La estrella pesaba menos de lo que parecía.
Romeo la sostenía en la palma, bajo el paraguas, con la misma delicadeza con que se sostiene un pájaro herido. Era un anillo pequeño, de mujer, de oro viejo, con una estrella de ocho puntas en relieve, tan gastada por el roce que las puntas parecían de cera derretida. Tenía el aro lleno de arañazos y una mancha verdosa de salitre en el interior.
—Lo ha dejado en el bolardo —dijo, todavía sin creérselo.
—Lo he visto.
—Como quien deja una propina.
—Como quien deja un recado. —Sandra se agarró a su brazo con las dos manos, con la mirada clavada en la niebla donde el hombre del sombrero se había disuelto—. Romeo, no corras detrás de él.
—No iba a...
—Estabas flexionando las rodillas.
—Estoy estirando.
—Tienes la misma cara que cuando corriste descalzo por el callejón.
—Eso me lo ha contado Lucía.
—Y Dante. Y Bernardo. En mi familia política todo el mundo cotillea.
Romeo cerró los dedos sobre el anillo y respiró hondo. A su espalda, Dante, Mateo y Joaquín (el nombre completo de Ignacio, que nadie usaba desde su bautizo) llegaron jadeando por el muelle, arrastrando al primo dormilón como un saco de patatas.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Dante.
—Un hombre con sombrero.
—¿Otro?
—Otro.
—Esta ciudad está llena de gente con sombrero —murmuró Mateo—. Deberíamos regular el sector.
Iván Roldán, con la bolsa de plástico todavía sobre la cámara, se les acercó a la carrera.
—¡Lo he fotografiado!
—¿De frente? —preguntó Sandra, con un destello de esperanza.
—De espaldas. —Le enseñó la pantalla—. Y borroso. Y con una farola en medio.
—Genial.
—Pero se ve el bastón.
—Ya lo sabemos.
—Ah. —Iván bajó la cámara, un poco ofendido—. Pues yo creía que estaba aportando.
Sandra, muy despacio, tomó el anillo de la mano de Romeo y le dio la vuelta bajo la luz gris. Entrecerró los ojos. En el interior del aro, escondidas bajo el verdín, había dos letras diminutas y una fecha.
*M. & A. 1963.*
Se quedó sin respiración.
—Mercedes y Alejandro —susurró.
—No puede ser.
—Es de mi abuela.
—O de la tuya, según cómo se mire.
—No me lo recuerdes —dijo Sandra, con una risa quebrada.
Cerró el puño sobre el anillo y lo apretó contra el pecho. Fuera lo que fuera lo que significaba, un hombre desconocido acababa de devolvérselo con la discreción de un mensajero y la puntería de un cirujano. Alguien llevaba cuarenta años guardando aquella joya. Alguien quería que ella supiera que lo sabía todo.
—Remigio dijo que había tres estrellas —murmuró.
—El colgante.
—La llave.
—Y esto.
—Las tres juntas.
—¿Para abrir qué?
—No lo sé —admitió Sandra—. Pero esta mañana yo no tenía ninguna. Y ahora, en veinticuatro horas, tengo las tres.
Romeo le pasó el paraguas a Mateo, se quitó la chaqueta y se la puso sobre los hombros sin que ella protestara.
—Volvemos a casa.
—¿A cuál?
—A la nuestra.
Hubo una pausa. Pequeña, sin esquinas.
—Vale —dijo Sandra.
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La mansión Valmont los recibió con tres ladridos, un desmayo y un olor extraño.
Los ladridos eran de Bernardo, que apareció en la puerta con una expresión de ligera sorpresa, un delantal improvisado sobre el chaqué y una cuchara de palo en la mano. El desmayo, de Beatriz, que al ver a Sandra en el vestíbulo, empapada y despeinada, soltó un grito agudo y cayó con elegancia sobre un diván preparado, al parecer, para la ocasión. El olor, de la cocina.
—¿Qué es eso? —preguntó Romeo, olfateando.
—El almuerzo, señor.
—Huele a... —Se detuvo—. ¿A chocolate y a pescado?
—Con un fondo de piña.
—Bernardo.
—La señora Delfina ha tomado la iniciativa de preparar un menú de bienvenida —explicó el mayordomo, bajando la voz—. Dice que la señorita Sandra necesita comer "con creatividad".
—¿Quién ha dejado a mi tía sola en la cocina?
—Nadie. Ella se ha encerrado con llave. Y ha prohibido al cocinero acercarse.
—¿El cocinero?
—Dimitió esta mañana. Dijo que se iba "a una pastelería de provincias, donde las merluzas no sufren".
—Dios mío.
El comedor, esta vez, estaba puesto para trece. Mantel blanco, copas de cristal, cubertería de plata, un centro de rosas amarillas y, al fondo, presidiendo la mesa, la silueta recta de Eleonora, que los miraba entrar con una cara que Romeo no consiguió descifrar. Había en ella alivio, vigilancia y algo más: un temor guardado a presión, a punto de escaparse por los bordes.
—Llegan tarde —dijo.
—Llueve —respondió Sandra.
—Excusa insuficiente.
—Es una de las mejores que tengo.
Una sonrisa fugaz cruzó los labios de la anciana. Se levantó con ayuda del bastón doblado y, ante el asombro de todos, abrió los brazos con rigidez de estatua y le dio a Sandra un abrazo breve, torpe, helado como un cubo de hielo, que duró exactamente tres segundos.
—Bienvenida a casa —dijo, sin mirarla—. Siéntate. Y no comas nada de lo que sirva mi nuera.
—Soy tu cuñada —corrigió tía Delfina, saliendo de la cocina con la cara roja y un delantal manchado—. Y es un plato experimental.
—Es un delito.
—Es arte, Eleonora.
—Es una agresión.
Sandra tomó asiento entre Romeo y un Ignacio recién despertado, que se frotaba los ojos con una servilleta. Frente a ella, Augusto sonreía con ojos húmedos, Beatriz se abanicaba con el pañuelo, y tío Fausto, en el extremo opuesto, mordisqueaba un palillo con aire de hombre que no ha dormido bien. Brillaba en su dedo anular el anillo de oro con la estrella.
Sandra apartó la mirada.
Bernardo, solemne, entró con una sopera de plata y la depositó en el centro de la mesa con ademán de quien entrega un cargamento radiactivo.
—Crema de espárragos con piña caramelizada, señores —anunció.
Nadie dijo nada. Tía Delfina, de pie, retorcía el delantal.