Cero virgenes.

Capítulo 17/2: Nueve puntas, un anillo y una maleta.

Romeo corrió por el pasillo con el paraguas negro por delante, como un caballero medieval que carga contra un molino de viento.

—¡Alto! —gritó.

Nadie contestó. El salón de los retratos era una galería larga, de techo alto, con las paredes cubiertas de antepasados que lo miraron pasar con expresiones de reproche congelado. Al fondo, las cortinas de terciopelo se agitaban, y una de las ventanas estaba abierta de par en par, dejando entrar la lluvia y un olor a hierba mojada.

—Se ha ido por aquí —dijo Sandra, que había llegado detrás con la estrella de papel en la mano y la respiración entrecortada.

—Estaba aquí hace diez segundos.

—Los fantasmas son rápidos.

—No es un fantasma.

—Lo sé. Pero es más fácil pensarlo así.

Se asomaron los dos al alféizar. Abajo, sobre el barro del parterre, brillaban a la luz de una farola tres huellas hondas. Dos eran distintas. La primera, redonda y profunda, con el borde limpio, tenía la marca inequívoca de la punta de un bastón. La segunda, a medio metro, era una suela de zapato de hombre, grande, hundida con más fuerza en el costado derecho, como si quien la había dejado cargara el peso de otra manera.

Pero había una tercera.

Pequeña. Estrecha. Un tacón de aguja, clavado en la tierra a un metro de las otras dos, como un punto final.

—Eso es de mujer —dijo Sandra.

—O de un hombre con muy mal gusto.

—Romeo.

—Perdona. Es el nerviosismo.

—Había dos personas. Una cojeaba y otra no. Y una tercera, o la misma, llevaba tacones.

—Dos hombres en el muelle —murmuró él.

—Y una mujer en el jardín.

Se miraron, cada uno con la pregunta que el otro no se atrevía a formular. Fuera, la lluvia arreciaba, borrando las huellas una a una con una paciencia implacable. En diez minutos no quedaría nada.

—Bernardo —dijo Romeo, sin volverse.

—Señor.

—Trae una lona. Y una cámara.

—Ya vienen en camino.

El mayordomo apareció a su espalda con una lona verde enrollada bajo el brazo y el móvil de Ignacio en la otra mano. Con una eficacia asombrosa cubrió el parterre y fotografió las huellas desde tres ángulos, con la cinta métrica que llevaba en el bolsillo del chaleco. Romeo lo miró con admiración.

—Eres un hombre extraordinario.

—Cuarenta años, señor.

—¿Hay algo que no sepas hacer?

—Cantar —dijo Bernardo, muy serio—. Lo intenté en 1987. Hubo quejas.

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Para cuando amaneció el desastre, la mitad de la casa estaba en pijama en el vestíbulo.

Beatriz, con un camisón de encaje y una mascarilla verde en la cara, sostenía un pañuelo contra el pecho y repetía en voz baja el nombre de Fausto con un tono de funeral anticipado. Tía Delfina, con bata de leopardo, rulos y un rodillo de amasar en la mano, caminaba de un lado a otro como un león de circo. Ignacio, que había aparecido sonámbulo con un cojín bajo el brazo, dormía de pie apoyado contra una columna y murmuraba cosas en sueños.

—...no, no, el pastel de queso no...

—Ignacio —dijo Romeo, zarandeándolo con suavidad.

—...tiene aceitunas, tía, tiene aceitunas...

—Está soñando con el postre de Delfina.

—Es una pesadilla frecuente —informó Bernardo.

Eleonora fue la última en bajar. Lo hizo muy despacio, apoyada en el bastón doblado, con un camisón gris, el pelo recogido en una redecilla y la espalda más recta que nunca. Los demás se apartaron para dejarla pasar. Se detuvo ante el anillo, que alguien había depositado con delicadeza sobre una bandeja de plata, y lo miró durante tanto tiempo que Sandra empezó a pensar que se había quedado dormida de pie.

—Es el de Fausto —dijo por fin.

—Sí —dijo Romeo.

—Es el que heredó de su padre.

—Eso decía él.

—Nunca se lo ha quitado. Ni para dormir. Ni para ducharse. Ni para el funeral de su mujer.

—Delfina está viva —observó Ignacio, entre sueños.

—Del primero. —Eleonora levantó una ceja—. Se casó dos veces. Hay cosas que se olvidan.

—Pues la verdad —dijo Delfina, dejando el rodillo sobre una mesa con un golpe seco—, yo también me enteré tarde.

Nadie se rio. Eleonora tomó el anillo con dos dedos y lo giró bajo la luz. Pasó el pulgar por la estrella de ocho puntas. Alzó la vista hacia Sandra.

—¿Dónde lo encontraste?

—Lo dejó caer alguien en el pasillo.

—¿Quién?

—Un hombre con sombrero.

—¿Con bastón?

—Con bastón. Cojeaba.

La anciana cerró los ojos. Sandra vio cómo apretaba los labios y cómo los nudillos, que sujetaban el anillo, se volvían del color del hueso.

—Para quitarle esto a Fausto —dijo, con voz muy tenue— habría que cortarle el dedo. O que él quisiera dárselo a alguien.

—O que lo hubiera dejado a propósito —dijo Romeo.

—O que se lo hubieran robado.

—Pero la ventana estaba abierta —dijo Bernardo—. Y la maleta no está.

—Se ha ido por su propio pie.

—Y ha dejado una nota —dijo Delfina.

Todos se volvieron hacia ella. La mujer, con los rulos temblando, sacó del bolsillo de la bata un papel doblado, arrugado, con una mancha de mermelada en una esquina.

—Estaba en la nevera —explicó—. Pegada con un imán de una langosta.

—¿Qué dice?

Delfina se la tendió a Romeo con dedos temblorosos. Él la desplegó. Una letra apretada, rápida, de trazo inseguro, nada que ver con la caligrafía inglesa de la familia.

*"Del, no me busques. Vuelvo el 14. Necesito arreglar una cosa que lleva 43 años rota. Cuida de la casa. Y del flan, que es horrible, pero es tuyo. Te quiero. F."*

—Del flan —repitió Ignacio, entre sueños, con un hilo de voz—. Es horrible.

—¡Ignacio!

—Perdón.

Delfina se llevó las dos manos a la boca. Tenía los ojos llenos de lágrimas y las mejillas moradas de rabia.

—Cuarenta y tres años —susurró.

—¿Lo sabías? —preguntó Sandra, con delicadeza.

—Sé que mi marido sale de casa muchas noches. Que me dice que va al club de ajedrez. Que vuelve con olor a mar. —Se enjugó las lágrimas con el borde del cuello de la bata—. Pensé que tenía una amante.




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