Cero virgenes.

Capítulo 11: Gertrudis y otras confidentes.

El piso de Lucía medía treinta y ocho metros cuadrados, y treinta y siete estaban ocupados por plantas.

—Pasa, pasa —dijo, empujando la puerta con la cadera y encendiendo una lámpara con forma de flamenco—. Cuidado con Gertrudis.

—¿Quién es Gertrudis?

—La monstera.

—¿La qué?

—Esa. —Lucía señaló una planta del tamaño de un hipopótamo que ocupaba el rincón del salón y le hacía sombra al televisor—. Es muy celosa. Si le pisas una hoja, se pone mustia una semana.

Sandra avanzó de puntillas, con el vestido azul recogido en una mano y la llave de latón en la otra. Ramón entró detrás, olfateó la maceta, le lanzó a la monstera una mirada de profundo respeto y se subió al sofá sin pedir permiso.

—Ese gato —dijo Lucía— tiene más cara que espalda.

—Es una celebridad nacional. Se lo permitimos.

El sofá era un sofá cama de color mostaza, con un cojín bordado que decía "Hoy no" y una manta de lana cubierta de pelos de gato que no eran de Ramón. Sandra se sentó en el borde y se descalzó los zapatos de charol con un suspiro que le salió desde los talones.

—Te hago algo de cenar.

—No tengo hambre.

—Te hago una tortilla de emergencia.

—Lucía...

—Con mucha cebolla. Y queso. —Se ató un delantal que decía "Besa a la cocinera (con precaución)"—. Para el bebé.

Sandra sonrió, a pesar de todo.

—Con cebolla, el bebé va a salir llorando.

—Con una buena infancia, saldrá riendo.

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A las cuatro de la madrugada, Sandra seguía despierta.

Había comido media tortilla, se había lavado la cara, se había puesto una camiseta de Lucía que decía "Yo sobreviví a la reunión que podía ser un correo" y se había tumbado en el sofá cama con los ojos abiertos de par en par. Lucía roncaba en el cuarto de al lado con la puerta entornada. Ramón dormía a sus pies, enroscado como una bufanda naranja. En el rincón, Gertrudis proyectaba sobre la pared una sombra de selva.

Sandra levantó la llave de latón a la luz de la farola que entraba por la ventana.

Era pequeña, apenas del largo de un dedo, con la cabeza en forma de estrella de ocho puntas. La giró entre los dedos. En el tallo, casi borrado por el tiempo, había un número grabado: 43. Del otro lado, en la tarjeta amarillenta, junto a la letra de Alejandro, había un diminuto dibujo a tinta, apenas una línea ondulada.

Una ola.

—La otra mitad está donde el mar devuelve lo que se lleva —murmuró.

—Es un bar —dijo una voz desde la puerta.

Sandra dio un respingo. Lucía, despeinada, con un pijama de dinosaurios y el móvil en la mano, se apoyaba en el marco con los ojos medio cerrados.

—¿Qué?

—Lo he buscado. Estaba despierta. —Se sentó a su lado, sin pedir permiso, y le tendió el teléfono—. "Donde el mar devuelve lo que se lleva." Primer resultado: un bar de copas en el paseo marítimo. Se llama El Retorno. Tiene una terraza con vistas y unos mojitos que dicen que son de otro mundo.

—Alejandro murió en 1983.

—El bar abrió en 2011.

—Entonces no es.

—Eso pensé. Segundo resultado: un poema de un tal Neruda.

—Tampoco.

—Tercero: la oficina de objetos hallados del puerto.

Sandra levantó la cabeza.

—¿Objetos hallados?

—Donde llevan lo que encuentran flotando, en la playa, en los muelles. —Lucía bostezó—. Bufandas, gafas, llaves, un cuarto de ballena disecada, según una reseña de 2016.

—¿Un cuarto de ballena?

—Es lo que dice la reseña.

—Eso es absurdo.

—Es una oficina del puerto. Todo es absurdo.

—Pero encaja.

—Yo no he dicho que encaje.

—Número 43.

—Podría ser un casillero.

—O una caja.

—O una habitación.

—O un faro.

—O el cuarto de ballena —dijo Lucía, con gravedad.

Sandra soltó una risita que se convirtió, sin que pudiera evitarlo, en un sollozo. Se tapó la boca con el dorso de la mano. Lucía no dijo nada. La abrazó por los hombros, apoyó la barbilla en su pelo y esperó, con la paciencia de quien sabe que hay llantos que solo necesitan compañía.

—Lo estropeé —dijo Sandra, al cabo de un rato.

—No.

—Le mentí.

—No le mentiste. Le callaste.

—Es lo mismo.

—No lo es. Pero duele igual.

—¿Y si ya no me perdona?

—¿Tú lo perdonarías a él?

Sandra se quedó callada. Pensó en el sótano, en el archivo, en el papel con dos iniciales. Pensó en una puerta cerrada con dos llaves y en dos voces diciendo buenas noches a través de la madera.

—Sí —dijo.

—Entonces ya sabes lo que tienes que hacer.

—No me apetece.

—Ni a él.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque corrió descalzo por un callejón gritando tu nombre —dijo Lucía—. Me lo contó Dante en el pasillo del museo. Dijo que se le cayó un zapato.

Sandra se quedó mirándola.

—¿Se le cayó un zapato?

—Uno de los de esmoquin. Charol negro. Se quedó allí, tirado entre los cubos de basura.

—Eso es muy... —Sandra buscó la palabra— ...Cenicienta.

—Pero al revés.

Las dos se rieron en voz baja, abrazadas en el sofá cama, con la llave de Alejandro entre las manos y un gato naranja que las observaba con un ojo entreabierto. Cuando Lucía se fue a dormir, Sandra se quedó mirando la alianza que llevaba en el dedo. La giró una vez. Luego otra. La sacó a medias, hasta el nudillo, y la dejó ahí un momento, suspendida.

Después, despacio, la volvió a empujar hasta el fondo.

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En la mansión Valmont, a esa misma hora, nadie dormía.

Dante, Mateo e Ignacio roncaban en tres sofás del salón principal, con las corbatas por la cabeza y los zapatos secándose junto a la chimenea. Leandro, sentado en un escalón de la escalera con la guitarra apoyada en el hombro, rasgueaba sin sonido, moviendo los dedos sobre las cuerdas. Y en el salón de fumadores, con la puerta cerrada y una lámpara de pie como única luz, Romeo miraba a su abuela con ojos de hombre que no ha dormido en cuarenta horas.




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