Cero virgenes.

Capítulo 12/2: Helado bajo la lluvia.

La taberna del muelle viejo se llamaba El Naufragio Feliz, y tenía, por todo mobiliario, seis mesas cojas, una barra de zinc y una dueña con más carácter que el mar.

-¡No se aceptan gatos! -gritó doña Pura, blandiendo un trapo.

-No es nuestro -dijo Romeo.

-¡Pues que se vaya!

-Se llama Ramón.

-¡Me da igual cómo se llame!

Ramón, empapado, con el pelaje pegado al cuerpo y una expresión de dignidad herida, cruzó el umbral, se sacudió sobre el felpudo, salpicando a dos pescadores que jugaban al dominó, y se subió a un taburete con la solemnidad de un cliente habitual.

-Ese gato -dijo doña Pura, bajando el trapo- tiene una cara que me suena.

-Salió en el periódico.

-¿En cuál?

-El *Heraldo del Corazón*.

-¡Ah, el del sombrero! -La mujer cambió de expresión de golpe, como quien descubre que el ladrón es un vecino-. ¡Siéntense, siéntense! ¿Qué quieren tomar? ¡La casa invita!

-Un café -dijo Romeo.

-Una infusión -dijo Sandra-. Y un helado.

-¿Un helado? Con este tiempo.

-Es una cuestión de principios.

-Ay, hija. -Doña Pura miró su vientre con ojos de experta-. Se nota. Tengo uno de turrón en el congelador, de la época de mi marido. Nadie se lo ha comido en cuatro años.

-¿Está bueno?

-No lo sé. Pero resiste.

Se sentaron junto a la ventana, con el paraguas escurriendo en un rincón y la caja de latón entre los dos, sobre una mesa cojeante que Romeo calzó con un posavasos. La lluvia golpeaba los cristales con furia pareja. Fuera, el mar rugía contra la escollera, gris y tenaz.

-Bien -dijo Sandra, abriendo el cuaderno de espiral-. Trato.

-Trato.

-Todo. Menos una cosa.

-Todo menos una cosa. ¿Quién empieza?

-Yo.

Habló durante quince minutos sin parar. Le contó los mensajes de Valeria, el pedestal de la sala del *Estrella del Norte*, el colgante encajado en el hueco, la frase de la última página que ella no había escrito y que alguien había añadido a su manuscrito: *"había dos hombres en el muelle"*. Le habló del cuento de su abuela, del anillo y de la habanera, y de aquel hombre del rompeolas, con sombrero y cojera, que cada catorce de octubre dejaba un ramo de flores junto al de Mercedes.

Romeo escuchó sin interrumpir. Cuando ella terminó, se quedó mirando el cuaderno, donde su letra pequeña y apretada trazaba flechas, tachones y signos de interrogación.

-Una cojera -dijo.

-Sí.

-Y un bastón.

-Dos hombres con un bastón, quizá. Uno en el muelle de 1983. Otro en el museo, anoche.

-Ferrer.

-No lo sé. Puede que sí. Puede que no. -Se mordió el labio-. Por eso quería oírte a ti.

Romeo apoyó los codos en la mesa y empezó su parte. El registro del archivo con las iniciales *F. V.*, la conversación con Anselmo, el desayuno incómodo con tío Fausto y el anillo que no dejaba de brillarle en el dedo. El móvil con el contacto *A. F.* La confirmación de Leandro de que Fausto estaba en Mallorca cuando se pidió el expediente. El papel crema con la marca de agua y la sombra con bastón que había desaparecido tras una puerta, la noche anterior.

-¿Anoche? -preguntó Sandra, alarmada-. ¿Estás bien? ¿Te hizo algo?

-Nada. Fue solo una sombra. -Evitó mirarla-. Una sombra con mucho teatro.

-Podrías haberme llamado.

-Estabas con Lucía.

-Podrías haberme llamado igual.

-Lo sé.

-Romeo.

-Lo sé -repitió él, bajando la voz-. Es lo que intento hacer ahora.

Sandra lo observó un instante. En sus ojos oscuros había ojeras profundas y una sinceridad torpe que le resultó casi dolorosa. Cerró el cuaderno, lo apartó y apoyó las manos sobre la mesa, a cinco centímetros de las suyas.

-Y la otra cosa -dijo-. La que no me vas a contar todavía.

-No es mala.

-¿Es buena?

-No lo sé.

-¿Es peligrosa?

-Para mí, un poco.

-¿Para mí?

Romeo tardó en contestar.

-Sí, si te la cuento en mal momento.

-Entonces espera -dijo Sandra, con una sonrisa pequeña-. Y cuando llegue el momento, me avisas.

-¿Cómo sabré que es el momento?

-Lo sabrás.

-Eso no es una respuesta.

-Es lo mejor que tengo.

Doña Pura apareció con un café humeante, una infusión de tila (Romeo la miró con recelo, Sandra le dio un golpecito en el brazo) y un cuenco de cristal con una bola de turrón, rígida como una piedra, adornada con una pajita doblada.

-Aquí lo tienen -anunció, con orgullo-. Le doy mi bendición.

Sandra hundió la cuchara. No cedió. Probó otra vez, con más fuerza. La cuchara se dobló en un ángulo extraño.

-Creo que está bueno -dijo, con la voz tensa.

-Es helado de museo.

-Es *vintage*.

-Es un fósil.

Romeo agarró otra cuchara, la apoyó contra el borde de la bola y empujó con las dos manos. Se oyó un crujido. Un trozo diminuto de turrón salió despedido por los aires y aterrizó en el café de un pescador, que se lo bebió sin pestañear.

Sandra soltó una carcajada. Romeo la imitó. Y por primera vez en toda la mañana, ninguno de los dos se acordó de la fotografía rota ni de las cintas ni del hombre del bastón.

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-Puedo preguntarte algo? -dijo Sandra, cuando los trozos de turrón ya estaban en un platito y la risa se había calmado.

-Lo que quieras.

-Es una pregunta tonta.

-Soy especialista.

-¿Por qué la regla?

Romeo dejó la cuchara sobre el plato. No fingió no entender.

-¿La de las vírgenes?

-La de las vírgenes.

-Es una historia fea.

-Tengo tiempo. Está lloviendo.

Se pasó la mano por la nuca, bajó la vista y habló despacio, como quien abre un cajón que lleva años atascado.

-Tenía veinte años. Se llamaba Camila. Estudiaba conmigo en la facultad y vivía con su madre en un barrio de las afueras. Era buena persona. Muy buena. De esas que se disculpan cuando alguien les pisa el pie.

-Se parece a mí.

-Un poco. -La miró con una media sonrisa-. Salimos tres meses. Nunca había estado con nadie. Y yo... yo me asusté.




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