Cero virgenes.

Capítulo 3: El sí más torpe de la historia.

El sábado amaneció con un cielo tan azul y tan perfecto que Sandra tuvo ganas de denunciarlo.

—Esto es una provocación —murmuró, asomada a la ventana en bata, con una tostada mordida en la mano y ojeras de dos días—. Un día de boda debería llover. Mínimo un poquito.

—Hay gente que paga por un clima así —dijo Lucía, sentada en la cama con una mascarilla de pepino en la cara.

—Pues que me lo compren.

—Estás nerviosa.

—No estoy nerviosa. Estoy... —Sandra buscó la palabra— *indignada con el universo*.

—Es lo mismo, pero con más drama.

Lucía había llegado la noche anterior, con una maleta de mano, una bolsa de dulces y una noticia importante: la habían nombrado oficialmente dama de honor por decisión de la abuela Eleonora, que no aceptaba negativas.

—Me llamó por teléfono —le había contado a Sandra—. Yo dije: "Señora, con todo respeto, yo solo soy una amiga". Y ella me dijo: "Querida, las mejores alianzas se hacen con amigas. Estará en primera fila". Y colgó.

—Es su forma de ser amable.

—Es su forma de ser una general del ejército.

—También.

Ahora las dos estaban en la habitación de Sandra, rodeadas de cajas, cintas, flores y un ejército de peluqueras que zumbaban como abejas obreras. El vestido, una nube de encaje marfil que la modista y sus ayudantes habían terminado a las cuatro de la madrugada, colgaba de una percha junto al espejo, como un fantasma elegante.

—Es precioso —susurró Sandra, sin poder evitarlo.

—Es *carísimo* —susurró Lucía—. Lo he visto en la etiqueta.

—No me lo digas.

—Cuesta más que mi coche.

—Tu coche cuesta trescientos euros.

—Por eso lo digo.

Sandra se rio, y la risa le sentó bien. Le aflojó los hombros. Le recordó, por unos segundos, que seguía siendo ella misma.

Entonces la modista abrió la puerta de golpe.

—¡SE HA ROTO LA CREMALLERA!

Silencio absoluto.

—¿Cómo que se ha roto? —preguntó Sandra, girándose muy despacio.

—¡Estaba probándola con mi ayudante y ha hecho *crac*! —La modista, despeinada y con un alfiler clavado en la manga, agitaba las manos—. ¡Llevo veinte años cosiendo vestidos de novia y nunca me ha pasado esto!

—¿Y qué hacemos?

—¡Tenemos dos horas! ¡Puedo coserla a mano! ¡Puedo poner botones! ¡Puedo hacer un corsé con lazos!

—¡Hágalo!

—¡Necesito que se quede muy quieta y que no respire!

—Eso es lo que llevo haciendo toda la semana.

Lucía se quitó la mascarilla de un tirón y se remangó.

—Vale, señoras. Modo emergencia. ¿Dónde está el hilo?

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A las once y media, el vestido de Sandra era una obra maestra con quince botones de perla, una hilera de lazos de seda y un pequeño secreto: en el interior, cosida a mano por una ayudante muy aplicada, la etiqueta que decía *"Que seas muy feliz"*.

Sandra la descubrió por casualidad, mientras se miraba en el espejo, y se le humedecieron los ojos.

—No llores —ordenó Lucía, sacando un pañuelo—. Te vas a correr el rímel.

—No estoy llorando.

—Tienes la nariz roja.

—Es alergia.

—Claro.

—A los vestidos caros.

—Muy común.

Se abrazaron con cuidado, para no arrugar nada, y por un momento Sandra sintió que era posible que aquello saliera bien.

Entonces llamaron a la puerta.

—Adelante —dijo Lucía.

Se abrió despacio y asomó un hombre de unos sesenta años, con un traje gris que le quedaba un poco grande, el pelo canoso peinado con agua y una corbata torcida. En las manos llevaba un sombrero de fieltro que estrujaba con nerviosismo.

—¿Papá? —dijo Sandra.

—Hola, hija —respondió Ernesto Ríos, sonriendo con timidez—. Vaya... qué guapa estás.

Sandra sintió que se le rompía algo en el pecho. Corrió hacia él, con el vestido arrastrándole la cola, y se le echó al cuello.

—¡Has venido!

—Claro que he venido. ¿Cómo no iba a venir? —La estrechó con fuerza, con las manos algo temblorosas—. Tu madre no ha podido, ya sabes cómo es con los aviones. Pero me ha dado esto para ti.

Le tendió un pequeño estuche de terciopelo azul. Dentro había un colgante de plata, muy sencillo, con una piedrecita gris.

—Era de tu abuela —dijo Ernesto—. Dice que te dará suerte.

—Papá...

—Y que si ese muchacho te trata mal, tiene mi número.

—Papá.

—Y el de tus primos.

—Papá, por favor.

—Y el del cuñado de tu tío, que es policía.

Sandra soltó una carcajada entre lágrimas, y Lucía, discretamente, se secó los ojos con la manga. Ernesto miró alrededor, contemplando el techo dorado, los cortinajes de seda, el ejército de peluqueras.

—Qué casa tan grande —murmuró—. Me da un poco de vértigo.

—A mí también.

—¿Es buena gente?

—¿Quiénes?

—Los Valmont.

Sandra se quedó pensativa, con el colgante entre los dedos.

—Algunos —dijo por fin—. Otros dan miedo. Pero creo que en el fondo... no son malos.

—¿Y él?

—¿Romeo?

—Sí.

Sandra tardó un segundo demasiado largo en responder.

—Es un idiota —dijo por fin—. Pero un idiota con solución. Creo.

Ernesto asintió con la seriedad de un hombre que ha criado a una hija terca y sabe reconocer las señales.

—Bueno —dijo, ofreciéndole el brazo—. Vamos a casarte, entonces. Y si no te gusta, hija, siempre podemos salir corriendo por la puerta de atrás. Tengo el coche aparcado justo enfrente.

—Papá, no vamos a huir.

—Solo digo que la opción está ahí.

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La capilla de la finca Valmont estaba tan llena que hasta los bancos parecían apretar el estómago.

Quinientas personas, tal como había profetizado la modista, ocupaban cada rincón del edificio, en un bosque de sombreros, abanicos y perfumes caros. Había empresarios, políticos, cuatro periodistas colados como invitados, un obispo, un alcalde y un señor muy anciano que dormía con la boca abierta en primera fila y que nadie sabía quién era.

—¿Quién es ese? —susurró Ignacio.




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