Cero virgenes.

Capítulo 8: La noche de la gala.

La limusina olía a cuero nuevo, a perfume caro y, desde el primer semáforo, a atún.

—Alguien —dijo Romeo, con los ojos cerrados y las manos apretando las rodillas— ha traído comida a la limusina.

—No he sido yo —dijo Sandra.

—Nadie más está aquí.

—Entonces eres tú.

—Yo no como atún.

—Tampoco yo.

Los dos se quedaron callados. Del asiento de enfrente, debajo de la funda de terciopelo, salió un chasquido húmedo y satisfecho.

—No —susurró Romeo.

Se inclinó, levantó la funda con dos dedos y encontró, hecho un ovillo naranja sobre un canapé de anchoas robado, a Ramón, que lo miró con la placidez de quien ya ha ganado la discusión.

—Lo ha vuelto a hacer —dijo Sandra, tapándose la boca para no reír.

—¡Es un polizón!

—Es un gato con criterio.

—¡Vamos a llegar a la gala más importante del año con un gato!

—Se quedará en la limusina.

—Con el chófer.

—Con Alfonso —dijo Sandra, mirando al conductor, que no había movido un solo músculo de la cara desde que arrancaron—. Alfonso, ¿le importaría cuidar de un gato durante unas horas?

—Es un placer, señora —respondió Alfonso, sin girar la cabeza—. Llevo veinte años sirviendo a esta familia. Ya no me sorprende nada.

Romeo soltó una carcajada breve, agotada, y se dejó caer contra el respaldo. Al hacerlo, notó que la mano de Sandra estaba a diez centímetros de la suya sobre el asiento, y que ninguno de los dos hacía nada por ampliar la distancia.

—Tienes miedo —dijo ella.

-No.

—Tienes las manos heladas.

—Es el aire acondicionado.

—Estamos en octubre casi.

—Es octubre y hace calor.

-Romeo.

—Un poco.

—Yo también.

Se miraron. En el reflejo de la ventanilla, las luces de la ciudad pasaban como estrellas fugaces sobre el azul de su vestido.

—Si tuviera que decirte algo importante —empezó él, despacio—, ¿me escucharías hasta el final?

A Sandra se le encogió el estómago.

-Eso depende.

—¿De qué?

—De si es algo bueno o algo malo.

—Es... —Romeo se pasó la lengua por los labios—. Es algo que aún no sé si es bueno o malo.

—Entonces no me lo digas ahora.

—¿Por qué?

—Porque esta noche tengo que sonreír durante cuatro horas —dijo ella, con una sonrisa triste—. Y si me dices algo importante, se me olvidará cómo se hace.

Él asintió, con una mezcla de alivio y culpa.

—Vale. Después de la gala.

—Después de la gala.

Ninguno de los dos supo que estaban prometiendo, en el mismo instante y con las mismas palabras, dejar para más tarde los dos secretos que les quemaban la lengua.

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El Palacio de la Bolsa era un edificio de piedra blanca con columnas altísimas, escalinata de mármol y una alfombra roja tan larga que parecía una invitación a marchar sobre un campo de batalla. A ambos lados, tras una barrera de terciopelo, veinte fotógrafos dispararon a la vez cuando la limusina se detuvo.

—¡Señor Valmont! ¡Aquí, señor Valmont!

—¡Señora Valmont, una sonrisa!

—¡Señora Valmont! ¿Dónde ha dejado al gato?

Sandra se agarró al brazo de Romeo con una fuerza que le clavó las uñas en la manga.

—¿Lo has oído?

—Lo he oído.

—Preguntan por el gato.

—El gato es una celebridad.

—Voy a matar a ese fotógrafo.

—Sonríe —dijo Romeo, con los dientes apretados y una sonrisa perfecta pegada a la cara—. Es la regla número tres.

—Odio la regla número tres.

—Yo también.

Subieron la escalinata del brazo, con la cabeza alta y una lentitud calculada. Al pie de los peldaños, apoyado en un árbol con un teleobjetivo colgado del cuello y una cara sospechosamente satisfecha, distinguieron al hombre del seto. Sandra le dedicó una sonrisa de dientes afilados. Él levantó la cámara y disparó.

—Me está fotografiando la cara de asesina —murmuró.

—Saldrás preciosa.

—Saldré en portada.

—Ya has salido en portada.

—Con un gato.

—Con un gato y un sombrero.

Sandra soltó una risa que casi fue un ahogo. Detrás de ellos, Eleonora, con su diadema de plata y su bastón, avanzaba con el paso majestuoso de una reina que pasa revista a sus dominios. Nadie se atrevía a mirarla a los ojos.

—Recordad —dijo, sin volver la cabeza—. Juntos. En todo momento.

—Sí, abuela.

—Sí, señora.

—Y si alguien os pregunta por el gato, decís que es una leyenda urbana.

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El salón principal era una catedral de cristal.

Una gigantesca lámpara de araña, con más de dos mil lágrimas de vidrio, presidía el techo pintado con frescos de barcos y sirenas. Mesas redondas cubiertas de manteles blancos, centros de flores que costaban más que el alquiler de Sandra, camareros con bandejas de canapés microscópicos, una orquesta de cámara tocando en un rincón. Y, por todas partes, gente que hablaba en susurros y sonreía sin mover los ojos.

—Nunca había visto tantas joyas juntas —susurró Sandra.

—Es una exposición ambulante.

—¿Quién es esa señora del collar de perlas?

—Doña Amparo. Viuda del presidente del banco.

—¿Y ese señor del bigote?

—El ministro de Transporte.

—¿Y ese del monóculo?

—Mi profesor de latín del colegio.

—¿Tenía monóculo?

—Lo llevaba en sexto de primaria y todavía nos da miedo.

Sandra sonrió. Romeo le apretó la mano por debajo del brazo, un gesto pequeño, casi mecánico, que hizo que a ella le subiera una ola de calor al cuello.

—Tranquila. Estoy contigo.

—¿Y si me pierdo?

—No te dejaré.

—¿Y si tengo que ir al baño?

—Te acompaño hasta la puerta.

—Eso es muy incómodo.

—Es una orden de mi abuela.

—Qué tirana.

—Ya lo dijiste antes.

—Merece repetirse.

Una voz cálida, grave y conocida los interrumpió.

—Buenas noches, tortolitos.

Se giraron a la vez. Dante y Mateo, con esmoquin y pajarita torcida, los miraban con una sonrisa gemela, uno con una copa de champán en cada mano.




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