A las once de la noche, la casa Valmont parecía dormida.
Lo parecía, sobre todo, porque nadie sabía que en el pasillo del ala este dos personas adultas, un peluche y un gato gordo avanzaban de puntillas pegados a la pared, vestidos de negro como una banda de ladrones de guante blanco.
—Esto es ridículo —susurró Sandra.
—Es una operación de inteligencia —susurró Romeo.
—Llevas un gorro de esquí.
—Es por el factor sorpresa.
—Estamos en septiembre. Y en tu casa.
—Precisamente por eso nadie sospechará.
Sandra bajó la vista. Ramón, a sus pies, caminaba con la dignidad de un cortesano al que arrastran a una conspiración que considera de mal gusto. Lucía lo había dejado en la mansión esa tarde, alegando que "los gatos de boda son una responsabilidad de por vida". Nadie había sabido rebatírselo.
—¿Y por qué lo traemos?
—Para el plan B.
—¿Cuál es el plan B?
—Si alguien nos descubre, sueltas al gato y decimos que lo perseguíamos.
—Es un plan pésimo.
—Es un plan con un gato. Los gatos siempre funcionan.
Se detuvieron ante una puerta doble de nogal, con el pomo de bronce en forma de cabeza de león. El despacho de Eleonora. Romeo puso la mano en el picaporte, contuvo la respiración y giró despacio.
Cerrado con llave.
—Naturalmente —murmuró.
—¿Tienes un plan C?
—Tengo una horquilla.
—¿De dónde la has sacado?
—De tu tocador.
—¡Es mía!
—Te la devolveré.
—Romeo Valmont, ¿sabes abrir cerraduras con horquillas?
—No —admitió él—. Pero lo he visto en las películas.
Pasaron tres minutos. La horquilla se dobló. Sandra suspiró. Romeo sudaba. Ramón se lamía una pata con desinterés profesional.
—Déjame a mí —dijo Sandra al fin.
—¿Tú sabes?
—Soy editora. He abierto más cajones atascados que un cerrajero.
Sacó de su bolsillo una tarjeta de crédito, la deslizó por la rendija con un movimiento seco y giró el picaporte con un empujón de cadera.
Clic.
Romeo la miró, boquiabierto.
—¿Cómo lo has hecho?
—Años de práctica.
—¿Abriendo despachos?
—Abriendo cajones de escritorios de mis jefes cuando no querían darme un manuscrito. —Sonrió con malicia—. La tarjeta estaba caducada, por si te interesa.
—Me da miedo lo mucho que me gustas —murmuró él, sin darse cuenta de lo que decía.
Se hizo un silencio.
—¿Qué has dicho? —preguntó Sandra.
—Nada. Que me da miedo el gato.
—El gato no ha hecho nada.
—Precisamente. Son muy sospechosos.
Entraron.
---
El despacho olía a cuero viejo, a cera de abeja y a poder heredado. Estanterías hasta el techo, un escritorio del tamaño de una lancha, retratos de antepasados con cara de mal humor y, en la pared del fondo, una vitrina con un modelo a escala del primer barco de la naviera.
—Busca la carpeta —dijo Romeo, encendiendo una linterna diminuta.
—¿Cuál?
—La de las quince mujeres.
—Dieciséis —corrigió Sandra, con un pinchazo de orgullo herido—. Yo soy la dieciséis.
—Perdona. Con la dieciséis.
Abrieron cajones. Cajón de contratos, cajón de facturas, cajón de caramelos de menta (Romeo se comió tres antes de que Sandra lo mirara con severidad). En el cuarto cajón, cerrado con un candadito, había una caja metálica de galletas danesas.
—Bingo —susurró Sandra.
—¿Por qué guardaría una carpeta en una lata de galletas?
—Porque nadie sospecha de una lata de galletas.
—Es una gran verdad.
Sandra forzó el candado con la horquilla que Romeo había doblado (esta vez sí funcionó, y él fingió no haberse quedado impresionado). Dentro no había galletas. Había carpetas, sobres, fotografías y, encima de todo, un sobre lacrado con una sola palabra escrita con la letra afilada de Eleonora:
"Leandro."
—¿Quién es Leandro? —preguntó Sandra.
Romeo se quedó inmóvil. La luz de la linterna tembló sobre su cara.
—Es mi primo —dijo, con la voz extrañamente fría—. El mayor de los nietos. El poeta.
—¿El que os hizo... sobrevivir a un primo que se hizo poeta?
—Ese mismo. Se fue de casa a los veintidós años, después de discutir con mi abuela. Nadie sabe dónde vive. Nadie lo ha visto desde hace nueve años.
—¿Ni siquiera tú?
—Yo tenía veintiuno. Era mi mejor amigo. —Romeo apretó la mandíbula—. Un día desapareció. Sin decir nada. Me dejó una nota que decía: "Cuida de la abuela. No la dejes ganar."
—Vaya.
—No la cuidé. Y ella ganó.
Sandra le puso una mano en el brazo. Él la miró, sorprendido, como si nadie lo hubiera tocado así en años.
—Ábrelo —dijo ella, en voz baja.
—No sé si debo.
—Es tu primo.
—Es su correspondencia.
—Y esa mujer nos ha estado manipulando a los dos desde hace meses.
Romeo dudó. Miró el sobre lacrado. Luego a Sandra. Luego, con un suspiro, rompió el lacre.
Dentro había una carta manuscrita, fechada esa misma mañana. La leyó en voz baja, y a medida que leía, la cara se le iba endureciendo.
—¿Qué dice? —preguntó Sandra.
—Dice... —Romeo tragó saliva—. Dice que mañana llega.
—¿Quién?
—Leandro.
—¿Tu primo? ¿El desaparecido?
—El mismo. Mi abuela lo ha invitado a cenar. Y dice que tiene "un asunto pendiente con la familia".
Sandra sintió un escalofrío.
—Eso es lo que quiso decir con la habitación azul.
—¿Qué habitación azul?
—Le dijo a Bernardo que la preparara. Para "el último miembro de la familia".
Romeo levantó la vista, pálido.
—Sandra...
Un maullido largo y quejumbroso resonó en la penumbra.
Ambos se giraron. Ramón, sentado sobre el escritorio, tenía una pata sobre un interruptor casi invisible, camuflado entre las molduras del mueble.
—¡No lo toques! —siseó Romeo.
Demasiado tarde.
Se oyó un *clac*. La vitrina del barco se iluminó. La estantería giró sobre sí misma con un chirrido de bisagras antiguas, y ante ellos se abrió un pasadizo estrecho y oscuro, con una escalera de piedra que descendía hacia la nada.