Romeo leía despacio.
No porque le costara, sino porque tenía miedo de terminar. Sentado en la alfombra, con la espalda contra la cama y las cuatro hojas mecanografiadas entre las manos, repasaba cada línea como quien recorre un campo sembrado de cristales. Sandra, enfrente, con las rodillas dobladas contra el pecho y una tortita fría en el plato, fingía no mirarlo.
—Llevas veinte minutos en la segunda página —dijo.
—Es que está bien escrita.
—Eso no es una crítica literaria.
—Es una crítica de un lector aterrado.
—¿Aterrado de qué?
—De lo que escribiste sobre mi abuela.
Sandra se encogió. Había puesto a Eleonora en la novela con otro nombre, como una dama de hielo con guantes de seda y una culpa que no dormía. Era injusta, probablemente. Era también verdad, probablemente.
—Si no te gusta, lo cambio.
—No lo cambies. —Romeo levantó la vista, con los ojos brillantes—. Es la primera vez que la veo así. Como una persona.
—¿Y eso te molesta?
—Me duele. Pero me gusta.
Volvió a la lectura. Pasó a la tercera página, a la cuarta. Cuando llegó a la última línea se quedó quieto, con una mano sobre la boca. Sandra había escrito, con una sencillez que le había costado una noche entera, que el segundo hombre del muelle no había subido a la pasarela. Se había quedado en la sombra de las grúas, con el sombrero en la mano, mirando a la mujer del marinero. Y cuando el barco soltó amarras, había susurrado una sola frase.
*"Perdóname, Mercedes."*
—Conocía a tu abuela —dijo Romeo.
—Eso creo.
—No era un desconocido.
—Eso también.
—Era alguien que le pedía perdón por algo que iba a ocurrir.
—O que ya había ocurrido.
Se miraron. Fuera, el sol arrancaba reflejos a los charcos del jardín, y un jardinero silbaba una canción que no era una habanera. Romeo dejó las páginas sobre la alfombra, con cuidado, como quien deposita un animal dormido.
—Sandra.
—Dime.
—Gracias por enseñármelas.
—Te dije que lo haría.
—Lo sé. Pero hay gente que dice cosas.
Ella sonrió, ladeando la cabeza. Iba a contestar cuando la puerta del cuarto se abrió de golpe y Bernardo irrumpió en la habitación con el chaqué torcido, la corbata en la mano y la respiración entrecortada. Era la primera vez en cuarenta años que se le veía correr.
—¡Señores!
—¿Qué pasa? —Romeo se puso en pie de un salto.
—Viene el notario.
—¿Qué notario?
—Don Hilario Quintana. Por el camino de grava. Llegará en cuatro minutos.
—¡Pero si nadie nos avisó!
—Por eso se llama visita sin previo aviso, señor.
Sandra se levantó despacio.
—¿Para qué viene un notario un sábado por la mañana?
Hubo un silencio brevísimo, apenas un parpadeo. Romeo abrió la boca. Bernardo abrió la suya. Y desde el pasillo, con paso lento y bastón doblado, apareció Eleonora, que había oído el estruendo y acudía con la calma de quien hace tiempo que ensaya sus excusas.
—Una formalidad del seguro familiar —dijo.
—¿Del seguro?
—Cada vez que hay un cambio de estado civil en la familia, hay que verificar los datos. Papeleo. Aburrido.
—Pero hemos firmado todo en la boda.
—Siempre hay algo más.
Sandra entrecerró los ojos. No le gustó el tono, ni la pausa, ni la manera en que Romeo evitaba mirarla. Pero faltaban cuatro minutos y el gato acababa de trepar a una lámpara. Decidió dejarlo para después.
—¿Qué hay que hacer?
—Comportarse como una pareja casada —dijo Eleonora.
—Eso me suena a trabajo.
—Lo es.
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Los tres minutos siguientes fueron la maniobra de evacuación más caótica de la historia doméstica.
Bernardo ordenó que las páginas del manuscrito desaparecieran dentro del piano de cola, bajo la funda de terciopelo. Tía Delfina, arrancada de la cocina con un cucharón en la mano, recibió instrucciones de no cocinar nada durante la visita. Ignacio fue enviado a vigilar el camino con unos prismáticos de ópera y la consigna de silbar si el notario se acercaba. Beatriz se desmayó por simple precaución. Augusto, con los ojos muy abiertos tras las gafas, repetía "yo no sé nada" como un mantra.
—¿Y Fausto? —preguntó Romeo.
—Se fue a las siete —dijo Bernardo—. Dijo que le sentaba mal el aire de la casa.
—Qué casualidad.
—Los langostinos, señor.
En el piso de arriba, Sandra y Romeo se enfrentaron al verdadero problema.
—Dos habitaciones —dijo ella, mirando alrededor.
—Con una puerta.
—Abierta veinte centímetros.
—Es nuestra marca de casa.
—No creo que al notario le parezca romántica.
—Entonces la cerramos.
—Eso es peor.
—¿Por qué?
—Porque parecerá que tenemos algo que esconder.
Se quedaron los dos de pie, con las manos en las caderas, observando el vano de la puerta como dos generales que estudian un mapa. Fue Sandra quien tuvo la idea. Corrió a su cuarto, sacó de un cajón el neceser, la camiseta de dormir con conejitos y el cepillo de dientes, y los trasladó a la habitación de Romeo con la determinación de una mudanza relámpago. Él, mientras tanto, desplazó la cama a un lado, colocó una almohada extra, esparció unos calcetines sobre una silla, dejó una novela abierta sobre la mesita y, con un toque de genio, puso a los pies del colchón el conejo de peluche.
—¿Para qué el conejo?
—Es un testigo.
—Es ridículo.
—Es entrañable. Todos los matrimonios tienen un peluche.
—Qué sabrás tú de matrimonios.
—Más que tú. Llevo casado doce días.
—Yo llevo casada doce días y una hora.
—Una hora más.
Se miraron. Sandra se mordió el labio. Era imposible estar peleada con alguien que decía esas cosas con cara de póker.
—Ya está —dijo él, retrocediendo—. Parece un cuarto de pareja.
—Parece el cuarto de dos locos.
—Que es lo mismo.
Abajo, el timbre de la puerta principal sonó con la solemnidad de una campana fúnebre.