A las diez y media de la noche, el coche de Lucía se detuvo frente a la editorial con un estertor de moribundo.
—Hemos llegado —anunció, apagando el motor.
—Creo que ha dejado de funcionar antes de que lo apagaras —dijo Romeo, desde el asiento trasero, con las rodillas pegadas a las orejas.
—Es su forma de aparcar.
—¿Qué tiene debajo del capó?
—Fe.
Sandra, de copiloto, se bajó con el cuaderno de espiral bajo el brazo y la funda de la guitarra colgada del hombro. Se había puesto unos vaqueros, un jersey grande de Romeo (que él le había prestado sin que ella lo pidiera y sin que ninguno de los dos comentara el detalle) y las zapatillas más viejas que encontró. Del asiento de atrás saltó Ramón, aterrizó sobre la acera con un movimiento felino impecable y se sentó a esperar, mirando la puerta del edificio como un portero de discoteca que ha visto demasiadas cosas.
—¿Por qué viene el gato? —preguntó Romeo.
—Porque no hay manera de dejarlo —dijo Lucía.
—Podemos cerrarle la puerta.
—Ya lo intenté en mi piso. Abrió el pestillo con una pata.
—No me lo creo.
—Lo hizo mirándome a los ojos.
Frente a la entrada de la editorial, bajo un paraguas de flores amarillas y con un pijama de rayas que le quedaba corto, los esperaba Gaspar. Sostenía en la mano derecha un bate de béisbol de aluminio y en la izquierda un termo de café, y tenía la expresión de un hombre al que han sacado de la cama para participar en una película de espías sin avisarle del presupuesto.
—Llegáis tarde —dijo.
—Son las diez y treinta y cinco —respondió Sandra.
—Llevo tres horas esperando.
—Me llamaste hace una hora y media.
—Es que soy muy dramático. —Les tendió el bate—. Por si acaso.
—¿Por si acaso qué?
—Por si hay alguien dentro.
—¿Has mirado?
—No. Me da miedo.
—Gaspar —dijo Sandra, con ternura—, eres el hombre más valiente que conozco.
—No exageres.
—Vomitas en las papeleras de las salas de reuniones y has venido de noche con un bate.
—Me lo regaló mi cuñado. Nunca lo he usado. Ni siquiera para jugar.
Romeo cogió el bate con aire solemne, lo sopesó con las dos manos y le dedicó una mirada de respeto.
—Con esto no se mata a nadie.
—Es para asustar.
—Tampoco asusta.
—Hombre, por favor, un poco de apoyo.
Subieron las escaleras de piedra de cuatro en cuatro, en fila india, con Gaspar a la cola, murmurando una letanía que mezclaba el nombre de tres santos y el de su cuñado. El vestíbulo estaba a oscuras, con la luz verde de una máquina de café parpadeando en un rincón. Al fondo del pasillo, bajo la puerta del despacho de Leandro, se escapaba un resplandor amarillento y una música lejana, ondulante, hipnótica.
Una habanera.
Una y otra vez.
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La puerta estaba entornada, y Sandra la empujó con dos dedos.
El despacho de Leandro era un cuarto pequeño, luminoso, con las paredes cubiertas de manuscritos amarillentos. O lo había sido. Ahora los manuscritos estaban apilados en torres milimétricas, las tazas relucían sobre una bandeja, los cojines del sillón mostraban la simetría imposible de un escaparate y hasta el tocadiscos, pegado a la ventana, tenía la tapa de plástico limpia y los botones alineados. Sobre el plato giraba un vinilo negro, enorme, con una etiqueta roja desvaída. La aguja subía y bajaba. Cada vez que llegaba al final, un brazo mecánico, discreto y paciente, la devolvía al principio.
—Esto —susurró Sandra— no lo ha hecho Leandro.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Lucía.
—Porque en su mesa había una taza con moho desde la semana pasada.
—Eso es lo que me asusta —dijo Gaspar, con voz débil—. La taza ya no está.
Ramón, entrando entre las piernas de todos, cruzó el despacho con la cola enhiesta, saltó sobre el escritorio y se plantó delante del tocadiscos con las patas delanteras juntas. Sus orejas giraban como antenas, siguiendo el compás.
—A ver —dijo Romeo, bajando el bate—. Vamos a pensar.
—Yo pienso mejor con café —dijo Gaspar.
—Dame el termo.
—Es mío.
—Es una emergencia.
—Todas lo son, contigo.
Mientras ellos discutían, Sandra se acercó al tocadiscos y se agachó junto al plato. Cerró los ojos. Escuchó, concentrada, con la cabeza ligeramente ladeada, como cuando corregía un texto por el sonido de las frases.
—Se salta —dijo.
—¿Qué se salta?
—Una nota. —Abrió los ojos—. Cada vez que llega al compás cuarenta y tres, la aguja salta. Es muy pequeño. Casi imperceptible. Pero siempre en el mismo sitio.
—Estará rayado.
—No. Está cortado. Mira. —Señaló con un dedo la superficie del vinilo, donde, bajo la luz de la lámpara, se veía una fina cicatriz brillante, perfectamente recta, que atravesaba los surcos como un hilo de plata—. Es una muesca hecha a propósito. Con algo afilado.
—¿Por qué?
—Para que quien lo oiga se dé cuenta.
—¿De qué?
—De que falta algo en ese punto.
Romeo se agachó a su lado. Contuvo la respiración. Entre los dos, la melodía se repetía con la delicadeza de un reloj antiguo: unas notas largas, dulces, una frase que subía y se detenía a medias, justo antes del final. Y luego otra vez. Y otra.
—*Desafinaba siempre en el mismo compás* —murmuró Romeo.
—¿Qué?
—Mi abuela. En la biblioteca. Dijo que Alejandro tocaba la guitarra cuando creía que nadie lo escuchaba, y que siempre desafinaba en el mismo compás.
Sandra se quedó mirándolo con los ojos muy abiertos.
—El cuarenta y tres.
—El cuarenta y tres.
—Como el casillero.
—Como el casillero.
—Esto no puede ser una coincidencia.
—Con esta familia, nada lo es.
Gaspar, desde la puerta, levantó la mano con timidez.
—Perdonad. ¿Podría alguien explicarme de qué estáis hablando?
—Es una historia larga —dijeron los dos a la vez.
—Tengo un termo de café.