Cero virgenes.

Capítulo 17: Lo que se dice entre helechos.

Augusto Valmont no se presentó a desayunar.

Tampoco apareció a las nueve, ni a las diez, ni cuando Bernardo, con una bandeja de tostadas y la cara de piedra de siempre, llamó tres veces a su despacho y volvió con las manos vacías.

—Se ha ido a primera hora —informó—. Dejó una nota.

—¿Qué dice? —preguntó Romeo.

—"Invernadero. A las siete. Solos."

Romeo miró el reloj de pared. Las siete y veinte. Miró a Sandra, que se había quedado con la taza a medio camino de la boca y una migaja de tostada en el labio.

—Llegamos tarde.

—Llegamos fatal.

Salieron al jardín sin paraguas, con la lluvia cayendo fina y el barro pegándose a las zapatillas. Ramón los siguió hasta la mitad del sendero, se detuvo ante un charco con expresión de profunda ofensa y volvió a la casa, de donde sin duda no tenía intención de salir hasta que el mundo mejorase.

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El invernadero de los Valmont era una cúpula de cristal y hierro blanco, con el techo empañado de vapor y el suelo cubierto de baldosas rojas. Dentro olía a tierra mojada, a orquídeas y a un perfume dulce, antiguo, de gardenias. Había helechos del tamaño de un coche, limoneros en tiestos de barro y una mesa de trabajo con tijeras, guantes y un termo de café.

Augusto estaba sentado en un taburete, con la camisa remangada, las manos manchadas de tierra y un trasplante a medio hacer sobre las rodillas. Había dormido poco o nada. Tenía los ojos hundidos, y el pie derecho, descalzo, descansaba sobre una caja de madera, con el tobillo hinchado y morado.

—Os esperaba antes —dijo, sin levantar la vista.

—Perdona —dijo Romeo—. Nos retrasó una discusión con las tostadas.

—Me lo imagino.

—¿Qué te ha pasado en el pie?

—Una piedra. En el puerto viejo, anoche.

—¿Estabas allí?

—Cada noche.

Sandra y Romeo se miraron. Augusto sonrió con tristeza, dejó la maceta sobre la mesa y se limpió las manos en un trapo.

—Sentaos. Es una historia fea y no quiero contarla de pie.

Se sentaron sobre dos cajas de plástico, entre un helecho y una palmera enana. Una gota de condensación cayó del techo y se estrelló contra la nariz de Romeo. Nadie se rio.

—Empiezo por lo que sé —dijo Augusto—. Aquella noche, en el muelle, mi padre subió a bordo con una caja de herramientas. Yo lo vi. Había niebla, y mucho viento, y él caminaba muy deprisa, con la cabeza gacha. Se le cayó la caja. Se agachó a recogerla. Y yo, desde el pie de la pasarela, vi lo que había dentro.

—¿Qué había? —preguntó Sandra, en voz muy baja.

—Una llave inglesa. Dos destornilladores. Y un cable cortado, con las puntas peladas. —Se pasó una mano por la cara—. Yo tenía quince años. No entendía qué era. Pero sabía que no era de los que se llevan a un barco.

—¿Y qué hiciste?

—Nada. Me quedé callado. Mi padre me vio, se puso blanco, y me dijo: *"Augusto, vete a casa. Ahora."*

—¿Y te fuiste?

—Corrí hasta la puerta del puerto. Me quedé allí, escondido tras un bolardo, hasta que el barco soltó amarras. Y a las tres de la madrugada, los gritos. Las sirenas. Las luces en el agua.

Se detuvo. Un temblor le recorrió los hombros. Romeo extendió la mano, apenas un centímetro, y la dejó sobre el brazo de su padre. Augusto la miró como quien ve algo muy lejano.

—Llevo cuarenta y tres años creyendo —dijo— que mi padre mató a quince hombres. A catorce, y a sí mismo.

El silencio del invernadero se volvió espeso. Fuera, un trueno lejano hizo vibrar los cristales.

—¿Lo creías o lo sabías? —preguntó Sandra.

—Es lo mismo cuando uno es un niño.

—No lo es. —Se inclinó hacia delante, con las manos entrelazadas entre las rodillas—. Mi abuela me dijo, antes de morir, una frase. *"Dile que no era él, mija. Nunca fue él."*

Augusto levantó la cabeza de golpe.

—¿Qué?

—Es lo único que dijo. No supe a quién iba dirigido.

—¿Mercedes...?

—Sí.

—¿Dijo *nunca*?

—Dijo *nunca*.

El rostro de Augusto se descompuso lentamente. No fue un llanto. Fue algo más callado, más terrible: una grieta que le recorrió la cara de arriba abajo, como una pared que cede después de años de humedad. Se llevó la mano a la boca. Sus ojos, tras las gafas empañadas, se llenaron de lágrimas sin que él hiciera nada por detenerlas.

—Cuarenta y tres años —susurró—. Cuarenta y tres años pensando...

—Padre —dijo Romeo, con la voz rota—. Respira.

—Estoy respirando.

—No lo parece.

—Es que acabo de enterarme de que quizá me equivoqué toda la vida.

Nadie habló. Sandra le tendió un pañuelo de papel que sacó del bolsillo del jersey. Augusto lo tomó, se sonó con un estruendo de trompeta, y por un segundo los tres estuvieron a punto de reír, de esa risa nerviosa que a veces es la única manera de no llorar.

—Perdonad —dijo él, secándose los ojos—. Es la edad.

—Nadie ha dicho nada.

—Os veo pensarlo.

—Pensábamos que tienes mucha tierra en el pelo —dijo Romeo.

—Es una forma de camuflaje.

Fue Sandra quien volvió a lo importante.

—¿Y las salidas nocturnas?

—Eso es otra cosa.

—¿Cuál?

Augusto se quitó las gafas, las limpió con la camisa y se las puso otra vez, con una calma ceremoniosa.

—Desde abril recibo cartas.

—¿De quién?

—No lo sé. Aparecen en mi mesilla, en mi despacho, en el bolsillo de mi chaqueta. Papel color crema, tinta negra. Siempre firmadas con un dibujo.

—¿Una ola?

—Una ola.

—¿Y qué dicen?

—Que la verdad saldrá a la superficie el catorce de octubre. Que no debo hablar con nadie. Y que, si quiero saber la verdad antes, debo ir cada noche al puerto viejo, a un banco junto a la lonja. Allí siempre hay una carta nueva con una pista.

—¿Y has ido todas las noches?

—Seis meses.

—¿Has visto a alguien?

—Nunca. Solo el sobre. —Hizo una mueca—. Anoche me caí buscándolo. Alguien lo había escondido bajo una piedra suelta.




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