La recepción duró siete horas, cuatro discursos, tres desmayos (dos de ellos fingidos) y una pelea por el último trozo de tarta entre el alcalde y el obispo.
Para cuando el último invitado se fue, Sandra tenía los pies destrozados, la cara entumecida de tanto sonreír y una única certeza: si alguien volvía a decirle "¡Enhorabuena, querida, qué rápido ha sido todo!", con esa mirada de reojo hacia su vientre, iba a lanzarle un zapato.
Uno de charol negro. Reparado. Con muy buena puntería.
—Respira —le susurró Lucía, ayudándola a subir las escaleras del ala este con una mano en la cintura y otra sosteniendo la cola del vestido—. Ya casi acaba.
—Me duele la sonrisa.
—Eso es normal.
—Siento que se me ha quedado congelada.
—Pues te queda bien.
—Me han preguntado ochenta y tres veces de cuánto estoy.
—¿Y qué les has dicho?
—Que de once meses.
Lucía soltó una carcajada tan fuerte que se tuvo que sujetar a la barandilla.
—Eres una genia.
—Soy una mujer al límite.
Llegaron al final del pasillo. Frente a ellas se alzaban unas puertas dobles de madera oscura, con tiradores de bronce y un pequeño cartel dorado, de esos que se ponen en los hoteles de lujo. Decía, con una caligrafía muy elegante: *"Suite nupcial. Molestar solo en caso de incendio."*
—No —dijo Sandra.
—Sí.
—No, no, no.
—Sandra...
—Se suponía que yo tenía mi habitación. Con mi puerta. Y mi llave.
—Tu habitación sigue ahí —dijo una voz seca a sus espaldas—. Pero esta noche, según instrucciones de la señora Eleonora, no la usará.
Bernardo, el mayordomo, apareció de entre las sombras con las manos cruzadas a la espalda y su inexpresividad habitual.
—¿Instrucciones? —repitió Sandra.
—La señora considera que, por el bien de las apariencias, los recién casados deben pasar su primera noche en la suite nupcial. Los periodistas que asistieron a la ceremonia se han alojado en la casa de invitados, y sospecha que alguno intentará husmear.
—¿Husmear?
—Uno de ellos ya ha sido descubierto en el jardín, subido a un árbol con una cámara con teleobjetivo.
—¿Y qué han hecho con él?
—Se le ha ofrecido un té —respondió Bernardo, con un brillo apenas perceptible en los ojos— y se le ha rociado con la manguera.
—Qué hospitalario.
—Los Valmont somos una familia acogedora.
Bernardo abrió las puertas con un gesto ceremonioso y se apartó para dejarlas pasar.
Sandra entró y se quedó paralizada.
La habitación era gigantesca, iluminada por decenas de velas que titilaban sobre las cómodas, los alféizares y hasta el suelo. Había pétalos de rosa esparcidos sobre la alfombra, dibujando un camino hasta una cama enorme con dosel de seda blanca. Sobre la cama, dos almohadas con forma de corazón. Sobre la mesita, una botella de champán con dos copas y una tarjeta que decía: *"Con todo el amor de la abuela."*
—Oh, no —murmuró Sandra.
—Yo diría que sí —respondió una voz desde el otro lado del cuarto.
Romeo, sentado en un sillón junto a la ventana, con la corbata desanudada y la camisa arremangada, miraba el escenario con la expresión de quien acaba de descubrir que su casa está infestada de cucarachas.
—¿Desde cuándo estás aquí?
—Desde hace veinte minutos.
—¿Y qué has hecho?
—He intentado apagar las velas.
—¿Y?
—Vuelven a encenderse solas.
—¿Cómo?
—Bernardo dice que son eléctricas.
—¿Y los pétalos?
—Estos son reales.
Sandra dio un paso atrás.
—Esto es una emboscada.
—Es un acto de guerra —convino Romeo.
Lucía, discreta, se despidió con un abrazo apresurado y una mirada que decía *"buena suerte, te quiero, no me mates"*, y desapareció por el pasillo. La puerta se cerró. Se oyó el ruido inconfundible de una llave girando por fuera.
—¿Acaba de encerrarnos? —preguntó Sandra.
Romeo se levantó de un salto y tiró del pomo.
—¡BERNARDO!
—Buenas noches, señor —respondió la voz amortiguada del mayordomo—. Las llaves estarán a su disposición por la mañana. Órdenes de la señora.
—¡Esto es un secuestro!
—Es una luna de miel, señor.
—¡ABRE LA PUERTA!
—Que descansen.
Pasos que se alejaban. Silencio.
Romeo se volvió despacio, con las manos en la cabeza.
—Voy a matar a mi abuela.
—Yo ayudo —dijo Sandra.
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Pasaron los siguientes diez minutos inspeccionando la habitación con la meticulosidad de dos presos planeando una fuga.
—Ventana —dijo Sandra, asomándose—. Estamos en un segundo piso. Con jardín abajo.
—Con una manguera y un periodista.
—Descartada.
—Puerta de servicio.
—No hay.
—Puerta interior.
—Esa es nuestra —recordó Sandra, señalando una discreta puerta blanca en la pared del fondo—. La que comunica con nuestras habitaciones.
—Claro. Había olvidado que esta suite está conectada con las dos.
—¿Y por qué no la abrimos?
Romeo probó el pomo, tiró, empujó.
—Está cerrada.
—¿Con llave?
—Con algo peor. —Se agachó, miró la cerradura y suspiró—. Con un candado nuevo.
—¿Un candado?
—Con una notita.
Sandra se acercó. Colgando del candado, atada con una cinta rosa, había una tarjeta minúscula, con una caligrafía que reconocieron al instante: *"Las cosas buenas se consiguen despacio. Besos, la abuela."*
Se hizo un silencio muy largo.
—Voy a quemar esta casa —dijo Romeo, con voz tranquila.
—Espera a que me quite los zapatos.
Sandra se dejó caer en el borde de la cama, con un suspiro, y se descalzó. Los pies le ardían. Había caminado con tacones durante quince horas seguidas, y el zapato reparado, aunque hermoso, le había dejado una rozadura roja en el talón.
—Ay —murmuró, examinándose el pie.
—¿Qué pasa?
—Nada. Una ampolla.
—Déjame ver.
—No hace falta.
—Déjame ver, Sandra.