Cero virgenes.

Capítulo 2: El tribunal Valmont.

En la mansión Valmont existía una regla no escrita que todos conocían desde la cuna: nunca se interrumpe a la abuela Eleonora cuando está a punto de dictar sentencia.

Romeo la había roto tantas veces que ya ni le hacía efecto.

-Abuela, puedo explicarlo -repitió, avanzando entre los pedazos de cristal con las manos en alto, como un hombre que se acerca a un león con un bistec en cada bolsillo.

-Siéntate.

-Abuela...

-*Siéntate.*

Romeo se sentó. En una silla que ni siquiera era la suya, junto a su primo Ignacio, que se había cubierto la boca con la servilleta para disimular una sonrisa que le llegaba hasta las orejas.

-Esto es lo mejor que ha pasado en años -le susurró Ignacio.

-Cállate.

-Voy a pedir palomitas.

-Ignacio, te lo juro por lo más sagrado...

-¿Algo que compartir con la clase, jovencitos? -preguntó la abuela sin girar la cabeza.

-No, abuela -dijeron los dos a la vez, con la voz de dos niños de seis años.

Sandra seguía de pie en la puerta de la terraza, con una sola sandalia, hojas de boj en el pelo y el rostro colorado. Doce pares de ojos la escrutaban como si acabara de aterrizar en un platillo volante.

-Señorita Ríos -dijo Eleonora Valmont, uniendo las yemas de los dedos-. ¿Le apetece sentarse?

-Prefiero quedarme de pie.

-Como quiera. Pero le aviso que vamos a tardar.

-Estoy acostumbrada a esperar -respondió Sandra, y lanzó a Romeo una mirada que hubiera podido prender fuego a una alfombra.

Alguien, en algún rincón de la mesa, tosió para no reír.

---

Fue Beatriz, la madre de Romeo, quien rompió el silencio. Era una mujer elegantísima, con un moño perfecto y una expresión de dolor permanente, como si llevara treinta años esperando la llamada de un hospital.

-Romeo -dijo, con voz temblorosa-, dime que esto es una broma.

-Es una broma -dijo él enseguida.

-No lo es -dijo Sandra.

-Es una confusión -insistió Romeo.

-No lo es -repitió Sandra.

-Es un malentendido...

-Romeo Valmont, tienes exactamente cinco segundos para dejar de decir estupideces -lo interrumpió su padre, Augusto, que hasta ese momento había estado observando la escena con la calma de un hombre que ya lo ha visto todo. Era un señor de sienes plateadas y mirada cansada, con la paciencia de quien lleva décadas apagando incendios ajenos-. ¿La conoces?

Romeo abrió la boca. La cerró. Miró a Sandra. Miró a su padre. Miró la lámpara de araña, como si esta pudiera desplomarse y sacarlo de aquel apuro.

-Coincidimos en un bar -dijo por fin.

-¿Y? -preguntó su tía Delfina, con evidente interés.

-Y... hablamos.

-¿Y? -insistió su tío Fausto.

-Y... nada más.

-Nada más -repitió Sandra, muy despacio, con una sonrisa de lo más peligrosa-. Nada más.

-¡Sandra! -siseó Romeo.

-Perdón -dijo ella, alzando las manos-. Pensé que estábamos siendo sinceros.

Ignacio, a su lado, se puso una mano en el pecho.

-Ay, Dios mío. Es mejor que las telenovelas.

-¡IGNACIO!

-Sí, sí, ya me callo.

---

La abuela Eleonora se levantó.

No fue un movimiento apresurado. Fue un ascenso lento y majestuoso, como el de un barco de guerra que sale del puerto. Apoyó las manos en la mesa de mármol y recorrió con la mirada a todos los presentes, uno por uno, hasta que hasta el mayordomo, que estaba en un rincón con una bandeja de plata, se puso rígido.

-Señorita Ríos -dijo-. ¿Está usted segura de lo que afirma?

-Completamente. Me hice tres pruebas.

-¿Tres?

-La cajera de la farmacia me miraba con tanta lástima que no me atreví a llevarme menos.

-Sensato -murmuró Eleonora.

-Y hoy por la tarde me hice una cuarta, en el baño de una gasolinera, por si acaso.

-¿Y?

-Dos rayitas. Otra vez.

Se oyó a alguien contener el aliento. Beatriz se llevó una mano al corazón. Augusto cerró los ojos.

-Ya veo -dijo Eleonora-. ¿Y está usted segura de que el padre es mi nieto?

Sandra se puso tensa.

-¿Perdón?

-Es una pregunta razonable.

-Es una pregunta insultante -replicó ella, con voz firme, aunque le temblaba el labio-. Con el debido respeto, señora, yo no he estado con nadie más que con su nieto. Ni antes, ni después.

Un silencio incómodo se extendió por el comedor. Romeo, en su silla, fue encogiéndose poco a poco, como si quisiera desaparecer dentro de su propia camisa.

-Nunca -añadió Sandra, mirando a la anciana a los ojos-. Con nadie. Su nieto fue el primero.

-Ay, Dios -susurró Beatriz, agarrándose a la mesa.

-El *primero* -repitió tía Delfina, con los ojos como platos.

-El primero -confirmó Sandra, y se volvió hacia Romeo con una sonrisa dulcísima-. Ya se lo había contado por la mañana, ¿verdad, cariño? Lo tomó con muchísima madurez.

Romeo deseó, con todo su corazón, que el suelo del comedor se abriera y se lo tragara.

-Romeo -dijo su padre, con una voz muy baja-. ¿Es cierto?

-Yo... -Romeo tragó saliva-. No lo sabía.

-¿Qué es lo que no sabías?

-Que era... que ella... que nunca...

-Que era virgen -completó Ignacio, servicial.

-¡GRACIAS, IGNACIO!

-De nada, primo. Para eso estamos.

---

-Fuera todos -ordenó la abuela.

Nadie se movió. Tal vez fue el impacto. Tal vez fue la curiosidad. Tal vez, sencillamente, nadie quería perderse el desenlace.

-He dicho -repitió Eleonora, con un tono que hizo que hasta las copas de cristal se estremecieran- *fuera todos*. Quiero hablar con mi nieto y con la señorita Ríos. A solas.

Los Valmont se levantaron en fila, con la lentitud de quien sabe que está cometiendo un pecado de curiosidad. Ignacio, al salir, se inclinó hacia Romeo y le dijo en un susurro:

-Que Dios te acompañe, primo. Y que tengas un buen funeral.

-Vete al infierno.

-Nos vemos allí.

La puerta se cerró. En el comedor quedaron tres personas: una anciana implacable, un hombre acorralado y una mujer con una sandalia.




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