Cero virgenes.

Capítulo 12: Las nuevas reglas de la señora Valmont.

El bastón de Eleonora Valmont no se parecía en nada a la sombra que Romeo había visto desaparecer tras el marco de una puerta.

Se lo dijo a sí mismo con firmeza mientras recorría el pasillo del ala este, descalzo, con la vela muerta en una mano y el trozo de papel crema en la otra. Se lo repitió al llegar a la puerta del cuarto de invitados. Se lo repitió cuando giró el pomo, empujó con el hombro y entró.

—¿Abuela?

La habitación azul estaba a oscuras. La ventana, abierta de par en par, dejaba entrar un aire frío que olía a hierba mojada. En el centro, sentada en el borde de una cama que nadie había deshecho, con un camisón gris y un chal sobre los hombros, Eleonora lo miraba con una calma tan perfecta que resultaba sospechosa.

—Llegas tarde —dijo.

—¿Tarde para qué?

—Para el espectáculo. Ya se ha ido.

—¿Quién?

—No lo sé. —Alzó el bastón doblado, que había apoyado contra la cama—. Oí ruidos desde mi cuarto. Vine con esto. Cuando abrí, la ventana estaba así y el cuarto vacío.

—¿Y no viste a nadie?

—Una sombra. En el jardín. Con sombrero.

—¿Sombrero?

—O con una cabeza muy grande. A mi edad, todo se confunde.

Romeo cruzó la habitación y se asomó a la ventana. El jardín dormía bajo la luna, con los setos recortados como soldados de guardia y el ángel de la fuente escupiendo agua en el silencio. Nada se movía. Sobre el alféizar, apenas visible, había una huella de barro con la forma de la punta de un bastón.

—Esto no lo has hecho tú.

—Mi bastón no deja esas huellas.

—¿Por qué?

—Porque tiene contera de goma. —Eleonora sonrió con amargura—. Me lo puso Bernardo hace diez años, para que no resbalara. Es el único objeto de esta casa que nunca ha hecho ruido.

Romeo dejó el papel crema sobre la cama. La anciana lo miró sin tocarlo.

—¿Lo reconoces?

—Es de mi caja.

—¿La de la sala circular?

—Esa. Solo hay un lugar donde queda de ese papel. —Entrecerró los ojos—. Y solo tres personas saben cómo se entra.

—¿Quiénes?

—Tú. Leandro. Sandra.

—Y la persona que dejó esto.

—Y esa persona —admitió Eleonora— que, por lo visto, lleva años entrando sin que yo me entere.

Romeo se sentó a su lado. Los dos se quedaron en silencio, mirando la ventana abierta. Eran las once de la noche y parecía que el mundo entero se hubiera detenido a esperar.

—Abuela.

—Dime.

—¿Tienes miedo?

—Mucho —dijo ella, sin dudarlo—. Desde hace cuarenta años.

—¿De qué?

—De que alguien me devuelva lo que hice.

Romeo no preguntó más. Le puso la mano sobre la suya, un gesto torpe y breve, de los que no se hacen casi nunca, y ella no la retiró. Al cabo de un minuto, murmuró:

—Y tú, ¿de qué tienes miedo?

—De que Sandra no me llame.

—Te llamará.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque es de las que cumplen —dijo Eleonora, con un deje extraño en la voz—. Aunque les cueste.

---

A las ocho de la mañana, Sandra se sentó a la mesa de la cocina de Lucía con un cuaderno de espiral, un bolígrafo azul y una taza de chocolate.

—Voy a escribir una lista —anunció.

—¿De qué? —preguntó Lucía, sin levantar la vista de la tostada.

—De reglas.

—Ya hay demasiadas reglas en esta historia.

—Estas son mías.

Escribió con letra firme, subrayando dos veces el título:

LAS NUEVAS REGLAS DE LA SEÑORA VALMONT

Lucía, curiosa, se inclinó por encima de su hombro.

—Regla uno —leyó en voz alta—. "Cero vírgenes." Eso ya está roto.

—Lo sé. Es la primera de Romeo. Quiero repasar cuáles ha roto él y cuáles me quedan por romper a mí.

—¿Y eso para qué?

—Para divertirme.

—Sandra...

—Hace tres semanas, ese hombre prometió "cero dramas, cero compromisos, cero sentimientos" —dijo ella, subrayando cada palabra con el bolígrafo—. Y ahora vive con una mujer embarazada en una mansión con una puerta interior, ha bailado un vals delante de mil personas y me ha mandado una manzana cortada en cuatro trozos. Sus reglas son un colador.

—¿Y las tuyas?

—Las mías son mejores.

Escribió debajo:

2. Cero dramas → Provocar al menos uno por semana (nada grave, tipo gato).

3. Cero compromisos → Ya casados. Resuelto.

4. Cero sentimientos → Ver punto siguiente.

—¿Qué es el punto siguiente? —preguntó Lucía.

—Todavía no lo sé.

—Eso es mentira.

—Es cierto.

—Tienes la cara roja.

—Es el chocolate.

—Claro.

Sandra dejó el bolígrafo, tomó el móvil y buscó el contacto. Tenía el pulgar sobre el botón verde y el corazón en algún lugar de la garganta. Mañana lo llamo, le había dicho a Bernardo. Y ya era mañana.

—Lo voy a hacer —dijo—. En voz alta, para que no me eche atrás.

—Qué valiente.

—Cállate.

Pulsó.

Un tono. Dos. A la tercera, antes de que sonara el cuarto, la línea se abrió con un chasquido apresurado.

—¿Sandra?

La voz de Romeo sonaba ronca, un poco rota, con algo de sueño y algo de pánico.

—Hola.

—Hola.

—¿Te he despertado?

—No. Bueno, sí. No. —Se oyó un golpe y un juramento—. Estaba en el suelo.

—¿Por qué estabas en el suelo?

—Me caí de la cama. Por los nervios.

Sandra se tapó la boca con la mano para no reír. Lucía, junto a ella, hizo un gesto exagerado de ternura y fingió desmayarse sobre la tostada.

—¿Estás bien? —preguntó él.

—Sí. ¿Y tú?

—Mejor desde hace diez segundos.

Hubo un silencio corto. Un silencio con esquinas redondeadas.

—Quería decirte una cosa —dijo Sandra.

—Dime.

—Que esta noche no dormí bien.

—Yo tampoco.

—Y que la manzana estaba rica.

—No creo que... Era una manzana normal.

—Estaba cortada en cuatro trozos.

—Eso sí.

—Nadie me había cortado una manzana en mi vida.

—Pues es muy fácil. Solo hay que tener un cuchillo y ganas.

—Y ganas —repitió ella, muy bajito.




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