Cero virgenes.

Capítulo 16: La señorita Ofelia y el Rolls de 1974.

Bernardo regó las macetas del recibidor a las siete en punto, como cada mañana desde hacía cuarenta años.

Lo hizo con una regadera de cobre, un delantal de lona sobre el chaqué y la expresión de un hombre que ejecuta una maniobra de contraespionaje. Detrás de él, escondidos tras la columna del vestíbulo, Sandra y Romeo contenían la respiración. Ramón, sentado entre los dos con las orejas rectas, parecía el único que disfrutaba.

—Nadie nos ve —susurró Romeo.

—Tú llevas un paraguas negro de dos metros.

—Es mi camuflaje.

—Es una columna con un paraguas.

—Funciona.

Bernardo vertió agua en el helecho con una calma exasperante. La tierra se oscureció. Con el filo de la regadera, fingiendo un descuido, removió el borde de la maceta, y del barro asomó la esquina blanca de un sobre. Lo recogió con dos dedos, lo secó con un pañuelo, se lo guardó bajo el chaleco y siguió regando como si nada.

—Señores —dijo, sin volverse, cuando terminó—. La cocina.

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En la mesa de madera, bajo la luz gris de la ventana, Bernardo abrió el sobre con un cuchillo de untar. Dentro había tres folios grapados, con membrete de un bufete de la calle Larga, y una cinta amarilla pegada en la primera página con una sola palabra: Firmar.

Sandra, que leía documentos por oficio, lo ojeó en medio minuto.

—Es un contrato de compraventa de acciones. Fausto Valmont vende el nueve por ciento de su participación en Valmont Marítima a Ferrer Holdings.

—¿Cuánto? —preguntó Romeo.

—No pone el precio. Hay un espacio en blanco.

—¿Y la fecha?

—También. Pero la firma de tu tío ya está.

—¿Y la de Ferrer?

—Falta. —Pasó la página—. Y hay una cláusula curiosa. La venta solo se hace efectiva "en caso de incumplimiento de la cláusula séptima bis del testamento de don Alejandro Valmont".

Romeo se dejó caer en la silla.

—Lo sabía.

—¿El qué?

—Que mi tío vendería a su madre por un yate. Pero esto... —Se pasó las manos por la cara—. Está apostando a que nos separemos.

—O ayudando a que lo hagamos.

—O las dos cosas.

Sandra dejó los folios sobre la mesa y alisó el borde con los dedos.

—Tu tío es un traidor, Romeo. Pero tener un contrato en una maceta no lo convierte en un asesino.

—¿Insinúas que es inocente?

—Insinúo que es un cobarde con un anillo. Eso es muy distinto de ser el hombre que silbaba una habanera en el muelle.

—Qué precisión.

—Es mi trabajo.

Bernardo carraspeó.

—Si me permiten, señores. Pueden devolverlo a la maceta.

—¿Para qué?

—Para que el señor Fausto crea que nadie lo ha visto. Y vuelva a por él. —Una sonrisa mínima—. Los hombres que esconden cosas siempre vuelven a comprobar si siguen donde las dejaron.

—Eres un genio del mal —dijo Sandra.

—Cuarenta años de práctica, señorita.

Fotografiaron las tres páginas con el móvil de ella, las grapadas de nuevo con precisión de falsificador, y Bernardo devolvió el sobre a su tumba de helecho con ceremonia funeraria. Después, con las manos limpias y las mangas remangadas, se sentó frente a ellos.

—La residencia se llama Marina Dorada —dijo, sin que nadie le preguntara—. Está en Caleta Vieja, a cien kilómetros por la costa. La señorita Ofelia ingresó hace nueve años, cuando se le cayó una estantería encima. Desde entonces, no se ha dejado visitar por nadie de la familia.

—¿Por qué?

—Porque, según dice, "todos escriben mal desde que no la leen".

—Es de las mías —murmuró Sandra.

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Para ir a Caleta Vieja hacía falta un coche. Y para llegar a tiempo, un coche que no fuera el de Lucía.

—No —dijo Romeo.

—No hay otro —dijo Bernardo.

—Hay una docena en las cocheras.

—Un Mercedes con las ruedas pinchadas por el señor Fausto, dos berlinas que usa la señora Beatriz para ir a la peluquería, un deportivo del señor Augusto con la batería muerta y un tractor.

—¿Un tractor?

—Para el césped.

—¿Y el último?

El mayordomo tardó un segundo en responder.

—Hay uno más. Pero no se ha movido desde 1998.

Lo sacaron entre cuatro, con la ayuda de Ignacio (que fue arrancado de su cama en pijama y con el cojín bajo el brazo) y de un jardinero asustado: un Rolls-Royce Silver Shadow de 1974, color verde botella, con la carrocería cubierta de polvo y una funda de lona que olía a gato y a alcanfor. Tenía el volante de madera, los asientos de cuero beige y un tapón del depósito con forma de estatuilla alada.

—La llaman la Bestia —informó Bernardo, con orgullo.

—¿Funciona?

—Eso espero.

Giró la llave. El motor tosió, escupió una nube negra, gimió y se paró.

—Otra vez —dijo Romeo.

Lo intentó tres veces más. A la cuarta, con un rugido de elefante moribundo, el Rolls cobró vida con una sacudida que hizo temblar el garaje. Una columna de humo azul subió hasta el techo. Ramón salió corriendo con la cola erizada. Ignacio, de pie junto a la puerta, aplaudió con entusiasmo.

—¡Eso es un coche!

—Eso es un dinosaurio —corrigió Romeo.

—Con estilo.

Subieron a las ocho y media. Bernardo, al volante, con guantes blancos y gorra de chófer que había sacado de un baúl. Sandra, a su lado, con el cuaderno de espiral en el regazo y Ramón en un capazo de mimbre sobre las rodillas. Detrás, Romeo con el paraguas entre las piernas y, junto a él, Valeria, que había llegado en taxi a las ocho en punto, con su bastón, su abrigo rojo y una expresión de resignación elegante. Lucía cerraba la fila en el asiento central, con un termo de café, un cojín de viaje y los ojos cerrados, murmurando que prefería el autobús.

—¿Quién ha dicho que yo voy? —preguntó Valeria.

—Tú misma. Anoche.

—Fue una promesa en un momento de debilidad.

—Las promesas hechas en la oficina de un anciano de la costa cuentan doble —dijo Sandra, sin volverse.

—Estás ganando carácter.




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