Cero virgenes.

Capítulo 9: La sala de la Estrella del Norte.

Lucía frenó tan cerca de la puerta del museo que el parachoques rozó una maceta.

—Vale —dijo, apagando el motor—. Ya hemos llegado. Ahora, el plan.

—No hay plan —dijo Sandra.

—Siempre hay plan.

—Voy a entrar, hablo con Valeria y salgo.

—Eso no es un plan. Es una lista de deseos.

Sandra bajó del coche con el vestido azul de Mercedes recogido en una mano y el colgante latiéndole contra el pecho. Ramón saltó tras ella, aterrizó con elegancia sobre los adoquines y se sentó a esperar, con la cola enroscada, como un mayordomo felino.

—Tú te quedas —le dijo Sandra.

—Miau.

—Lucía, sujétalo.

—Ni loca. Me arañó en la boda.

—Fue en defensa propia.

—¡Le pisé la cola por accidente!

—Con un tacón.

Al pie de la escalinata, envuelta en un abrigo negro que dejaba asomar un vestido rojo, Valeria las miraba con los brazos cruzados. No sonreía. En la luz amarillenta del farolillo, con el maquillaje impecable y las ojeras hondas, parecía una estatua cansada.

—Has venido —dijo.

—Dijiste que era sobre mi abuela.

—Y lo es.

—¿Y por qué aquí?

—Porque lo que buscas está aquí. —Valeria miró a Lucía—. Sola, he dicho.

—Yo no soy ella —replicó Lucía—. Soy su dama de honor. Es un cargo vitalicio.

—Lucía —suspiró Sandra.

—Vale, vale. —Levantó las manos—. Me quedo en la puerta con el gato. Si en veinte minutos no has salido, llamo a la policía, a los bomberos y a la abuela Eleonora, por ese orden.

—Que sea al revés.

—¿Por qué?

—Porque la abuela da más miedo.

Valeria arqueó una ceja con lo que, en otra mujer, habría sido una sonrisa. Después empujó la puerta de hierro, que se abrió con un quejido largo, y le hizo una seña a Sandra para que la siguiera.

---

El Museo Marítimo, de noche, era un mundo de sombras.

Los maniquíes con uniformes de capitán parecían inclinarse al paso de las visitantes. Las maquetas de galeones, alineadas tras cristales polvorientos, brillaban como reliquias de un cementerio de barcos. Un mascarón de proa, con la cara desconchada de una sirena, las observaba desde lo alto de la escalera, con una expresión de reproche antiguo.

—Qué alegre —murmuró Sandra.

—Espera a ver la planta de arriba.

—¿Por qué me trajiste aquí, Valeria?

—Porque es el único edificio de esta ciudad que Eleonora nunca ha podido comprar.

—Eso no es una respuesta.

—Es el principio de una.

Subieron por una escalera de mármol gastado. Sus pasos resonaban en el silencio, y Sandra, sin querer, empezó a contarlos. Veintitrés escalones. Un pasillo estrecho. Una puerta doble de madera oscura, con una placa de bronce deslucida que decía, en letras góticas: **SALA DEL ESTRELLA DEL NORTE. Homenaje a los caídos.**

—Entra —dijo Valeria.

La sala era circular, de techo alto, con una única ventana por donde la luna colaba una franja plateada. En las paredes, cientos de fotografías en blanco y negro de hombres con gorra y jerséis de lana, alineadas en filas de quince. Cada una con un nombre debajo. En el centro, sobre un pedestal de piedra, la maqueta del barco, tan minuciosa que hasta las diminutas velas parecían agitarse con una brisa que no existía.

Sandra se acercó despacio a la pared del fondo. Recorrió con la mirada los nombres, uno por uno, hasta detenerse en el décimo.

**Tomás Ríos. Marinero. 27 años.**

Un hombre de cara ancha, con la gorra torcida y una sonrisa a medias, la miraba desde el marco. Tenía los ojos de su padre.

—Abuelo —susurró.

No lloró. Se llevó una mano al colgante y tocó la piedra gris con las yemas de los dedos.

—Lo hicieron a propósito —dijo Valeria, a su espalda, con una voz más suave de lo que Sandra esperaba—. Lo de colgar las fotos en orden alfabético. Para que nadie pudiera decir que un nombre valía más que otro.

—¿Quién?

—La viuda de uno de los tripulantes. Tardó diez años en reunir el dinero para abrir esta sala. Eleonora se ofreció a pagarlo todo. Ella se negó.

—Buena mujer.

—Una de las pocas.

Sandra se giró.

—Valeria. Dime qué quieres de mí.

—Quiero que me des el colgante.

—No.

—Solo un momento.

—He dicho que no.

—No voy a quitártelo. —Valeria levantó las palmas—. Quiero que lo pongas aquí.

Señaló el pedestal. Sandra se acercó con recelo. En la base de piedra, tan bien disimulada que solo se veía con la luna en un ángulo exacto, había un hueco en forma de estrella de ocho puntas, del tamaño de una moneda.

Sandra sintió que le fallaban las rodillas.

—¿Qué es esto?

—Una cerradura.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque hace un año, buscando un contrato en el archivo del bufete, encontré una carta de Alejandro Valmont dirigida a la directora del museo. Le pedía que guardara un depósito en esta sala, con una condición: que solo pudiera abrirse con "la estrella de Mercedes".

—¿Una carta de mi... de Alejandro?

—Fechada el día antes de zarpar.

—¿Y qué hay dentro?

—No lo sé. Nunca he podido abrirlo. —Valeria bajó la voz—. Y tampoco puedo hacerlo yo sola.

—¿Por qué?

—Porque hace falta otra pieza.

—¿Cuál?

—El sello.

Sandra tardó dos segundos en entenderlo.

—El anillo.

—El anillo con la estrella. El de la familia. Alguno de ellos.

—Hay muchos.

—Solo uno encaja.

—¿Cómo sabes cuál?

—No lo sé —admitió Valeria—. Por eso te necesito.

—¿A mí? Yo no tengo ningún anillo.

—Pero tienes el colgante. Y tienes a Romeo. Y a Leandro. Y acceso a la casa. —Valeria se acercó un paso—. Yo llevo un año buscando esto sola, y cada puerta que abro se cierra detrás de mí. Eleonora me despidió. Los Ferrer me amenazaron. Nadie me cuenta nada.

—¿Los Ferrer?

—Gustavo Ferrer y su hijo. Llevan años queriendo entrar en esta sala.

—¿Por qué?

—Porque también creen que aquí está la verdad.




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