Cero virgenes.

Capítulo 15/2: La muralla de cojines.

—Bajo a la cocina —dijo Sandra.

—¿A estas horas?

—Hay una puerta que se cerró despacio y un hombre con barro en las botas. Prefiero saber qué hay en esta casa que fingir que duermo.

—Voy contigo.

—Ya lo sabía.

Bajaron la escalera de puntillas, ella con el jersey gris hasta las rodillas y él con el pijama de seda y el paraguas negro que Remigio le había regalado y que ya no soltaba nunca. Ramón los precedía con la cola erguida, como un maestro de ceremonias demasiado despierto para su gusto. En el vestíbulo, la araña de cristal tintineaba con la corriente. Un hilo de luz amarilla salía por debajo de la puerta de la cocina.

Romeo la empujó con la punta del paraguas.

Sentado a la mesa de madera, en mangas de camisa, sin chaqué, sin guantes y sin corbata, con una taza de manzanilla entre las manos y los ojos clavados en el vapor, estaba Bernardo. Era la primera vez en la vida que Romeo lo veía sin uniforme. Parecía un hombre distinto: más pequeño, más viejo, más cansado y, sorprendentemente, más cercano.

—Los esperaba —dijo, sin levantar la vista.

—¿Cómo sabías que bajaríamos?

—Porque el señor Augusto ha entrado por la puerta de servicio hace diez minutos. Y cuando alguien entra por esa puerta a las tres de la madrugada, la casa entera despierta. Aunque finja lo contrario.

—¿Dónde está ahora?

—Se ha ido a su cuarto. Por la escalera de atrás. Le tiemblan las manos.

—¿Qué le pasa?

—No lo sé, señorita. —Bernardo alzó por fin los ojos, rojos de cansancio—. Pero no es la primera noche.

Sandra se sentó frente a él. Romeo se quedó de pie, con el paraguas apoyado en el hombro como un fusil.

—¿Desde cuándo?

—Desde abril.

—¿Seis meses?

—Cada noche. Sale a las doce y vuelve entre las dos y las cuatro. Con barro en las botas, o con salitre, o con las manos frías. Nunca dice dónde ha estado.

—¿Y tú no has preguntado?

—Lo hice una vez. Me dijo que tenía insomnio y salía a pasear. —Una sonrisa breve, amarga—. Los insomnes no sudan tanto.

—¿Lo has seguido?

—Una noche. En junio. —Bernardo sorbió su manzanilla—. Lo perdí en el puerto viejo, entre los almacenes. Soy mayor, señorita. Y él conduce más rápido que yo.

Romeo apretó el mango del paraguas. Sandra, sin mirarlo, deslizó la mano sobre la mesa y le tocó el codo, un roce de dos dedos, el mismo gesto que él había hecho en el sótano, la tarde del helado de turrón. Él respiró hondo y se sentó a su lado.

—Bernardo —dijo ella—. Leandro dejó una nota en el despacho. Dice que confiemos en ti.

El mayordomo cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, tenía los párpados húmedos.

—El señor Leandro siempre fue generoso con la confianza ajena.

—¿No quieres que confiemos?

—No les pido que confíen. —Dejó la taza sobre el plato con mucho cuidado—. Les pido que me vigilen.

Los dos lo miraron, desconcertados.

—Llevo cuarenta años en esta casa, señorita. Sé dónde están todas las llaves, todos los cajones y todos los silencios. Eso me convierte, a ojos de un investigador razonable, en el sospechoso perfecto. —Se llevó la mano al bolsillo del chaleco, sacó una llavecita de hierro con un hilo rojo y la dejó sobre el mantel—. Esta abría la sala circular de la caja de papel crema. La tuve en mi poder desde 1983.

—¿Tuviste? —preguntó Romeo.

—La perdí hace tres semanas. Estaba en el cajón de mi mesilla. Una mañana, ya no.

—¿Quién entra en tu cuarto?

—Solo tres personas, señor.

—¿Cuáles?

Bernardo no contestó. Se limitó a alisar con dos dedos la servilleta de hilo que tenía delante, con los labios apretados, y Sandra comprendió que acababa de oír la respuesta más elocuente posible: el silencio de quien prefiere ser sospechoso a ser delator.

—No te lo voy a pedir —dijo ella, con suavidad.

—Se lo agradezco.

—Pero si alguna vez decides decirlo...

—Lo diré. —Tragó saliva—. Cuando esté seguro. Hay nombres que no se pronuncian a medias.

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El ruido llegó a las cuatro y veinte.

Un motor de coche, lejano, que subía por el camino de grava con el ronroneo cauteloso de quien intenta no ser oído. Ramón, que dormitaba sobre la nevera, abrió un ojo, levantó las orejas y bajó de un salto.

—Alguien llega —susurró Romeo.

—Apaga la luz.

Bernardo, con una agilidad impropia de sus años, giró el interruptor. Los tres se acercaron a la ventana de la cocina, que daba al patio de servicio, y apartaron un dedo de cortina. Un taxi amarillo, con el faro izquierdo roto, se detuvo junto a la fuente. De él bajó, con una maleta de cuero en una mano y un sobre grande en la otra, un hombre robusto, de bigote espeso y gorro de dormir rojo, que se frotaba la nuca con aire de culpabilidad.

—Tío Fausto —susurró Romeo.

—Llevaba un gorro de dormir en la gala —murmuró Sandra.

—Es un hombre de costumbres.

—¿No estaba en Mallorca?

—Eso fue hace tres semanas.

—¿Y ahora de dónde viene?

—Eso es lo que me gustaría saber.

Fausto pagó al taxista con una expresión nerviosa, esperó a que el coche se alejara y miró a un lado y a otro, como un ladrón de películas. Llevaba la mano izquierda vendada hasta la muñeca con una gasa mal puesta, y el anillo de oro con la estrella asomaba por encima del vendaje como un mal chiste. Caminó con rapidez hasta el vestíbulo. Los tres, en la oscuridad de la cocina, oyeron el chirrido de la puerta principal, el taconeo apresurado y un ruido peculiar, de tierra removida.

—Está en la maceta del recibidor —murmuró Bernardo.

—¿Qué hace?

—Esconde algo.

—Voy a ver —dijo Romeo, ya con el paraguas en alto.

—No —dijo Sandra, agarrándolo de la manga.

—Es el sobre.

—Lo sé.

—Puede ser la prueba.

—Lo sé. —Lo miró a los ojos—. Pero si ahora lo coges, sabrá que lo hemos visto. Y si lo deja ahí, volverá a por él. O alguien más vendrá a buscarlo.




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