terror.

— Yo no …

Zoe gimoteo, Leonardo quiso acarició sus hombros. En un casi abrazo que concluyó cuando Zoe vio a Emanuel. Ella se lanzó a abrazarlo.

— Yo no quería …

Emanuel, vio su rostro, lágrimas y sonrojada. Ni siquiera pudo terminar de hablar entre gimoteos y voz quebrada. Fue entonces que volteo con los demás adolescentes.

— Tranquila — susurro y apretó sus hombros — hiciste lo que tenías que hacer, y esta bien.

Los ojos del profesor se pegaron sobre la menor, tan desesperada como ella.

— Protejamos a los que podamos y vivamos — susurró él.

El montículo ardiente no se apagó.

Durante unos segundos, nadie se movió. El humo subía en espirales lentas y el olor a carne quemada se extendía entre los árboles. Zoé seguía mirando el mismo punto, sin parpadear, esperando —sin saberlo— que todo terminara allí.

Entonces el fuego se hundió.

No desapareció: se comprimió, como si algo tirara de él desde adentro. La superficie del montículo se agrietó y una brasa rodó cuesta abajo, apagándose al tocar la tierra húmeda.

Zoé lo vio antes que los demás.

Una masa oscura se elevó entre las llamas. Primero fue un hombro deformado, luego una espalda que se enderezaba con lentitud, acompañada de un sonido húmedo, como huesos reajustándose. El cuerpo emergió completo, cubierto de restos ennegrecidos.

Se puso de pie y de todas esos huecos, vomitó fuego.

Emanuel arrastró a Zoe hacia atrás, mientras Terri se adelantó. Preparado para atacar, cuando miles de balas atravesaron al monstruo.

El cuerpo del monstruo fue atravesado por impactos sucesivos. Cada bala arrancaba trozos de carne ardiente que salían disparados hacia los árboles.

El cuerpo quedó inmóvil, reducido a restos humeantes.

El silencio regresó de golpe.

Zoé tardó en respirar. Terri bajó apenas el lomo, aunque no se apartó de ella.

Entre los árboles se encendieron luces blancas. Figuras humanas avanzaron en formación, con pasos firmes y armas levantadas. Los visores brillaban en la oscuridad.

— Objetivo neutralizado —dijo una voz—. Mantengan posición.

— Militares — susurró una chica. Emocionada, con una gran sonrisa.

Leonardo alzó las manos. Mientras Zoe jalo al profesor, cubrió a su mascota y bajo la mirada a él.

— Terri — llamó ella— escondidas.

El animal bufó en un pequeño estornudo, sus flamas se ocultaron y dio un salto hacia la oscuridad del bosque.

— Somos estudiantes —dijo Leonardo— ¡No estamos infectados!

— Inicien pruebas de salud — ordenó uno de los militares.

Gotas constantes golpearón la frente de Connor, frías, insistentes. Sus párpados temblaron y se cerraron con fuerza; el ceño se le frunció mientras su rostro giraba apenas, atrapado entre el dolor y la confusión.

Connor… Connor…

La voz del niño surgió y se desvaneció como un eco mal recordado.

—Hijo mío… sigue haciendo lo que te hace feliz.

El aire se le atoró en el pecho. Poco a poco abrió los ojos.

Frente a él, iluminados por una luz que parpadeó como un foco moribundo, había unos ojos marrones claros. Brillantes. Demasiado reales. Una silueta que conocía desde siempre.

Un hombre arrodillado a su lado. El rostro surcado de arrugas familiares, la mandíbula firme, los ojos serios. Un porte recto, casi inquebrantable, suavizado apenas por la curva leve de una sonrisa cansada.

Un militar.

Un hombre que había visto morir hacía meses.

—N-no… —la palabra se le quebró—. Pa… papá…

Quiso incorporarse, pero su cuerpo no respondió. En cambio, algo crujió dentro de él. Sintió su columna recolocarse, huesos encajando con una precisión inquietante. Los tejidos de su cráneo mejoraron, sintió su cuero cabelludo crecer en donde era hueco.

—¿Papá? —repitió, con miedo de que la imagen desapareciera.

—Connor, ¿por qué no te levantas? —dijo el hombre con naturalidad—. Tu abuelo te espera en casa. Y mañana es sábado.

—¿Qué…? —gimió Connor.

—La basura —añadió su padre—. Te toca sacarla los sábados, ¿no?

—Papá… ¿cómo es que tú…?

No pudo terminar. Su padre tomó su mano con firmeza y rió suavemente, como si nada fuera extraño.

—Recuerdo cuando eras niño —continuó—. Siempre quisiste ser militar.

Una sonrisa pequeña, involuntaria, tiró de las comisuras de Connor. Apretó la mano de su padre, sorprendido por el calor real que emanaba de él.

— como cuando aun viviamos en la residencial militar, ayudaste a un niño.

Connor no pudo evitar reír entre lágrimas

— Él estaba llorando mucho.

— O, cuando siempre abrazabas a zoe porque se sentia sola — su padre continuó— o cuando ayudabas a otros niños en el parque. Tienes madera para salvar vidas.

— Aunque, mamá quiere que sea cualquier otra cosa, también Zoe.

—Ja, ja, ja —rió el hombre, echándose un poco hacia atrás sin soltarlo—. Lo sé. Oye, Connor…

De pronto, su expresión se endureció.

— Debes regresar. Zoe te espera. En casa te esperan. Salva a todos los que puedas.

Entonces tomó su muñeca y lo ayudó a ponerse de pie. Connor se quedó rígido al notar algo extraño: ya no necesitaba alzar la cabeza para mirarlo.

Sus ojos alcanzaban su mentón.

El propio Connor se había dado cuenta: “¿Soy tan alto?”.

Parpadeo sorprendido y bajo la mirada, detenido cuando vio el pantalón amarrado y una única pierna.

Fue entonces que trago hondo y se esforzó a sonreír.

— gracias — siseo Connor— por protegernos.

— Oye. No importa que tan pequeño o grande sea tu sueño, solo se el mejor haciéndolo y sobre todo, se feliz.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.