Sandra despertó sola, con el sol en la cara y una manzana en la mesita.
Una manzana entera, esta vez, y una nota apoyada contra ella, escrita con esa letra redonda y elegante que ahora le producía un escalofrío distinto:
"Fui a la naviera. Bernardo te sube el desayuno. Cierra con llave. No hables con nadie sospechoso. (Eso incluye a todos.) — R."
Sandra la leyó dos veces. Luego, sin saber por qué, la dobló con cuidado y la guardó dentro del peluche de conejo, junto al mensaje que aún no se atrevía a borrar.
"No busques al ladrón en la casa. Busca a quien te ha dado el ascenso."
—Es absurdo —le dijo al conejo—. Leandro me ha dado el ascenso. Y Leandro ha leído mi novela dos veces y ha sonreído con una mancha de café. Nadie que sonríe con una mancha de café puede ser malo.
El conejo no opinó.
—Claro. Tú tampoco lo sabes.
Se llevó una mano al vientre. Las náuseas habían remitido, y en su lugar quedaba una inquietud sorda, como un zumbido lejano. Debería contárselo a Romeo. Se lo había prometido en el jardín, con las manos entre las suyas y la voz rota: "Pase lo que pase, no me vas a mentir."
Pero también se lo había prometido él a ella. Y Sandra tenía una regla nueva, de las que nacen en la madrugada y mueren a mediodía: antes de acusar a alguien, hay que saber de qué.
—Solo un día —se dijo—. Averiguo qué quiere Valeria y luego se lo cuento.
El conejo, testigo silencioso, la miró con sus ojos de botón.
—No me juzgues.
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El desayuno llegó acompañado de un periódico.
—Lo trajo la señora Delfina —explicó Bernardo, dejando la bandeja con el gesto de quien deposita una bomba de relojería—. Me pidió que se lo entregara en mano y que la avisara cuando lo hubiera leído.
—¿Por qué?
—Quiere ver su cara.
Sandra desplegó El Heraldo del Corazón, un tabloide de papel satinado que solía leer en la sala de espera del dentista con una mezcla de culpa y fascinación. En portada, ocupando media página, había una fotografía. Una mujer con sombrero de paja torcido, gafas de sol y una bolsa de tela de la que asomaba un hocico naranja, se inclinaba sobre la mesa de un café con expresión de espía de opereta.
El titular, en letras rojas y enormes, decía:
¿CONVENIENCIA O AMOR? La nueva señora Valmont vigila a su marido con un gato
Y debajo, en cuerpo menor:
Un día después de la boda del año, Romeo Valmont se reúne con su antigua novia mientras su esposa los espía desde la mesa de al lado. ¿Triángulo? ¿Comedia? ¿O el mejor guion de la temporada?
Sandra se quedó inmóvil. Después dejó el periódico sobre la cama, muy despacio.
—Bernardo.
—¿Señorita?
—¿Quién ha visto esto?
—Todo el mundo, señorita. La señora Beatriz se ha desmayado con muchísima elegancia sobre el sofá del salón. Don Augusto ha pedido que traigan té y que lo dejen en paz. El señor Ignacio ha recortado la portada para enmarcarla.
—¿Y la abuela?
—La señora Eleonora ha dicho, y cito: "Publicidad es publicidad."
Sandra se tapó la cara con las manos.
—No, no, no.
—Hay una segunda página —añadió Bernardo, con voz neutra—. Con más fotografías.
—No quiero verlas.
—Me temo que son inevitables.
Con un gemido, Sandra pasó la página. Allí, en cuatro fotos consecutivas, se veía la mesa de Romeo y Valeria en el café. En la primera, ella se inclinaba hacia él. En la segunda, Romeo miraba el sobre amarillo con el ceño fruncido. En la tercera, Valeria posaba la mano sobre la de él, un gesto fugaz, casi de despedida, que la cámara había congelado con la precisión de un francotirador.
En la cuarta, Sandra, al fondo, se levantaba con una expresión que podría haber derretido el hielo del Ártico.
Al pie, un pie de foto: "Cuando la esposa descubrió el contacto, la cara lo dijo todo."
—Ese fotógrafo —murmuró Sandra, con los dientes apretados— es el mismo del árbol.
—Sí, señorita. Ha conseguido mantener su empleo tras el incidente de la manguera.
—Qué perseverancia.
—Es un gran profesional. Se le nota en los detalles.
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Sandra tomó el autobús.
No lo hizo por rebeldía ni por ahorrar, sino porque la idea de llegar a la editorial en el coche con chófer de la abuela Eleonora, con las fotografías del tabloide todavía frescas, le parecía el segundo peor plan de su vida (el primero seguía siendo arrastrarse entre unos setos).
Pero en la puerta del edificio la esperaban tres cosas: un ramo de flores, una docena de compañeros que fingían no mirarla y Gaspar, el editor de cultura, con una expresión de profunda satisfacción.
—Felicidades, señora Valmont —dijo, inclinándose con teatralidad—. Nuestra heroína.
—Gaspar.
—El país entero habla de tu gato.
—No es mi gato.
—Ahora sí. —Le entregó el ramo—. Son de parte de Leandro Valmont. Te espera en su despacho. Y, si me permites un consejo profesional, no vomites en su alfombra. Es persa.
Sandra suspiró y subió por las escaleras.
El despacho de Leandro no se parecía en nada al de Eleonora. No había estanterías de roble ni retratos con cara de mal humor. Era un cuarto pequeño, luminoso, con las paredes cubiertas de manuscritos amarillentos, dos sillones desiguales, un tocadiscos y una guitarra apoyada contra la ventana. Sobre la mesa, entre papeles y tazas sucias, descansaba un sobre grueso.
—Siéntate —dijo Leandro, sin levantar la vista de la taza que removía—. Tienes cara de haber dormido cuatro horas.
—Tres.
—Peor. Toma. —Le tendió otra taza—. Es descafeinado. Tu médico habría aprobado mi criterio.
—¿Ahora también sabes qué dice mi médico?
—Solo lo que dicen todos los médicos.
Sandra se sentó. Dejó el ramo sobre el sillón y cruzó las manos en el regazo, tan rígida como una alumna llamada al director.
—Necesito respuestas —dijo.
—Lo sé.