Cero virgenes.

Capítulo 6: La deuda de Eleonora.

Sandra no lloró.

Eso fue lo que más inquietó a Romeo. Habría entendido un grito, un portazo, incluso un plato estrellado contra la pared. Pero ella se quedó sentada frente a la carpeta gris, con el colgante de su abuela apretado en el puño y la mirada fija en la fotografía amarillenta, tan quieta que parecía una figura de cera.

—Sandra —dijo él, en voz baja.

—Estoy bien.

—No lo estás.

—Estoy pensando.

—Piensas muy alto.

—Es que tengo mucho que pensar.

Ramón, todavía sentado sobre la carpeta como un juez felino, bostezó con desdén. Ignacio, que había recuperado su cuenco de palomitas del suelo, lo sostuvo contra el pecho sin atreverse a comer.

—¿Alguien va a explicar esto? —preguntó tía Delfina, con la voz temblorosa.

—Yo —dijo Eleonora.

Se había sentado de nuevo. Bernardo le había enderezado la silla sin que ella se lo pidiera, y la anciana se aferraba a los reposabrazos con las manos secas y nudosas. Ya no parecía una emperatriz. Parecía, por primera vez, una mujer que llevaba cuarenta años cargando un baúl demasiado pesado.

—Alejandro y yo nos casamos por conveniencia —empezó—. Dos apellidos, dos fortunas, una alianza. Yo lo sabía. Él también. Nos respetábamos, pero nunca nos quisimos.

—Abuela... —murmuró Augusto.

—Déjame terminar, hijo. Si me interrumpes, no tendré fuerzas para empezar otra vez.

Se hizo el silencio.

—Alejandro conoció a Mercedes en la sala de bordados de la naviera —continuó Eleonora—. Era hija de un pescador. Tenía veinte años, las manos llenas de hilo y una risa que se oía desde el pasillo.

Sandra alzó la vista muy despacio.

—Mi abuela se reía mucho —susurró.

—Lo sé —dijo Eleonora, con una mueca extraña—. Yo la oía desde mi despacho y quería estrangularla.

Ignacio soltó un resoplido. Beatriz le dio un pisotón por debajo de la mesa.

—Mi marido se enamoró de ella —siguió la anciana—. Yo me di cuenta antes que él. Y no hice nada.

—¿Nada? —preguntó Romeo.

—Nada. Ni una escena. Ni una amenaza. Porque entendí algo que no me gustó entender: que yo no iba a ganar esa batalla. Que hay cosas que no se compran con apellidos.

—¿Y qué pasó? —preguntó Sandra.

—Que Mercedes fue más lista que los dos —respondió Eleonora, y por primera vez en la noche algo parecido al respeto suavizó su voz—. Se marchó. Sin gritos, sin exigencias, sin pedir un centavo. Le dijo a Alejandro que no pensaba ser la sombra de nadie. Se casó con un marinero honrado, Tomás Ríos, y tuvo un hijo.

—Mi padre —susurró Sandra.

—Ernesto. Nació dos años después de que ella dejara la naviera. Hijo de Tomás, no de mi marido. Lo digo claramente —añadió, mirando a Romeo con una severidad casi cómica— para que a nadie se le ocurra hacer cuentas raras.

Romeo, que ya estaba haciendo cuentas raras, se puso rojo hasta las orejas.

—No estaba pensando eso.

—Claro que sí.

—Un poquito.

—Un poquito nada —dijo Leandro, sonriendo—. Te ha faltado un segundo para ponerte verde.

—¡Cállate, Leandro!

—Tranquilo, primo. Nadie es primo de nadie aquí. Excepto tú y yo. Y a veces lamento incluso eso.

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El resto de la historia salió a trozos, entre sorbos de vino, pausas dolorosas y una interrupción de Bernardo para preguntar si alguien quería postre. Nadie quiso.

Tomás Ríos, el marido de Mercedes, había sido contratado como marinero en el *Estrella del Norte*. Alejandro, por un residuo de culpa, o por un cariño que no sabía cómo nombrar, lo había recomendado personalmente.

—Yo lo firmé —dijo Eleonora, con una voz muy baja—. La contratación. Con mi propia mano.

—¿Y? —preguntó Sandra.

—Y aquel viaje no debía salir. Alejandro lo sabía. Yo también. Había una tormenta anunciada, y unos socios que presionaban para no perder la carga. Hubo una discusión terrible en el despacho. Él quería cancelar. Ellos no. Y yo... —La anciana tragó saliva—. Yo me puse de parte de los socios.

Un murmullo recorrió la mesa.

—Pensé que era una precaución exagerada —susurró—. Que los barcos de los Valmont no se hundían. Que mi marido estaba nervioso por otra razón.

—Y se hundió —dijo Romeo.

—Y se hundió. Con Alejandro a bordo, porque nunca dejaba que un barco saliera sin él. Y con catorce hombres más. Entre ellos, Tomás Ríos.

Sandra se llevó las manos a la boca.

—Mi abuelo —murmuró—. Yo nunca lo conocí. Mi padre tenía dos años cuando... —Se interrumpió—. No. Dijiste que Ernesto nació dos años *después* de que Mercedes se marchara. Entonces mi padre tenía...

—Veinte años menos de lo que tiene ahora, pero ya lo bastante mayor para recordar a su padre —dijo Leandro con dulzura—. Espera, mejor no hagas las cuentas. Yo tampoco las he hecho bien nunca.

—Las cuentas no importan —cortó Eleonora—. Lo que importa es lo que hice después.

Cerró los ojos un instante.

—Cuando la tragedia ocurrió, el pánico se apoderó de la empresa. Los socios querían un culpable que no fuera un Valmont. La aseguradora amenazaba con no pagar. Y yo, para proteger lo poco que quedaba de nuestro apellido, hice algo terrible.

—Falsificaste los informes —dijo Leandro.

—Los modifiqué.

—Es lo mismo.

—Es distinto. Yo no inventé nada. Solo retiré... ciertas cosas. Una caja de herramientas encontrada en la costa. Una carta de advertencia que Alejandro había escrito a los socios. Un testimonio de un electricista que juraba haber visto a un hombre cerca de las calderas la noche antes de zarpar.

—Un saboteador —susurró Sandra.

—Nunca lo supimos. Nunca se investigó. Yo lo enterré todo para que la familia no cayera en la ruina. Y las familias de los tripulantes...

—Se quedaron sin justicia —completó Leandro.

—Se quedaron sin explicaciones —corrigió Eleonora, con la voz rota—. Y con una indemnización miserable.

Un silencio pesado, casi físico, cubrió el comedor.




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