Cero virgenes.

Capítulo 10: Lo que se dice cuando hay público.

Hay silencios que se pueden cortar con un cuchillo. El de la sala del Estrella del Norte habría necesitado, como mínimo, una motosierra.

Romeo, en el umbral, respiraba como si acabara de correr un maratón. Sandra, junto al pedestal, tenía las manos crispadas sobre el vestido azul y la mirada de quien acaba de ser sorprendida con el dedo en un pastel prohibido. Valeria fingía un interés repentino por las fotografías de la pared. Lucía, con la llave inglesa apoyada en el hombro, miraba a todos con expresión de árbitro sin silbato.

Y en el centro, con el bastón de ébano y un gato naranja en el brazo, Gustavo Ferrer sonreía como si acabara de encender una chimenea.

—Bien —dijo—. Ya estamos todos. Qué agradable.

—Suelta al gato —dijo Sandra.

—Con mucho gusto. —Se inclinó y lo depositó en el suelo con delicadeza. Ramón se sacudió la pelambrera, lo miró con desdén, cruzó la sala con la cola en alto y se sentó junto a Sandra—. Un animal notable. Tiene un criterio impecable para el jamón y unos modales pésimos.

—Se parece a su dueña —murmuró Lucía.

—No es mío —dijo Sandra, sin apartar los ojos de Romeo.

Él dio un paso hacia ella.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Te ha hecho algo?

—Ha ofrecido tila.

—Eso es muy sospechoso —dijo Romeo, con una gravedad absurda.

—Lo sé.

—¿Y tú por qué has salido por la puerta de servicio?

Hubo un segundo. Un segundo pequeño, con esquinas.

—Porque tenía que venir aquí.

—¿Sola?

—Sí.

—¿Sin decírmelo?

—Sí.

—¿Por qué?

Sandra abrió la boca, y la cerró. Era una pregunta que llevaba veinticuatro horas esperando, y aun así no encontró la respuesta que había ensayado. Delante de ella, Romeo apretaba la mandíbula con esa expresión que había visto en el jardín y en el coche: la de un hombre que decide escuchar antes de gritar.

Solo que esta vez no se le daba bien.

—Porque me lo pidieron —dijo por fin.

—¿Quién?

—Valeria.

Romeo giró la cabeza hacia la mujer del vestido rojo, que dejó de examinar las fotografías con una lentitud estudiada.

—¿Tú?

—Yo —admitió Valeria—. Le mandé un mensaje anoche. Y otro después.

—¿Qué mensajes?

—Uno que decía que viniera sola —dijo Sandra, con un hilo de voz—. Y que no te lo contara a ti. Ni a Leandro.

Leandro, junto a la puerta, se pasó la mano por la cara con un suspiro.

—Ya empezamos.

—Y tú lo sabías —dijo Romeo, volviéndose hacia su primo.

—Sabía que Sandra tenía dudas.

—¿Y no me lo dijiste?

—Me pidió tiempo.

—¿Ella?

—Yo le pedí a ella que te lo callara —aclaró Leandro, alzando las palmas—. Dos días. Solo eso.

—¿Y tú aceptaste? —Romeo miró a Sandra.

—Sí.

—Después de prometerme...

—¡Después de que TÚ me lo prometieras!

Fue un grito corto, agudo, que rebotó entre las fotografías de los caídos y volvió convertido en eco. Ramón levantó las orejas. Ferrer, con las manos cruzadas sobre el bastón, alzó ligeramente las cejas con el interés de un espectador en un teatro.

—¿Perdón?

—¡Que TÚ también me lo prometiste! —Sandra dio un paso al frente, con los ojos brillantes y las mejillas encendidas—. En el jardín. Con mis manos entre las tuyas. "Pase lo que pase, no te voy a mentir." ¿Te acuerdas?

—Claro que me acuerdo.

—¡Pues dime qué me has estado ocultando!

Romeo palideció.

—Yo no...

—Anoche, en tu habitación. Te oí abrir un cajón. Te oí leer un papel. Y hoy, en el desayuno, mirabas a tu tío como si quisieras clavarle un tenedor.

—Eso es distinto.

—¿Por qué?

—Porque yo estaba investigando.

—¡Yo también!

—¡Tú te escapaste por la puerta de servicio con tu amiga!

—¡Y tú te fuiste a un sótano con un archivero!

—¿Cómo sabes...?

—¡Bernardo me lo dijo esta tarde! —Sandra dejó de gritar y bajó la voz, con una amargura que dolía más que el grito—. Me lo dijo mientras me servía el té. "El señor Romeo pasó ayer por el archivo de la naviera, señorita. No se lo cuente a nadie."

—Ese Bernardo —murmuró Leandro—. Es un colador.

—Es un fiel servidor con opiniones —corrigió Lucía.

—¿Qué encontraste en el archivo? —preguntó Sandra.

Romeo dudó. Todos lo vieron dudar.

Después, con un suspiro, sacó del bolsillo la fotocopia doblada y se la tendió.

—Un registro de préstamo. Con dos iniciales.

Sandra desplegó el papel bajo la luz de la luna. Leyó las letras inglesas, perfectas, ligeramente inclinadas.

F. V.

—Fausto —susurró.

—Eso pensé yo.

—¿Y no?

—Leandro dice que no es Fausto.

—¿Por qué?

—Porque prefiere comprobar antes de decírmelo —dijo Romeo, lanzando una mirada afilada a su primo—. Como siempre.

—Es lo mejor que sé hacer —se defendió Leandro.

—Es lo peor.

Sandra dobló el papel con lentitud. Miró a Romeo, y él vio en sus ojos algo mucho más dañino que la rabia: una decepción tranquila, casi cansada.

—Los dos hemos estado escondiéndonos cosas —dijo.

—Sí.

—Y no nos hemos contado nada.

—No.

—Después de prometernos que...

—Lo sé.

—Entonces —dijo Sandra, con una voz muy baja—, ¿qué somos?

La pregunta cayó en la sala como una piedra en un pozo. Nadie respiró. Ni Lucía, ni Leandro, ni siquiera Ferrer, que había dejado de sonreír para inclinar ligeramente la cabeza.

Romeo abrió la boca.

—Yo...

—No —dijo Sandra, alzando una mano—. No contestes ahora. Aquí no.

—Sandra...

—Aquí hay gente.

—Me da igual.

—A mí no.

—Estamos en un museo.

—Lo sé.

—Con un señor que me pone los pelos de punta.

—Gracias, joven —murmuró Ferrer.

—¡No hablaba con usted!

—Naturalmente.

Sandra soltó una risa involuntaria, breve, húmeda. Se llevó la mano a la boca para ahogarla, pero era tarde. Romeo también sonrió, un gesto cansado, torcido, casi doloroso.




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